La primera vuelta al sol

Los primeros humanos que contaron los años no sabían nada acerca de un planeta redondo girando a toda velocidad alrededor de una estrella. Sabían que había cuatro estaciones, que se sucedían una y otra vez, siempre en el mismo orden. Este conocimiento era muy útil para la agricultura y también para comprender más sobre la naturaleza de nuestra realidad: una aparentemente interminable sucesión de ciclos. 

Es por eso, querida Maia, que los ciclos son tan importantes para nosotros. Los contamos, los anunciamos, los celebramos. Sobre todo, nos toca vivirlos. Y, al hacerlo, aprendemos acerca de la unión entre un final y un nuevo principio, aprendemos sobre los tiempos naturales de cocción de la vida y también aprendemos que estar vivo es dejar ir, una y otra vez. 

Lo que sí es que hay algo muy especial acerca de los ciclos y ese ritmo que comunican. A mí me encanta pensar en cómo se manifiesta el cambio a través de los ciclos. ¿Has notado cómo pueden cambiar las cosas en el transcurso de un año? ¿Cómo puede cambiar la vida?

La mía, por ejemplo. 

Primeras impresiones en el planeta Tierra

Chiquipulga, has venido a traer un balance más que necesario a nuestra familia. Esa energía tan liviana, ese –casi– inquebrantable buen humor y tus maneras tan naturalmente cariñosas aportan mucho más de lo que parece. Mucho más de lo que puedes imaginar. 

Poco a poco, en el transcurso de un año, has abierto nuevos espacios en mi corazón. Con ese brillito en los ojos, has iluminado recámaras de mi ser que ni siquiera estaba al tanto de que existieran. 

En un año, he aprendido que la experiencia de la paternidad puede variar enormemente de un hijo a otro. De un momento en la vida a otro. Me has enseñado a mantener los brazos abiertos a la vida, sin miedo ni expectativas. Me has enseñado a disfrutar de la zona más superficial de la playa, ahí en donde la arena es un atractivo e inagotable lodo. Ahí, en donde jugar se convierte en toda una meditación. 

Un año de conocerte. Una de las más lindas e inolvidables vueltas al sol de toda mi vida. Lo sé porque, aunque todo parece estar de cabeza y cuesta arriba, no necesito nada más que tus enormes ojos al despertar para creer, genuinamente, que todo está bien. 

Para celebrar tu primer año, recibimos a la familia y algunos amigos cercanos en la casa de tu bisabuela en Mérida. Este video es la historia de ese día en el que, como siempre, muchas cosas no salieron como las planeamos, pero en el que lo pasamos muy bien y como debe de ser en estos días: juntos. 

Nuestro primer VLOG

Felicidades, Maia. Con el tiempo, verás que estas vueltas al sol se vuelven más frenéticas y complejas. Cada ciclo traerá sus propios aprendizajes y sufrimientos, solo espero poder estar a tu lado por mucho tiempo y presenciar tu aventura. 

Mientras tanto, seguiré disfrutando de esos momentos místicos, como cuando recargas tu cabeza en mi pecho o cuando me muestras, orgullosa, ese bolo de arena mojada que has logrado amasar con tu diminuta mano. Sé que muy pronto se terminará esta etapa y por eso la estoy gozando a conciencia. Sé que el tiempo se nos escurre como esa arena lodosa entre las manos y por eso tomo fotografías mentales a cada rato. La primera vuelta al sol ya se nos fue, pero me encanta saber que ahora comienza un nuevo ciclo en el que te iremos descubriendo cada vez más. 

Abraham B.R.

Una vez en un lunes de quincena

En la sociedad en la que vivimos, el día 15 del mes se recibe con mucha alegría. Es un día en el cual a muchos nos pagan, tenemos dinero y sentimos que vale la pena trabajar. Hay una quincena, en particular, que nunca olvidaré. El 15 de octubre de 2018 fue recibido en esta casa con más alegría que una quincena cualquiera. 

Ese día, tempranito en la mañana, sentí la primera contracción. A eso de las 5:00-5:30. Pasé algunas horas en negación porque 1. me moría de susto y 2. faltaba todavía una semana para la fecha oficial. En el momento, me di cuenta de que no tenía nada listo.

Acabábamos de llegar a Mérida y todavía estábamos desempacando cajas. La ropa todavía no estaba en su lugar, ni los platos, ni los libros, ni el 70% de la casa. Todo era un desastre.

Cómo iba a traer a un bebé a una casa que llevábamos cuatro días desempacando. No estaba lista ni tranquila (porque esas cosas, que antes no importaban, importan mucho cuando se trata de tu bebé). 

A eso de las 8:00, que las contracciones ya empezaron a doler en serio, me di cuenta de que no podía negarlo más. Le avisé a Abraham, que me hizo la misma cara de susto; a Narán, que no sabía ni que hacer, y a los cercanos. La abuela corrió al aeropuerto y todo se puso en marcha. 

Ropita, pañales, cobijas, pomada, maleta. Comida de perros, comida para Narán, respira, lagrimita.

Mejor nos quedamos a comer y dejamos que pase más tiempo, no vaya a ser que me dé hambre. Tratando de aferrarme unos momentos más a mí “normal”. Abrazando un poco más al que en unas horas va a dejar de ser el bebé.

Me hago a la idea, me subo al coche. Aunque llevaba nueve meses preparándome, en estos últimos momentos agarro aire y me despido de la vida como la conozco.

Vamos en el coche. Nos miramos, lágrima, respira. Una caricia por aquí, lágrima, respira. Ana: res-pi-ra. Veo a Narán por el espejo, va cantando The wheels on the bus a todo pulmón.

“Amor, vamos a ponerle Maia”. 

“¿Cómo?”

“Que se llame Maia”. 

Llegamos al hospital y, como habíamos temido, las contracciones ya son muy fuertes y el parto no parece estar avanzando. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo al acordarme de la experiencia con Narán . No sé que me da más miedo. Y es que esto de parir no es cosa fácil, de ninguna de las dos formas. ¿Qué será peor? Le damos una hora y vemos. 

Llega la abuela, llega la fotógrafa, llega la hermana. Todos listos.

Pasa la hora y se decide que llegará por cesárea. Susto. Más susto. ¿Qué se siente? De la otra no me acuerdo. Lágrimas, catéter, vendas.

Yo pienso que todavía tengo un rato. Abrazo a Narán, me encomiendan, lo abrazo y lo beso tanto. Su sonrisita de bebé siempre va a estar guardada en mi alma. “Te veo al ratito.” Me despido sabiendo que esa fue la última vez que vi a mi bebé, al regresar ya será un niñito, un hermano mayor.

Llega el doctor. “Estamos listos, vámonos.”

“¡¿Ya?!” 

Nos vamos.

Entro al quirófano. No recuerdo nada. Me explican de la anestesia, me preguntan cosas. Van, vienen, dan vueltas, no me muevo y todo sale bien.

El primer susto se acabó. Ahora solo falta que me rajen la panza. Uf. Entra Abraham, yo lloro y lloro y no puedo dejar de llorar. Los doctores hablan, yo lloro. No sé si es más el miedo, la sensación de las manos dentro de mi cuerpo o la emoción de verla al fin. En ese momento, no existe nada. Todo se mueve lento, ya están llegando, lo siento. 

3:30 y ya la vida se ve diferente. Llegaste a llenarla de luz y de harmonía. Eres balance, amor y cuidado. La más bella de las estrellas.  Grandeza, guerrera valiente. 

