El curioso caso de la lagartija muerta

Tal vez les ha pasado: hay un pendiente por ahí, sin resolver, del cual todos los días recibes un recordatorio. Algo que por equis o ye no has terminado, ejecutado, resuelto, atendido. Algo que parece estar tan cerca de finiquitarse que por eso te das permiso de postergarlo. “Cualquier día lo hago”. Pero el tiempo pasa y cualquier día no llega. 

Después de un cierto período, la maldita ansiedad. No concluir esta tarea se vuelve un pesar. Una excusa más para mortificarte y reclamarte a ti mismo. Y te vas a la cama y despiertas y el pendiente sigue ahí. Y lo notas y no haces nada al respecto porque ahora se ha vuelto parte de esa torcida narrativa que te has creado en la cabeza. Una historia que te cuentas una y otra vez. La historia de cómo no puedes terminar nada en esta vida. 

O tal vez no te ha pasado. Tal vez estoy loco. 

A veces lo pienso porque, ¿qué razón habría para no terminar las cosas que empiezo? Parece haber muchos beneficios implícitos en terminarlas y, por otro lado, consecuencias negativas implícitas en no terminarlas. Así que, ¿qué es lo que pasa en el cerebro que, a pesar de ver las cosas tan claras, cuesta tanto trabajo actuar? 

En la cárcel del bruxismo nocturno

Toda esta situación me recuerda un poco al bruxismo. Verán, a veces, por la noche, comienzo a apretar los dientes. Primero es leve, un poco de presión. Luego, como si fueran imanes incapaces de resistir al magnetismo, los molares y caninos se apretujan con fuerza. Cada vez con más fuerza. Hasta que se hace difícil de soportar. 

El tema es que tengo el sueño muy pesado. El dolor, la desesperación y la preocupación que me generan las dos filas de mis dientes moliéndose entre ellas es apenas capaz de sacarme de las profundidades y llevarme casi hasta la superficie. Ahí puedo entender claramente qué es lo que está pasando. “Estoy apretando los dientes”, pienso. Pero en vez de desistir, lo único que logro es apretarlos con más fuerza. Es como que darme cuenta de lo que ocurre solamente lo hace todo peor. La sensación de parálisis, de querer ordenar al cerebro una acción pero terminar por ordenarle justo la acción contraria, es frustrante y muy extraña. 

Siento que con los pendientes sin resolver y los proyectos sin terminar es un poco así. El peso de saber que no he sido capaz de finiquitarlos me paraliza. Saber muy bien que están ahí es fuente de frustración. Y dejarlos ahí, colgando sin terminar, a pesar de que lo que realmente quiero hacer es terminarlos, lo hace todo peor. 

Quizá te estoy hablando en chino. “Si sabes que tienes que resolver algo, ¿por qué no simplemente lo haces y ya?” Así es como me imagino que piensa la gente normal, donde la haya. Y qué fácil sería la vida si no hubieran tantas telarañas en la cabeza. 

El podcast de tu cabeza

Un día, al separar el contenedor de las croquetas para abrirlo y servirle su comida a los perros, noté que había una lagartija detrás. Nada nuevo, en esta parte del mundo las lagartijas están por todas partes. Al día siguiente, la lagartija seguía ahí y entonces supe que se trataba, en realidad, del cadáver de una lagartija. 

Aquel era un buen momento para tomar una servilleta, recoger la lagartija y tirarla al bote de basura pero, por la razón que sea, no lo hice. Los días siguientes, seguí viendo la lagartija cada vez que movía la caja, recordando en cada ocasión que debería tirarla a la basura. “Un día de estos. Cualquier día”. 

Y así se fueron los días. Y las semanas. 

No me pregunten por qué carajos no tiré la lagartija muerta durante todo ese tiempo. Siempre quise hacerlo. No hacía falta un gran esfuerzo para hacerlo. Solo era tomar una servilleta, recoger el cuerpo tieso del pequeño reptil y ponerlo en el bote de basura. 