Gracias por elegirnos, Maia. Gracias por llegar. Gracias por este año lleno de sorpresa, de emoción. Gracias por ser lo que nos faltaba, por llegar a completar lo que somos. 

Recuerdo amar estos primeros días, llenos de abrazos y besos. Al fin conocerte y tenerte entre mis brazos. De no hacer nada más que reconocernos y saludarnos. De sentirme plena y feliz por saberte mía y saberme tu mamá. Gracias por la oportunidad. Nada en la vida se compara a tenerte y vales todos los esfuerzos, las lágrimas y la espera. Lo vales todo mi Maia. 

Feliz cumpleaños mi guerrera. 

Ana E.B.

Fotos por: Albany Álvarez, ¡chequen su Instagram!

Cuatro años en Holbox

En la isla, la vida se mide en meses. Al ser un lugar por el que pasa mucha gente, estamos acostumbrados a que todos vienen y se van por temporadas.

Nosotros hemos visto pasar a cerca de 25 empleados por el restaurante. La que más tiempo estuvo cumplió un año trabajando y para nosotros fue un lujo. Este ir y venir es común porque, como puedes leer por acá, no es tan fácil vivir en el paraíso.

Todavía hay mucha gente que no nos conoce y seguido me preguntan.

“¿Apoco vives aquí? ¿Desde hace cuánto?”

“Cuatro años”, les digo con seguridad.

“Ah, pues sí, ya llevas mucho”.

Al final de esta conversación, normalmente viene el descuento de local, la promesa de recomendar el restaurante o solo la sonrisa de hermandad. Cuatro años nos ha costado empezar a ser considerados “de aquí”.

Breve historia de una retirada

Año cero. Cuando usábamos jeans.

Bueno, pues yo solía vivir en una ciudad. La ciudad más bella del mundo —por algo la llamábamos “la Ciudad de la Esperanza”. Y ya sabes cómo son las cosas cuando vives en una ciudad. Corres para llegar temprano al trabajo, corres de regreso para que no te agarre el tráfico, corres para comer a tiempo, corres para ver a tus amigas, corres para ir al gimnasio (aunque aquí si se las debo porque yo solo fui como un mes), ves la tele un ratito o un ratote y te vas a dormir. Lo mismo. Todos los días. Años enteros de lo mismo. 

En medio de todas estas carreras, disfrutaba mucho los cafés, la oferta inagotable de experiencias diferentes, comida que nunca había probado, galerías, restaurantes, parques, cine, tiendas. Yo era una citadina perfecta. Hasta que empecé a salir de la ciudad. 

Empecé a invertir días, semanas en el rancho. Sin tele, sin luz, sin internet. Viendo las plantas, nadando en cenotes, yendo a la playa, viendo las estrellas, manejando con los vidrios abajo, sintiéndome rara. ¿Qué era eso que sentía?

Volver a la ciudad empezó a ser cada vez más difícil. El gris, las carreras, el frío, la falta de estrellas, de aire y de tranquilidad me empezaron a pesar. 

Sentí que se me iba la vida corriendo, que no hacía nada más que ir y venir. Que no disfrutaba las cosas. Me dio pavor sentir que así iba a ser siempre, que me iba a despertar en veinte años y me iba a dar cuenta de que no había hecho nada más que transportarme por la ciudad. 

De pronto, me imaginé teniendo una familia, teniendo hijos en ese desastre. ¿Eso quería para ellos? ¿Eso quería para el resto de mi vida? ¿Esforzarme mucho para poder salir de ahí una o dos veces al año? 

Nos fuimos. Lo decidimos un invierno y para septiembre ya estábamos en Mérida. En octubre habíamos llegado a vivir a una isla. Y la vida, de repente, se hizo len-ta

Un lugar que sana

Año uno. Lo asoleado, nadie te lo quita.

Recuerdo esos primero días como una mezcla de felicidad extrema con emoción absoluta. ¡Realmente estábamos aquí, vivíamos en el paraíso!

Día uno. Despertar, ir a la playa, ir a limpiar el restaurante, comer, ir al atardecer a la playa, caminar de regreso a la casa mientras veíamos las estrellas, llegar a la casa, dormir. 

Día dos. Desayunar, ir a la playa, ir a limpiar el restaurante, comer, ir al atardecer a la playa, comer un helado, caminar de regreso a la casa por la playa mientras veíamos las estrellas, llegar a la casa, dormir. 

Día tres. ¿Les conté que no teníamos celular? Nope. No celular. A la fecha, la única compañía celular que funciona en la isla es Telcel. Yo venía con un recién contratado plan de otra compañía con muuuuchos minutos y muuuuchos megas para no extrañar y no me sirvió para na.da. Cuando llegamos a la isla, nos topamos con el notición de que tampoco había nuevas líneas de Telmex disponibles. No había ninguna de las miles de compañías que ofrecen el servicio en la civilización . Solo había alguien que tenía una antena y un repetidor que proporcionaba internet. Bueno, pues la antena dejó de funcionar dos días antes de que llegáramos. Tampoco teníamos tele. No conocíamos a nadie. Solo nos teníamos a nosotros. Literal.

Por una o dos horas al día teníamos internet y en ese tiempo hacíamos todo. Informar a la familia que seguíamos vivos, que bebé estaba bien, subíamos fotos, checábamos las redes, veíamos videos, Netflix, dábamos un like por aquí, otro por allá y ya. 

El resto del día, había de dos sopas: o hablábamos entre nosotros o pensábamos cosas. Esos días fueron nuestros primeros días como seres libres. Libres de la influencia de los medios, libres del consumismo, libres de quienes habíamos sido, de quienes debíamos ser. Fuimos libres para decir y hacer lo que realmente sentíamos. Libres para decidir lo que quisimos, como quisimos. Libres para sentir y cuestionarnos. Libres para conocernos en todo lo que somos. Libres para decidir que queríamos amarnos y queríamos estar juntos. 

Año dos. Cansados pero felices.

Al no tener distracciones, no nos quedó de otra más que vernos a los ojos. No nos quedó de otra más que mirarnos bien en el espejo y empezar a sanar lo que traíamos. Para mí, está isla es un lugar que sana. Te lleva en su manera mágica de ser a dejar de engañarte y enfrentar tus problemas, enfrentar a tus gigantes y sanar. 

Llegó mi hermana, llegó Narán, llegó NÁAY, llegó Maia. La razón por la que nos han llegado tantas cosas es porque no nos quedó de otra más que dejar de escondernos, agarrarnos de la mano y echarle ganas. La vida no ha sido perfecta, cabe mencionar que hemos sufrido mucho. Estos cuatro años hemos crecido lo que no crecimos en veintitantos. Pero aun el sufrimiento ha sido algo nuestro. Nos ha ayudado a poner las cosas en perspectiva, a saber que nada es para siempre. A valorar y soñar. 

Aquí empezamos a soñar con días tranquilos y tardes de sonrisas. Aquí entendimos la importancia de los seguros de gastos médicos, del ahorro, de los oficios. Aquí  nos hicimos pareja y después familia. Aquí emprendimos, aquí lloramos juntos, aquí hemos podido empezar a ser quienes queremos ser. Aquí hemos entendido que la vida no es nada más que cambio permanente. 

Esta isla de arena blanca, con su magia, nos llevó a entender que si quieres ser feliz debes de poder verte como eres y ver a las personas junto a ti como son. Debes ver el alma como es, sin distracciones. Debes poder pensar, alejarte de las cosas y agradecer el ahora. Debes poder valorar lo que te rodea. 