Pues no. Y batallo con entender por qué. Algo que recuerdo es verla ahí, durante el minuto que me tardaba en servir la comida, cerrar la caja y acomodarla. Al verla, recuerdo escuchar esa voz en la cabeza. “No eres capaz ni de tirar una lagartija a la basura.”

Entre más lo pienso, creo que el creerme lo que dice esa voz ha sido el gran obstáculo hacia mis objetivos. Es la misma que me mete la duda cuando voy a emprender algo. Me aconseja que no me ilusione demasiado, que no me esfuerce tanto porque lo más seguro es que, tarde o temprano, yo mismo encuentre la manera de arruinarlo. ¡Sas! 

Cuando quiero hacer algo, pero hago justo lo contrario.

¿También escuchas voces? Está muy fuerte el hecho de que constantemente nos estamos programando con estas conversaciones internas. Digo conversaciones porque parece haber un elenco entero de personajes. Todo un podcast, con sus dos presentadores y line-up de invitados especiales.

Charles Fernyhough, profesor de psicología y autor del libro The Voices Within, asegura que este diálogo interno juega un papel fundamental en la motivación, la expresión de emociones e incluso en nuestra propia comprensión de quiénes somos. Pero hay un lado volátil del diálogo interno: tiene el poder de programarnos, para bien y para mal. Y resulta que somos mucho más proclives a concentrarnos en lo negativo porque humanos. Escuchamos con más atención a las voces que nos critican y les creemos más. 

La pregunta más obvia entonces es ¿hay manera de evitar un círculo vicioso de programación negativa?

Correr el 90% de un maratón

¿Te imaginas deber un trabajo por años? A un amigo todavía le debo el video de su boda (pero será el mejor regalo por su décimo aniversario, lo prometo Carlos). 

Hablando de videos de bodas, hace poco terminé uno que igual debía más de un año después. Para ser justos, prácticamente ya había entregado todo el video en partes. Pero nunca terminé de ensamblar las secuencias y nunca hice la introducción. Y ya saben, tan solo pensar en que no había terminado el video era suficiente para que me comiera las uñas de todos los dedos. 

No eres capaz ni de terminar los trabajos que consigues“. 

Hace poco, me senté frente al proyecto con toda la intención de terminarlo. Después de evaluar en qué punto me había detenido, vi que fue justo antes de la incorporación de las entrevistas a la introducción del video. El audio en estos clips era muy malo, tenía un eco pesado. Recordé que, en el momento en el que me topé con este problema, sentí pereza de siquiera investigar cuál era la mejor manera de resolverlo. Seguro pensé algo así como “mañana lo busco, cualquier día de estos”. Pero claro, cualquier día no llegó. 

Después de ver un tutorial en YouTube, pude reducir drásticamente el eco, incorporar las entrevistas, terminar la introducción y unir todas las secuencias en el video final. Es increíble pero, por año y medio, el proyecto estuvo ahí en mi computadora. Prácticamente terminado. Prácticamente. Pero así como no podía simplemente coger la lagartija y ponerla en la basura, no podía simplemente arreglar este problema minúsculo y dar el último paso para terminar el video. 

Mejor dicho: sí podía. No lo hice. Por meses y meses. Mientras tanto, la idea de no haberlo terminado me torturaba de adentro hacia afuera. Los caminos a la autodestrucción son infinitos.

Imagina correr el 90% de un maratón. Resulta tan absurdo. A menos de que se te haya fracturado un tobillo, ¿por qué no solo terminarlo, aunque sea caminando?

El caso es que por fin terminé el video y lo entregué. Y, de pronto, una de las nubes grises más grandes que había estado encima de mi cabeza por mucho tiempo se disolvió en una lluvia de alegría y satisfacción, así como así. 