Año tres. Preñados de ilusión. Y también literalmente.

Agradezco los atardeceres de colores, mis pies descalzos en la arena fresca, las conchitas, los pelícanos que hacen gritar a mi hijo de felicidad, el mar y su sonido reparador, el sol, la sombra, las estrellas. Agradezco por Abraham, por mis hijos y mis perros. Por el baile, las sonrisas, las caminatas. Por las visitas, las cenas, las risas. Agradezco por el llanto, el crecimiento, la angustia y la desesperanza. Agradezco la vida simple. Agradezco el tiempo que he pasado contemplando y siendo consciente de que amo y soy amada. Agradezco que no tuve donde esconderme. Agradezco que me vi obligada a perdonarme, a amarme y a crecer. Agradezco que no sé ni cómo ni cuándo, pero terminamos aquí.

Gracias Holbox. 

PD: Les dejamos un lindo videito de nuestros días en Holbox. Si les gusta, denle like y suscríbanse a nuestro canal de YouTube que pronto estaremos subiendo más contenido por ahí.

Ana E.B.

Dejar los sueños en visto

El fenómeno de dejar en visto es ya un clásico cultural de nuestra era. Por algo, las apps de mensajería han incluido una opción para evitar que el remitente sepa si su mensaje ha sido leído o no. 

Seguramente has dejado más de un mensaje en visto. Tal vez el recordatorio de una deuda que no puedes pagar aún. Quizá la invitación a una cita a la cual no quieres asistir. A veces, postergas la respuesta porque en el momento no la tienes o porque hay algo más que hacer. “Mañana lo contesto”. Otras tantas, no respondes por temor a adquirir un compromiso. ¿Te suena? 

El tema es que hay mensajes que nunca se contestan. Mensajes que se quedan en visto para siempre. Normalmente, se trata de los mensajes que nos generan cierta ansiedad. Hay un problema con esto: entre más tiempo pasan ahí, ignorados, más crece esa ansiedad. ¿Es demasiado tarde para contestar? ¿Aún valdrá la pena? ¿Qué pasa cuando vea en persona a quien lo envió y cómo mirarle a los ojos? Parálisis total. 

Algo así me pasa con los sueños. 

De un tiempo a acá, he notado que tengo acumulados muchos sueños que he dejado en visto. Tanto aquellos espontáneos, que llegan como una chispa de inspiración, como esos sueños profundos que han estado ahí siempre. Cuando deslizo mi pulgar por la pantalla de mis sueños, la famosa ansiedad comienza a invadirme. Un par de palomitas tras otro. Cero respuestas.

Desde luego, todos los seres humanos somos enterrados junto con sueños que nunca se cumplieron. Sería imposible realizar cada una de las ocurrencias y fantasías que germinan en nuestra mente. Pero una cosa es tener algunos sueños olvidados y otra muy distinta es ignorar la gran mayoría de ellos. 

Y es que a mí el solo hecho de tener sueños ya me genera una cierta ansiedad. Estoy consciente de que se trata de las secuelas de un estrés post traumático que no he logrado sacudirme. Hablo de un fantasma que me persigue como una sombra. La historia de mi vida,. Una que no me gusta mucho contar. 

Prohibido soñar

Miren esta cara. El rostro de la inocencia y la esperanza. 

Rumbo a Mali, en África occidental

En ese mismo viaje, durante el cual pretendía filmar mi primera serie web documental, rompí mi cámara en un absurdo descuido. Un extraordinario desliz al otro lado del mundo.

Un par de años después, tiré un disco duro que contenía mi primer largometraje y otros dos prometedores proyectos —desde luego, no tenía respaldo del material. Todo se perdió. Hasta la fecha, me cuesta interactuar con cualquiera de las personas involucradas en estos proyectos.

Dos años más tarde: durante el rodaje de un emocionante proyecto, una cámara nuevecita se estropea por una imprudencia técnica. 100% mi responsabilidad. No podía creer que lo hubiera hecho otra vez.

En algún punto de este camino, perdí la confianza en mí mismo. Y, en ese proceso, dejé de permitirme soñar. Desde entonces, cuando un sueño aparece en mi pantalla, ansiosamente lo dejo en visto. Porque es más fácil hacer como que no están ahí que intentar recuperar la confianza necesaria para realizarlos. 

Pero esto, desde luego, es insostenible. No puedo evitar encontrar esos mensajes en visto todos los días, acumulándose uno tras otro. Lentamente, he llegado a la conclusión de que prefiero dar pasos, por pequeños que sean, que ignorar los mensajes para siempre. Porque sé que un día, cuando sea viejo, me toparé con un espejo. Y tendré que mirarme a los ojos. Y no podré con la culpabilidad de haber dejado todos mis sueños en visto

Un pie tras otro pie, sin correr, paso a paso

Este blog, de hecho, es uno de esos pasos pequeños. No es perfecto, no luce como yo quisiera, ni tiene todo lo que me gustaría, pero es algo. Es un paso hacia cumplir un sueño y es mucho mejor que la parálisis total. 

¿Cuántos sueños has dejado en visto? Y, ¿hasta cuándo quieres dejarlos así? ¿Cuánta ansiedad más estás dispuest@ a acumular?

Nadie más que tú puede responder a estas preguntas, pero toma como referencia lo siguiente: así haya pasado un día, un mes o un año, responder un mensaje ignorado siempre va a quitar un peso enorme de tu espalda. Tal vez no salga nada de ello, tal vez sí. Lo importante será que no quedó en ti. 

Abraham B.R.

La mejor razón para hacer homeschool

Casi cada vez que le he comentado a alguien que queremos educar a nuestros hijos en casa, ha pasado lo mismo. La gente, despacio, hace los ojos grandes y me mira con cara de que estoy loca. Algunos lo disimulan y otros no tanto. Creo que pudiera contar con los dedos de mis manos a las personas que no se pusieron nerviosas ante la idea. Tan es así que he llegado a preguntarme si realmente estoy loca por querer educar a mis hijos en casa.

Las preocupaciones que muestra la gente son varias, verán:

  • Los niños ne.ce.sitan socializar, ¿acaso quiero que mis hijos sean ñoños que no pueden convivir?
  • ¿Estoy realmente capacitada para hacerme cargo académicamente de mis hijos? 
  • ¿Cómo les voy a enseñar? ¿Hay algún método comprobado? ¿Qué currículum voy a utilizar?
  • Yo ne.ce.sito descansar de mis hijos, necesito mi espacio. 
  • En serio, ne.ce.sitas dejarle a tus hijos a alguien más, deshacerte de ellos cuando menos un ratito. 
  • ¿No se cansarán ellos de ti? Convivir con los papas todo el día está cañón.
  • ¿QUÉ LES VAS A ENSEÑAR?
  • Y mi favorita: Ana, ¡¿y la SEP?!

Estos puntos son temas que seguro tocaré en algún momento, cada uno es digno de una tesis, pero esta vez quiero hablar de otra cosa.

Nuestro pequeño lector

La realidad es que llevamos educando a Narán en casa desde que nació. En casa ha aprendido a contar del 1 al 100 en inglés, los colores en inglés y español, los días de la semana, los meses del año, las estaciones. Sabe todas las letras, puede leer y escribir (con letras de imán), entiende perfecto instrucciones y conversaciones en inglés. 

Ahora, no teman amigos. No he maltratado a mi hijo para que se aprenda todas esas cosas. Hasta hace una semana, nunca le habíamos puesto un horario para el aprendizaje, nunca lo hemos puesto a repetir cosas como loco, nunca hemos usado una estructura de “escuela”. 

He llegado a la conclusión de que eso hacemos los papás: educamos a nuestros hijos en casa. Todos lo hacemos. Los niños llegan a la escuela sabiendo cosas. Saben algunos colores, las reglas de la casa, saben hablar, canciones, incluso algunas palabras en inglés. 

La educación en casa no es algo a lo que haya que tenerle miedo porque todos lo hacemos. 

Educación 24/7

Abraham y yo hemos hablado de eso muchas veces. Nosotros no decidimos educar a nuestros hijos en casa hace tres meses que, en teoría,
debíamos inscribir a Narán en el kinder y nos enfrentamos a la falta de opciones en la isla. 

Lo decidimos desde que llegamos a vivir aquí. Fue parte de las cosas que aceptamos desde el inicio. Lo decidimos desde que nació y eso marcó muchas cosas. La palabra clave para mí en todo esto es: intención.

Nosotros hemos sido intencionales con lo que le hemos enseñado. Siempre ha habido una intención en todo lo que le decimos y en cómo se lo decimos. 

Desde que era muy chiquito, hablamos de las cosas que nos gustaría enseñarle, las cosas que no. Hablamos de nuestras infancias, de lo que aprendimos, lo que nos hubiera gustado aprender, lo que nos gustaría repetir, lo que no. Nos pusimos a leer. Mucho. Nos pusimos de acuerdo.

Obviamente me ayudó mucho la experiencia de ser maestra de primaria. Experimentar con hijos ajenos fue muy útil para saber cómo empezar y qué cosas era importante que supiera. A entender cómo funciona la mente de un niño.

El aprendiz

Una vez que decidimos que queríamos enseñarle, empezamos a hacerlo todos los días con responsabilidad, tomándolo como una misión. La misión de nuestras vidas. Una vez que entiendimos que la educación de nuestro hijo es nuestra responsabilidad fue más fácil empezar a actuar como sus maestros. Empezamos a encontrar las maneras y los espacios.

Empezamos a ver el regreso a casa en la bici como el momento perfecto para cantar los meses del año. Empezamos a ver la arena como el lienzo perfecto para practicar las letras, una puerta en el negocio como el pizarrón ideal para pegar las letras de imán (gracias tía Pau). Las canciones como oportunidades para mejorar la pronunciación. Brincar en las olas tiene el ritmo perfecto para contar, recoger conchitas como un excelente ejercicio de motricidad. Etcétera.

Tesoros que recogemos en la playa

Una vez que nos vimos como los maestros, el mundo se abrió para Narán. Nosotros abrimos esa puerta desde que nos lo entregaron y lo recibimos con besos, abrazos y el famoso contacto piel a piel.  Quién mejor que nosotros, que lo amamos como nadie nunca jamás lo va a hacer. 

No importa que lo llevemos a la escuela, no importa si está en casa. Nosotros somos los responsables y los afortunados de enseñarle de qué se trata el mundo. ¡Qué experiencia!

Coloreando la tarde

Tal vez por eso no estamos espantados. Sabemos que hay cosas que resolver y muchas cosas que hacer. Sabemos que podemos hacerlo, después de todo, ya llevamos cuatro años de experiencia en “Naranes” y estamos dispuestos a aprender, a ponernos de acuerdo. Como lo dije en el primer post, nadie lo ama como nosotros, nadie está dispuesto a más que nosotros. El título de “papás de Narán” es para nosotros todo el papel que necesitamos para hacer esto y hacerlo bien. Y aunque seguro nada será ni tan fácil ni tan perfecto como lo imaginamos, la motivación sí es la más importante que hemos tenido. Es, de hecho, la mejor razón para hacer homeschool.

– Ana E.B.

El niñito de la bici

A estas alturas, ya estamos acostumbrados a las miradas de asombro y ternura que arranca nuestro pequeño torbellino mientras zigzaguea a toda velocidad por las calles del pueblo. Desde hace un año y medio, mi hijo Narán y su bicicleta de balance son como una unidad. Hay niños que no salen a la calle sin su muñeca, otros sin su balón, algunos sin su figura de acción favorita. Bueno, pues él no sale sin su bike.

Las bicicletas de balance, conocidas en inglés como balance bikes o strider bikes, son pequeñas bicis sin pedales que los niños ruedan impulsándose con los pies, como si se tratara de una patineta o un patín del diablo. Es, digamos, una bici como la que hubieran usado los Picapiedra.

Esta es la historia de cómo la famosa bike se convirtió, no solo en el juguete favorito de Narán, sino en toda una faceta de su vida y en un valioso vehículo para el aprendizaje.

La historia de la bike

Rodando por el pueblo, atuendo completo

La bici llegó a la casa como un regalo. De hecho, fue el primer regalo de Navidad que Narán recibió en su vida, de parte del tío Charly. Cuando la vi, me pareció genial, pero no le presté demasiada atención. Nunca había visto una strider bike antes y, en todo caso, no era algo que el pequeño de un año fuera a usar en ese momento.

El tiempo pasó, todo un año y un poco más. Un buen día, por alguna razón, a Narán le llamó la atención. Llevaba un tiempo arrumbada en una esquina de la casa y él comenzó a tomarla y a rodarla sin subirse.

Luego, se animó a sacarla a la calle. Como todavía no alcanzaba a pisar sentado en ella, solo podía llevarla de un lado al otro, agarrándola del manubrio. Entre más lo pienso, me doy cuenta de que aquello había sido amor a primera vista.

Unas par de meses después, por fin pudo, a duras penas y de puntillas, subirse a ella. Iba muy despacio y con mucho cuidado, pero no salía de la casa sin ella.

Transcurrieron las semanas y Narán fue dominando el arte y la ciencia de la strider. Sobre todo, fue encontrando el gozo de rodarla. Primero fueron las rampas en la banqueta. Después, las bajadas de escalón. Poco a poco, descubrió que si tomaba vuelo, podía levantar sus pies y disfrutar el viaje.

A partir de ahí, el niño y su bici se volvieron inseparables. Para fortuna nuestra, Narán encontró en ella un vehículo para experimentar con su cuerpo y su fuerza, una necesidad primordial de nuestro pequeño. La strider se convirtió en un cauce para que el río de su libertad pudiera fluir. Nosotros encantados ya que, encima de todo, los traslados con él se volvieron más rápidos.

Con la práctica diaria, llegó la habilidad. Giros a toda velocidad, esquivar obstáculos, precisión en el manejo del volante, saltos de mayor altura.

De pronto, algo sucedió. Algo que a la fecha me parece un pequeño milagro. Narán comenzó a hacer sus propios trucos —sin que nadie le enseñara, sin que lo viera en un video. Al tomar un poco de vuelo, apoyó sus pies en los estribos y se puso de pie con la bici en movimiento. Luego, intentó tomar vuelo y recostarse hacia adelante con las piernas al aire. Manejar solo con una mano, con la otra, sin manos. Todos estos trucos salieron de su alma, como una expresión pura de su alegría y su creatividad.

Hoy la gente de la isla lo reconoce como “el niñito de la bici” y los turistas suelen sorprenderse cuando lo ven subir, bajar, saltar, girar, frenar y rodar a buena velocidad. Rara vez sale de la casa sin ella, algo que solo puede ser posible en un lugar como éste, lejos del peligro de las avenidas transitadas. Me siento afortunado de poder rodar junto a él en el día a día y movernos de un lado al otro mientras compartimos la experiencia de la bici. No solo es conveniente, es muy divertido.