Ya encarrerado, al día siguiente, tomé una servilleta, recogí la lagartija muerta y la tiré a la basura. Me niego a bajar los brazos en esta lucha por definir qué tipo de persona soy porque sé muy bien quién quiero ser y no es la persona que he sido hasta ahora. No es la persona que deja sus sueños en visto, ni la que nunca termina lo que empieza, ni la que deja pasar semanas antes de deshacerse de una lagartija muerta. Al contrario, es alguien que respeta su propia palabra, que es proactivo y que entrega el trabajo un día entero antes de la fecha límite. Alguien que aprovecha cada una de las oportunidades que se le atraviesan y las convierte en puertas y escalones. Alguien confiable, que hace lo que se tiene que hacer y no espera una eternidad para hacerlo. 

No sé. Tal vez sigo rusheado por este diminuto logro, pero lo estoy usando como combustible para tratar de vencer a mis gigantes más temibles. El talk-show en el interior de mi cabeza no para, pero soy mucho más consciente de las voces que hablan y cuáles son las que me termino creyendo y cuáles las que paro en seco. ¿Será posible que por ahí esté el secreto? 

Mientras lo descubro, estoy en una onda de hacer, hacer, hacer. No detenerme tanto a pensar, no buscar la perfección, solo hacer. Estilo guerrilla. Que las fichas caigan en donde tengan que caer. 

Pero, por Dios, que no se queden suspendidas en el aire. 

El gordito que vive en mí

Dentro de mí vive un gordito. Un personaje bonachón que no se mete con nadie, evita el conflicto y cualquier tipo de sufrimiento. Se refugia en su confort y, por lo mismo, no es muy disciplinado. No se exige mucho, le gustan las cosas fáciles. 

Antes, este gordito estaba al frente de los controles de mi vida. Esta es la historia de cómo nació, cómo me convertí en él, cómo lo desterré y lo que aprendí en el proceso. 

Ser gordo

Ser gordo implica mucho más que el sobrepeso. Es un estado de ánimo. Es un estilo de existencia. Cuando era gordito, prefería la ropa cómoda, vestir bien pasaba a segundo término. Como percibía que mi alimentación era pésima, no hacía nada por mejorar mis hábitos —al contrario, me refugiaba en el placer de la comida y no me cuidaba en lo absoluto. Me volvía loco con las porciones. Rebasaba la dosis diaria de azúcar. “Total, ya estoy gordo, ¿no?” El deterioro genera más deterioro. El síndrome de la ventana rota, que le llaman. 

El objetivo de ser delgado lucía tan lejos, que la idea de hacer ejercicio me parecía un absurdo masoquismo. Precisamente por mi problema de peso, la actividad física era un auténtico martirio y la recompensa no parecía estar cerca en lo absoluto. Al contrario, cualquier tipo de resultados visibles tomarían mucho tiempo y esfuerzo y yo lo sabía. 

En el fondo, la obesidad es un síntoma. ¿De qué? Cada caso es diferente, pero me atrevo a decir que en todos hay un cierto grado de eso que conocemos como baja autoestima. Falta de amor propio. Llámalo como quieras. Es esa creencia ahí, en las profundidades de la psique, de que no somos lo suficientemente buenos. De que no valemos el esfuerzo de estar bien. De lucir bien. De sentirnos bien. De triunfar. 

Siempre hay una raíz

Siempre hay una raíz. En mi caso, tendríamos que tomar la máquina del tiempo y viajar a la primaria, a los años de la pre-adolescencia. La verdad es que nunca fui un niño gordo hasta que comenzó esa dolorosa transición de la vida que todos atravesamos pero de la cual algunos salen mejor librados que otros. 

Un cachetón termina la primaria

Me verían por ahí, tragándome una sincronizada, unas papitas, un refresco y algún postre chatarra (bendita azúcar y su efecto analgésico). Creo recordar que, para aquel entonces, ya no me esforzaba mucho por participar en los partidos de futbol durante el recreo para no maltratar de más mi ego, de por sí magullado. Si en algún momento había dado lo mejor de mí para no ser elegido al final en el próximo partido, ahora había caído en la autocomplacencia total. 

Corte a un par de años más tarde. 