Aprendizaje sobre ruedas

Atardeceres sobre ruedas

Hace un tiempo, identificamos que el estilo de aprendizaje predominante en Narán es el kinestésico —es decir, tiene que estar haciendo algo o moviéndose mientras aprende. Ana se dio cuenta de que, mientras rodaba en su bike, él lograba memorizar fácilmente y más rápido cualquier cosa, en comparación a las veces que lo intentaba estando en la casa. Así fue como le enseñó los meses del año y las estaciones. También así es como se ha aprendido la letra de varias canciones. Los paseos en la bici, entonces, se han convertido también en una poderosa herramienta para enseñar cosas nuevas.

Desde luego, no son solo palabras y melodías lo que él aprende mientras rueda. Constantemente está aprendiendo acerca de física, al experimentar con su propio cuerpo, la fuerza, la velocidad. También de matemáticas, cuando pregunta el número de cuadras que faltan para llegar y las va contando mientras avanza. Aprende acerca de cosas como el clima, el ciclo del agua y prácticamente cualquier cosa que surja de su cabecita en la forma de miles de preguntas que va haciendo durante el recorrido.

Él no es el único que ha aprendido un montón gracias a la bici. A mí, por ejemplo, me ha enseñado el poder de la práctica diaria. Haz algo todos los días, aunque sea un rato. Cuando lo hagas, sé curioso y siempre intenta cosas nuevas. Ve dominando nuevos aspectos de esa actividad que realizas. Después de un tiempo, te sorprenderá lo mucho que has avanzado.

Rodar a temprana edad

Cuando algo te pone realmente contento

Andar en bici es una de las mejores partes de la experiencia humana. Además de divertido, también es una de esas pocas actividades que es tan buena para el cuerpo como para la mente.

Sabemos, desde hace mucho tiempo, que andar en bici genera la liberación de pequeñas cantidades de dopamina, la misma sustancia que nuestro cerebro segrega al comer, tener sexo, escuchar música que nos gusta y cualquier actividad que nos produzca placer. De hecho, cuando hablamos de placer, en realidad estamos hablando de dopamina. Sumado a la liberación de endorfinas por la actividad física, podría decirse que andar en bici es un coctel para la felicidad.

Encima, también sabemos que rodar ayuda a reducir el estrés, fortalecer la memoria y prevenir el deterioro cognitivo, al favorecer la producción de nuevas neuronas. En resumen, es una de las mejores actividades que puedes fomentar en tus hijos y creo que las bicis de balance son una gran opción para iniciarlos desde muy temprana edad.

Una de las muchas ventajas de la strider es que los niños pueden aprender a mantener el balance en dos ruedas, eliminando por completo la necesidad de entrenar con una bici “de rueditas”. Cuando finalmente crezca demasiado para el nivel más alto del asiento (ya está en el penúltimo), Narán podrá hacer la transición a una bicicleta de pedales de dos llantas, sin ningún problema.

El niño y su bici

Si tienen hijos, sobrinos o nietos que estén entre los dos y los cuatro años, una strider es uno de los mejores regalos que les pueden hacer. Esta es la que tiene Narán, pero hay muchas marcas y modelos en el mercado. No soy experto en bicicletas de balance pero puedo recomendar ampliamente el modelo de Chillafish que usa mi hijo.

Tal vez nunca se nos hubiera ocurrido regalarle a Narán su bike. Ahora, es difícil imaginar toda esta temporada de nuestra vida sin ella. Hay algo muy especial acerca de rodar, de impulsarte con tu fuerza y de sentir el aire en la cara y en el pelo y de surcar el camino con las manos en el manubrio. Nosotros hemos descubierto que es posible compartir esta experiencia con los niños desde muy temprana edad, mucho antes de lo que hubiéramos imaginado.

Dejo una crónica visual del niño y su bici a través del tiempo. Te inspirará para comenzar a practicar algo todos los días.

Una historia visual de la bike

Bienvenido al homeschool

Hace varios años, en mi último año de prepa,  me ofrecieron un trabajo como miss de kinder. Me pareció una situación ganar-ganar, ya que yo podía trabajar por la mañana y estudiar en la tarde, la escuela tenía una maestra de bajo costo y yo tenía algo de dinero. Como es costumbre cuando se es joven, no lo pensé, solo acepté el trabajo.

El año estuvo lleno de cosas lindas. Solo tenía dos alumnas y lo pasamos bien. Recuerdo perfecto estar sentada en la sillita roja, el codo en la mesa, la cara recargada en mi mano, viendo a una de ellas mientras me decía las letras. De la nada, sin yo esperarlo, volteó a verme con un brillito en los ojos. “L. A. ¿LA? ¿Dice LA miss?” Así de fácil se encendió el engrane. Me sacó de onda por completo, no lo estaba esperando. Entendí que estaba presenciando un milagro: nada menos que el mundo, abriéndose en ese momento para esa niña.

Recuerdo pensar “¿Quién soy yo para merecer esto? ¿Cómo sus papás no estaban aquí? ¿Cómo me regalaron esto a mí?“. Ese momento fue el que terminó por encauzarme en una licenciatura en educación y una carrera de doce años como miss de primaria. Durante todos estos años, siempre tuve muy claro que, cuando yo tuviera hijos, no quería perderme eso. ¿Cuántos momentos más había como ese? ¿Qué otras cosas podía yo enseñarles? ¿Cómo lo haría? Tengo unos seis boards en Pinterest llenos de cosas para escuela y para niños. Secretamente, eran para los míos, cuando los tuviera. Me imaginaba haciendo esas cosas con mis hijitos en mi casa. Siempre quise tener hijos, siempre quise que el papá de mis hijos estuviera súper involucrado en sus vidas, siempre quise educar a mis hijos en casa. 

Sueños que se van haciendo realidad

Quiero ver cómo funciona su cerebro, quiero verlos cuando descubran cosas, cuando se maravillen por todo lo que hay para aprender. Quiero enseñarles las cosas que me apasionan, la poesía, el arte, las fracciones y la historia. Quiero aprender con ellos las cosas que yo me pasé en blanco en la escuela (varios años, en varias materias, pero eso es tema para otro día). 

Al fin llegó el tiempo. Este martes empezamos la escuelita con Narán y debo decir que no soy ninguna experta en homeschool. No soy experta en desarrollo, ni en currículum, pero hay una cosa que creo por sobre todas las cosas. Nadie ama a ese niño como lo amamos su papá y yo, a nadie le interesa más que a nosotros lo que el aprenda y cómo se desarrolle. Ya les iremos contando cómo sale el asunto. Bienvenido al homeschool Narán, te he estado esperando.

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Bienvenido al aprendizaje, hijito

La verdad sobre vivir en Holbox

La gente suele soñar con dejarlo todo e irse a vivir a la playa. Para muchos, esta fantasía idealizada es como una efímera pastilla de felicidad que se toman cuando están de vacaciones en algún lugar hermoso y pacífico. “¿Y si me viniera a vivir aquí?“.

La idea seduce, especialmente cuando se percibe como la solución a todos los problemas. Sin embargo, al otro lado del umbral de esta decisión hay una verdad irrefutable: la vida se trata de elegir sacrificios y cualquier lugar en el mundo en donde escojas vivir trae un precio que hay que pagar.

Es por eso que la mayoría de la gente solo piensa y habla de irse a vivir a la playa o a un pueblito tranquilo, pero pocos de hecho lo hacen. Porque vivir en un lugar así implica renunciar a algunas de las comodidades más arraigadas en los especímenes de ciudad. También presenta retos de logística y uno que otro choque cultural que resulta difícil de digerir.

Nosotros sabemos todo esto porque hace cuatro años hicimos lo que muchos sueñan con hacer durante toda su vida: nos fuimos a vivir a una isla paradisíaca.

Isla Holbox, Quintana Roo

La isla que nos vio nacer

La historia de cómo llegamos a Holbox la habré contado unas mil veces. Ya hasta tengo una rutina, con todo y punchlines, para los clientes del restaurante que seguido me preguntan. No voy a reproducir esa versión aquí. Bastará con decir que llegamos en el 2015 con la ilusión de poner un negocio, hacer dinero y disfrutar la vida en la playa. Llegamos frescos de la Ciudad de México, tras pasar solo un mes en Mérida. Ana estaba embarazada de nuestro primer hijo.

La isla nos vio nacer y florecer como familia. Es cierto que llegamos aquí en plan de huida, de reclusión. Quisimos poner mar de por medio entre nosotros y nuestras vidas pasadas. Quisimos escondernos en un lugar en donde no seríamos molestados, en el cual podíamos, con toda tranquilidad, descubrirnos en nuestra nueva etapa como padres y emprendedores. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Nunca Jamás y los niños perdidos

Los niños perdidos

No quisiera ser injusto ni deshonesto: lo lindo de vivir en Holbox es muy lindo. Cualquier día, a cualquier hora, tienes una de las playas más bonitas de México a metros de distancia. Los atardeceres son magia pura, cada día un espectáculo distinto. La gente se reúne para presenciar el milagro al sonido de tambores y caracoles mientras parvadas de fragatas levitan con elegancia. Para mí, el solo hecho de que la introducción de mis hijos al planeta haya sido en este lugar es un sueño hecho realidad.

Atardeceres mágicos

Luego está la experiencia del pueblo pequeño. La tranquilidad de saber que el crimen es prácticamente inexistente. La calidez de que todo mundo se conoce y se saluda. A diferencia de cualquier ciudad, las calles están repletas de gente caminando –hablo de las calles, no las banquetas. Las distancias siempre son cortas, la vida se vive a la escala de una miniatura. Entre los alegres murales, las palapas y palmeras, andar por Holbox se siente como a felicidad.

Los colores de Holbox

Algo curioso que hemos experimentado es el cariño genuino que le tienen los holboxeños a los niños que crecen en la isla. Me refiero, en particular, a las personas de la tercera edad. Gracias a nuestros hijos, hemos conocido y conversado con los abuelos de la isla, quienes parecen conceder la entrada a la sociedad a través de los pequeños. Este rasgo me parece encantador y algo que solo se puede vivir en un pueblito.

Por ser un lugar tan pequeño y por las características de la economía, la desigualdad es mucho menos notoria que en el México normal –tampoco vamos a decir que no existe. La playa y la vida relajada liberan a la gente de su necesidad de aparentar y apantallar. Casi todo el mundo viste de la misma manera y a nadie parece realmente importarle.

Además, a pesar de ser un pueblo, acá se vive entre gente de todo el mundo que contribuyen a un entorno diverso. Es bonito conocer y convivir con franceses, ingleses, gringos, italianos, españoles y claro, un montón de argentinos. En cierta forma, acá somos nuestro propio país, con reglas y costumbres propias y muy poca injerencia de las autoridades estatales.

Tal vez es por eso que mucha gente llega aquí para ponerle pausa a su vida. La isla es un País de Nunca Jamás repleto de niños perdidos que se dedican a disfrutar de la naturaleza, salir de fiesta, dormir hasta tarde y trabajar –frente a la playa, si tienen suerte. La mayoría de los foráneos están aquí de paso, solo unos meses o un par de años. Casi nadie tiene un gran plan para su estadía aquí. Incluso las familias como nosotros se van cuando sus hijos llegan a cierta edad en la que no pueden posponer más su educación. Aquí se trata de saborear el presente sin prestar demasiada atención al futuro.

Lo cierto es que hay una magia que nos embruja a todos. Es el interminable jacuzzi de agua salada. Son los flamingos al amanecer en Punta Coco. Es la bioluminiscencia en las noches sin luna y los cielos estrellados. Es la hora dorada que pinta de colores el pueblo entero. En otras palabras: se entiende que la gente intercambie cosas como su estabilidad y comodidad por una probadita de esto.

La magia de Holbox

Lo que no sale en Instagram

No te pido que limpies mi isla, solo que no la ensucies”. Así reza un letrero en la caleta, el sitio que le da la bienvenida a los viajeros que llegan todos los días a Holbox.

Cuando llegamos, yo tenía la idea de que este era un lugar con una fuerte cultura ecológica y de respeto por el medioambiente, pero pronto aprendería que, por la mayor parte, este no era el caso –aquí tengo que aclarar que sí hay una cantidad considerable de personas que defienden estos valores. Mi ilusión se rompió en los primeros días, recuerdo que vi cómo un niño lanzaba su plato de unicel a través de la reja de la primaria hacia la banqueta. Pronto me di cuenta de que la gente aquí está acostumbrada a tirar basura en la calle y a vivir entre basura tirada.

El otro paisaje

Es cierto que la situación no difiere mucho de gran parte del país, pero para mí fue decepcionante encontrar este rasgo cultural en un lugar de una belleza natural tan deslumbrante. También es cierto que hay un contexto histórico que se tiene que entender. La comida chatarra, las botellas y envolturas de plástico, el unicel, todo esto es relativamente reciente en la isla. Hace 30 años, no importaba mucho si la gente arrojaba su basura a la calle porque no había ni tanta gente ni tanta basura. Ahora, este hábito es un verdadero problema. La escasez de botes de basura públicos no ayuda. El lado feo del capitalismo llegó a la isla sin que su gente tuviera realmente ni el tiempo ni las herramientas para desarrollar un proyecto adecuado de educación ambiental.

Los charcos y el lodazal que se crean con las lluvias por la falta de un sistema de alcantarillado le da un toque exótico a la rutina diaria. Antes, cuando la arena en las calles era tan suave como la de la playa, la lluvia era absorbida rápidamente. Ahora que la arena está demasiado compactada y el exceso de vehículos ha deformado las calles, el agua se queda ahí un buen rato. Moverse por el pueblo cuando acaba de llover es toda una aventura, pero esa es solo la parte chusca. El precario drenaje, que data de la era previa al boom turístico, constantemente se ve rebasado por el volumen de visitantes, creando otro tipo de charcos, de esos que huelen muy mal. En época de lluvias, unos charcos y otros se confunden y se funden y esto se vuelve una ruleta rusa de insalubridad.

El país de los charcos

En algunas zonas, el agua no se evapora ni se absorbe aunque haya pasado mucho tiempo. Dos, tres, cuatro meses. El agua estancada y la basura tirada crean un paisaje que contrasta con la imagen que normalmente se proyecta de Holbox. El paisaje es lo de menos, estos puntos son verdaderos caldos primordiales para todo un elenco de enfermedades.

Cultivando enfermedades

Esto es lo que no verás en Instagram. Una cara un poco más real de la isla que, como cualquier otro lugar, dista mucho de ser perfecta. En la era de los filtros y los likes, es común que una buena parte de la realidad quede fuera de la toma.