Ir a la secundaria es como vivir en un tanque de insuficiencia y desajuste. Las hormonas vuelan en el aire y todos luchan por descubrir su lugar en la jerarquía social. 

En aquellos tiempos, nadie hablaba de bullying, solo era algo que le ocurría a los blancos fáciles. Gordito, bajito, cristiano y afable, yo era la definición de un blanco fácil. De alguna manera, me convencí de que el acoso constante y la violencia eran manifestaciones legítimas de amistad. 

No cuento esto para que se sientan mal por mí. Ni siquiera puedo decir que la situación haya sido tan brutal como sé que le sucede a muchos chicos aún hoy. Lo cuento para explicar cómo fue que, en esta etapa, el ser gordito pasó de ser un rasgo fisiológico a uno de personalidad. A final de cuentas, como todo mundo, solo buscaba ser aceptado y apreciado. Adoptar ese personaje fue una manera de encontrar mi nicho y refugiarme en él. 

Incómodo en mi piel

Mi naturaleza optimista me llevó a no permitirme sentir emociones negativas, a guardármelas todas y enterrarlas en capas y capas de grasa. No me di la oportunidad de experimentar el enojo, la soledad. 

En cambio, lo cubrí todo con azúcar. “Todo está bien. No hay ningún problema. Estoy bien en mi tristeza y no necesito hacer nada al respecto. Al contrario, voy a apapacharme aún más y a comer todo lo que quiera y en cualquier cantidad. No necesito lidiar con la ansiedad natural de hablarle a las chicas y conquistarlas porque, al ser el gordo, estoy descartado por default y puedo ser solamente su amigo. No necesito destacar en los deportes, puedo entretener a todos con mi fatiga y ser disculpado por el profesor. No necesito ser excelente en la escuela, puedo conformarme con ser simpático.” 

Encontrar el fuego

Así fue como renuncié a caminar hacia la mejor versión de mí mismo. Para cuando entré a la universidad, las cosas se habían salido un poco de control. Mi peso, sobre todo, que andaba por los 110 kilos. La coraza que me protegía del mundo exterior era más gruesa que nunca, pero servía de poco porque algo me estaba comiendo desde el interior. La falta de amor propio se estaba tornando en odio y autosabotaje. Estaba transitando sobre una autopista de alta velocidad, destino: paro cardíaco. 

“Todo está bien”

Y, entonces, mi vida dio un giro. De una de las situaciones más dolorosas que me había tocado vivir, surgió un deseo ardiente de superación. De cambio. De transformación. 

Hay un fuego que arde en todos nosotros. A veces, es un incendio que nos consume con vehemencia, pero a veces está reducido a una escueta y pequeña flama. Este fuego es lo que hace que las personas alcancen la cima de las montañas más altas del planeta. Es lo que inspira la creación de piezas musicales épicas. La invención de artefactos que transforman la historia. La conquista de proezas aparentemente imposibles. 

Lo mejor de este fuego es que nunca se apaga, aún si se ve reducido a brasas chispeantes. Pues bien, de alguna manera, encontré ese fuego en mí y comencé a cultivarlo. Me di la oportunidad de cambiar o, al menos, de intentarlo. Me agarré fuerte de las ganas de experimentar la vida desde otro paradigma. 

No quiero hacerles la historia muy larga. Me inscribí en un gimnasio, dejé de tomar refresco, poco a poco comencé a gravitar hacia una alimentación saludable. No fue un cambio brusco, de la noche a la mañana. Tardé más de tres años en alcanzar mi peso ideal. Cuando era gordo, a veces soñaba que me despertaba y todos los kilos de más se habían ido. Un día, al despertar, esa fue la realidad. 

Y déjenme decirles: la vida como una persona delgada es una experiencia completamente diferente. Ganas agilidad, confianza, seguridad. La ropa te queda bien y recibes miradas de atención. Hacer ejercicio ya no es una tortura. Comer cosas dulces y engordadoras de vez en cuando se disfruta sin culpa. La gente te percibe diferente y te trata mejor. Sobre todo, dejar atrás el personaje me dio la posibilidad de descubrir quién era, más allá de ese gordito bonachón.