La fiebre del oro

“¡Hola! Tengo que hablar contigo. ¿Me avisas cuándo puedes?” Si vives en Holbox y rentas una vivienda, este es el mensaje de texto que todos los días temes recibir. Lo envía tu casero o casera y lo que quiere hablar contigo es que vas a tener que desocupar el espacio porque ya no lo va a rentar por mes, sino por día.

El fenómeno Airbnb no es, desde luego, exclusivo de Holbox. En ciudades y destinos turísticos de todo el mundo, la plataforma de hospedaje está ocasionando estragos en los mercados inmobiliarios. Al obtener mucho más dinero por rentar las viviendas por noche que rentarlas por mes, los dueños de las propiedades prefieren hacer lo primero.

Aquí, el Airbnb es la nueva fiebre del oro. Han abierto tantos que actualmente se habla de una sobre-oferta. Es difícil culpar a los turistas, quienes se ven beneficiados por tarifas más accesibles y alternativas de hospedaje más flexibles. Aún así, no se puede negar el efecto brutal que la plataforma ha tenido en la situación de la vivienda.

Para dar una idea, un cuarto de 8 X 4 metros para una o dos personas se renta entre $400 y $600 dólares al mes. ¿Un pequeño departamento con una recámara y estancia? $750 USD. ¿Una casa con dos o tres habitaciones? $1,500, pero encontrar una es casi lo mismo que encontrar un unicornio.

Encima, rentar aquí equivale a vivir en la incertidumbre de que el fatídico mensaje de texto podría llegar en cualquier momento, porque los contratos de arrendamiento no forman parte de los usos y costumbres del lugar.

A todo esto, añadir los absurdos recibos de luz que llegan de varios miles de pesos. Porque, por si no lo sabían, el precio a pagar por un servicio deficiente e irregular es muy alto. Si tan solo hubiera otra forma de generar electricidad que no implicara transportar toneladas de diesel a la isla…

Estos son síntomas de una realidad: el dinero se ha convertido en la energía dominante. El mangle ha sido reducido para dar paso a los hoteles, las casas vacacionales, los negocios que no paran de abrir todos los días. Los drones y los turistas imprudentes ahuyentan a las aves migratorias. El tiburón ballena, emblema de la comunidad, es asediado por decenas de embarcaciones todos los días, al grado en que encontrarlo ya no es tan fácil como antes.

Foto: chilango.com

Dinero llama a más dinero. La vida por acá se ha vuelto una jungla en la cual ganan los más agresivos. Entre más cara se ha vuelto la vida, gente con más recursos ha llegado a invertir. Si rentas un local para operar un negocio, tendrás que rezar para que no vaya a llegar un inquilino con mayor presupuesto a ofertar el doble de lo que tú pagas. De nuevo, los contratos aquí son de chocolate, sin notario ni validez real.

Por otro lado, si eres trabajador, probablemente tengas que buscar un segundo turno para poder cubrir tus gastos y quedarte con un poco para ahorrar o enviar a tu familia, todo mientras compartes un espacio diminuto con uno, dos, tres o cuatro personas. Algunos han optado por vivir en Chiquilá, el puerto en tierra firme desde donde parten los ferris. Otros tienen la suerte de que la empresa para la cual trabajan cubra el hospedaje. Para la mayoría, es una vida apretada, incómoda y precaria.

Las propuestas educativas y culturales brillan por su ausencia. Quien tiene dinero para invertir, prefiere hacerlo en cuartos y hoteles que en escuelas. Si vives aquí, más vale que no te encuentres en la necesidad de enfrentar una crisis o emergencia médica, porque los pasantes que hacen sus prácticas en el único centro de salud no siempre estarán disponibles para atenderte con el equipo y medicamentos limitados con los que cuentan. Los impuestos derivados de la actividad turística no se notan en la infraestructura y no hay que ser detective para entender por qué.

No pretendo evadir la responsabilidad de ser parte de esto. No podría. Nuestro negocio grita ¡gentrificación! Hacemos un esfuerzo por ser congruentes y conscientes, pero al final del día estamos contribuyendo a una tendencia que ha puesto en jaque la viabilidad de la isla como destino turístico. Y es que no es lo mismo recibir a unos cuantos mochileros europeos que a treinta barcos diarios repletos de turistas, de esos que han transformado destinos como Cancún y Playa del Carmen.

Tuluminati vibes

Este crecimiento ha impactado también en la seguridad y el ambiente de la isla. Aunque sigue siendo un lugar seguro, algo ha cambiado. Las interminables construcciones han traído a personas acostumbradas al bajo mundo de Cancún, a quienes no les tiembla el pulso para robar o para ocasionar una riña. El ambiente nocturno también ha cambiado, con más bares y antros abiertos hasta tarde y todo lo que eso implica en cuanto a ruido, presencia de cárteles, etcétera.

Algo es innegable: la isla, como la hemos conocido hasta ahora, tiene fecha de caducidad. Incluso se sabe que la zona protegida, que conforma el grueso del territorio, está vendida a un poderoso desarrollador que está esperando el momento propicio para asestar el golpe definitivo: un faraónico y ambicioso complejo turístico que cambiará el ecosistema para siempre. Aunque hay activistas dentro y fuera de la isla que buscan revertir esta situación, creo que será muy difícil. Los gobiernos federales, estatales y municipales han demostrado en ocasiones anteriores que, mientras haya algo para ellos, no se tocan el corazón para permitir la destrucción de la riqueza natural en la región.

El principio del fin

Mis conocidos seguido me preguntan cómo es vivir en Holbox. Algunos se adelantan a responderse a sí mismos: “increíble, ¿no?”. Quienes han visto imágenes o videos de la isla, tienen una idea romántica de ella. Quienes han estado aquí unos días, la perciben envuelta en el embrujo de unas vacaciones memorables. Vivir en ella, sin embargo, es otra historia.

La rutina en Holbox puede ser muy agradable si eres de aquí, si tienes propiedades aquí, o si eres un joven soltero que solo viene a trabajar y a echar fiesta. Como ven, las familias con recursos limitados no aparecen en esta lista. Y es por eso que, aunque siempre lo hemos sabido, hoy es más evidente que nunca el hecho de que nuestros días en la isla están contados.

Dejar ir esta etapa no será fácil. Holbox es el único lugar que conocemos como familia y pensar en decirle adiós resulta ligeramente aterrador. Vivir aquí es quizá la parte más interesante de mi vida. No tengo grandes logros profesionales ni una fortuna, pero al menos tengo esta aventura. En el fondo es esto, tal vez, lo que me ha mantenido aferrado a seguir acá, a pesar de que la vida se ha hecho muy difícil de costear y de que no hay alternativas de educación y actividades para que mi pequeño torbellino de tres años canalice su aparentemente inagotable energía.

Nuestros días en Holbox

Eso y, claro, el negocio. Este proyecto al cual le hemos dedicado tanto, pero que tal vez pudiera florecer y prosperar mucho más en una ubicación menos problemática. Nunca me había sentido tan orgulloso como me siento de haber creado este restaurante junto a mis socias. De no haber sido por Holbox, este lugar no existiría.

Y así como eso, hay muchas cosas por las cuales estoy agradecido con esta isla. Aquí he podido pensar, caminar, contemplar. Con toda calma. He podido disfrutar de mis hijos sin angustias. He vivido rodeado de belleza y épicos atardeceres. Y sí, también de basura.

Hay un precio que pagar por vivir acá. La mayoría de la gente llega, tarde o temprano, a un punto en el que la isla y sus dificultades terminan por hartarles y se van. Ella te adopta y también ella te vomita. Como dije, es un lugar con cierta magia.

Mirando hacia el futuro

No pretendo hablar por todas las personas que viven aquí. Después de todo, hay quien experimenta la isla bajo condiciones totalmente distintas y cada quien habla de cómo le va en la feria. Esta es solo mi verdad sobre vivir en Holbox.

Si lees esto y estás pensando en dejar la vida en la ciudad para irte a la playa, te diría: hazlo, pero siempre y cuando entiendas que hacerlo no va a resolver tu vida. Sabe que tus fantasmas no se irán, sino que te estarán esperando ahí para que los enfrentes cuando estés listo. Que hay cosas a las que vas a tener que renunciar y que hay muchas otras que probablemente te decepcionarán de la experiencia. Nada es perfecto pero, si dejas de esperar que lo sea, todo lo es.

Quedarse en el viaje

En la subcultura de las sustancias psicotrópicas, a la experiencia de estar bajo los efectos de alguna de ellas se le conoce como “el viaje”. Seguramente lo han escuchado en un contexto u otro.

“Quedarse en el viaje” es una expresión que se refiere a la posibilidad de no regresar nunca a los cinco sentidos, a la cordura, a la normalidad. Es algo que se dice, no tanto como una advertencia seria, basada en hechos y datos científicos, sino como una fábula cuyo propósito es asustar. Quedarse en el viaje es como el Coco de los psiconautas. No digo que no le pueda pasar a alguien con predisposición a la esquizofrenia, por ejemplo, pero para la enorme mayoría de las personas es, principalmente, un mito. Un decir.

Llegué a escuchar aquello de que fulano o mengana se habían quedado en el viaje, pero cuando se decía eso nunca se hablaba de alguien que verdaderamente hubiera perdido por completo la brújula de la realidad. Más bien, el diagnóstico describía a individuos que, después de sus travesías por la psique y las dimensiones que ahí se esconden, habían hecho algunos cambios radicales en su vida. Con frecuencia, la expresión se usaba para referirse a alguien que se había cambiado el nombre por algo así como Angada o Sol Naciente. Alguien que renunció a su trabajo y se convirtió en artesano, chamán, nómada o artista. Se fue a vivir con una tribu de personajes afines que transitan los bordes de la sociedad moderna. Cambió los jeans y las playeras con eslóganes simpáticos por prendas hechas con fibras naturales, tal vez por ella misma. Se dejó crecer el pelo y la barba. Se dejó de bañar todos los días.

“Se quedó en el viaje”.

Siempre pensé que quedarse en el viaje no era tan malo. Se necesita valor para tomar las riendas de tu vida y, al fin y al cabo, estas personas estaban haciendo justo eso. En el fondo, algo de aquello me resultaba admirable, sobre todo desde el interior de una carrera de ratas que poco a poco perdía su encanto.

El salto al vacío

A los 26 años, fui feliz. Trabajaba como videógrafo en uno de los principales periódicos de la Ciudad de México. Cubría todo tipo de eventos y noticias, desde marchas y protestas hasta estrenos teatrales. Tenía libertad para proponer mis propias piezas, hacer investigación, entrevistar personajes. Me tocaba estar frente a frente con los actores más relevantes de la política nacional. Un día iba a una entrevista con Carlos Fuentes, al siguiente grababa a una tribu de reguetoneros en el Metro Hidalgo. Me sentía Peter Parker, moviéndome por la capital con mi cámara, siempre con una misión. Realmente amaba ese trabajo. En el fondo, sabía que no podría hacer una carrera ahí. No me veía esperando pacientemente 10 años para llegar a los 15 días de vacaciones anuales. Sé que es lo que mucha gente hace y lo respeto, pero no sentía que fuera para mí.

En una vida pasada

Confieso que idealizaba el momento de renunciar. Después de todo, las historias de éxito suelen comenzar así, cuando el protagonista renuncia a su empleo. En mis sueños, esto ocurría después de haber ahorrado un buen “colchón” o a causa de una gran propuesta en la mesa. La verdad es que ni lo uno ni lo otro. Un buen día renuncié, movido por emociones, porque pensaba que cierto emprendimiento sin pies ni cabeza iba a darme de comer. A veces pienso que esa decisión la tomé con el espíritu, porque fue la que le dio un brusco giro al rumbo de mi vida.

A pesar de estar desempleado, roto y deprimido, entre el 2013 y el 2014 viajé más que en ningún otro período en mi vida. En ese lapso, atravesé el país de norte a sur a puros aventones para hacer un documental. Fui a Oaxaca a cubrir un evento de innovación social. A San Luis Potosí, a filmar a los Yamakasi en una convención de parkour. Viajé varias veces a Monterrey. A Chihuahua, Tampico, Villahermosa, Playa del Carmen. Me recluí durante semanas en la magia del Rancho San Pedro Xocchel en Yucatán. Esta forma de vida me hizo ver con toda claridad que nunca podría comprometerme a un trabajo normal. Ese tiempo me cambió para siempre. En cierto sentido, me quedé en aquel viaje.

La epifanía de la playa

Fue en Yucatán, precisamente. Lo recuerdo bien. Mientras daba pequeños brincos para elevarme por encima de las olas del mar de Sisal, entendí que quería vivir en la playa, aunque fuera por un tiempo. La idea la habíamos estado peloteando desde hacía tiempo. Yo, la verdad, lo decía más de broma. Ana, mi mujer, iba en serio. Pero a partir de ahí me di cuenta de que había algo en el agua de sal, la arena y la brisa que me hacía bien. Algo acerca de ese ambiente me daba la paz que no parecía estar encontrando en la ciudad. Ese día, fue como si a una semilla plantada finalmente se le cubriera con tierra y se le echara el primer chisguete de agua.

Coleccionando atardeceres

Así fue como terminamos en una isla, mi mujer embarazada, nuestros tres perros y yo. Encerrados en esta burbuja, hemos podido descubrir con calma quiénes somos y qué queremos. Una de las grandes revelaciones ha sido darnos cuenta de lo poco que necesitamos para vivir y lo mucho que solemos cargar sin una buena razón. El estar alejados de la política nos ha blindado de las distracciones y el circo de la vida pública. Vivir en un pueblo pequeño nos ha liberado de las preocupaciones y amenazas de las grandes ciudades. La falta de alternativas educativas nos ha impulsado a descubrir a profundidad el fascinante mundo de la educación en casa. Emprender un negocio ha terminado por convencernos de que no queremos trabajar para otras personas. Cada atardecer mágico nos ha curado un poco. El mar y los hijos nos han regresado a nuestra infancia, a ese estado en el cual de hecho se puede disfrutar del presente por lo que es. Aquí hemos aprendido las delicias de la vida lenta y sencilla.

A veces, nuestros conocidos y familiares nos ven raro. No todos entienden la elección de vivir así –vaya, hay días en los que nosotros mismos no entendemos. Lo cierto es que la decisión de abandonar la ciudad, nuestros empleos, incluso nuestras carreras profesionales, nos cambió. Pase lo que pase, no parece haber vuelta atrás. Un día empacamos nuestras cosas y elegimos el camino, la búsqueda que no termina, la navegación de aguas inexploradas. Viajamos a la Península de Yucatán en cuerpo, pero en la mente emprendimos también un viaje y ahí nos quedamos.