Sé lo que algunos están pensando. En estos tiempos de positividad corporal, se anima a los que sufren de sobrepeso a aceptarse y valorar su cuerpo así como es. Todo eso está muy bien, nadie debería de odiarse a sí mismo por su cuerpo ni sufrir por las presiones y estándares de la sociedad. Pero siento que en este discurso se suele perder el norte fácilmente. No tiene por qué ser tabú decir que la obesidad es un problema de salud que reduce la esperanza y la calidad de vida. Tampoco tiene nada de malo reconocer que la mayoría de las personas encuentran más atractivos los cuerpos delgados. Después de todo, estamos biológicamente programados para hacerlo.

Si estás leyendo y tienes sobrepeso —en realidad, si tienes hábitos y comportamientos autodestructivos de cualquier tipo: si en verdad quieres cambiar esta realidad, es necesario un viaje al interior para encontrar respuestas. ¿De qué te estás protegiendo? ¿Qué es lo que no te permites sentir? ¿En dónde está el dolor que quieres cubrir con azúcar, confort, placer? 

Nadie nos enseña a lidiar con la tristeza, el enojo, la frustración, el rechazo. Tal vez es por eso que la mayoría recurrimos a mecanismos poco saludables. Porque no conocemos mejores alternativas. Porque es lo que está a la mano. 

Hay vida después de la gordura pero implica transformar áreas de ti que ni siquiera entiendes muy bien. Practicar ese dominio propio que tienes tan atrofiado para poder quitarte la máscara. 

Hoy por hoy, el gordito está enterrado, relegado al fondo de mi personalidad, aunque nunca del todo. Nunca lo suficiente. Seguido asoma la cabeza y busca regresar. Se aprovecha de cualquier oportunidad, cualquier descuido, para manifestarse. 

Pero lejos están los días en los que reinaba en la superficie. Para mí, no hay vuelta atrás. Aun cuando gano unos kilos de más, nunca dejo que pase de ahí sin tomar acción para bajarlos. 

Y es que bajar de peso no solo me transformó por fuera, también lo hizo por dentro. Conozco mi potencial. Sé que mi destino está en mis manos. No le huyo a la disciplina, al dolor temporal, al sacrificio. Me otorgo valor a mí mismo y hago un ejercicio constante por examinar las áreas de mi vida en las cuales me estoy engañando o me niego a aceptar la realidad. Prefiero enfrentar las verdades duras que vivir en un mundo de caramelo. Olvídate de lucir mejor y estar más saludable, esta transformación interior fue el botín más valioso de todo el proceso.

Ojalá que vengas, abuelo

El Día de Muertos es una gran celebración en este país. Por otro lado tenemos el Halloween y, de alguna extraña manera, como pasa cuando las culturas se funden, ahora tenemos un mashup de algo raro que tiene que ver igual con brujas, máscaras de asesinos, dulces y fiestas que con cempasúchil, veladoras y papel picado.

En la tradición cristiana, las dos celebraciones son igual de mal vistas. De niña, yo no entendía muy bien cuál era la diferencia entre una y otra. En la escuela se ocuparon de espantarme (mucho) con el tema del Halloween y para mí ese día era motivo de mucho miedo, al grado de no querer salir y no poder dormir.

Nunca hablé mucho de eso con mis papás, pero la ansiedad me duró años. La idea de que ese fuera el día en el que todos los espíritus tenían permiso de andar por el mundo haciendo lo que les diera la gana y de que toda la maldad se juntara para invocarlos y darles rienda suelta era algo que mi pobre corazoncito no podía soportar.

Yo no aceptaba dulces de la calle ni de nadie por toda una semana por terror a que me tocara uno de los dulces que las brujas habían envenenado con tanto cuidado para asesinar a algún niño inocente que solo quería divertirse pero no sabía que, al hacerlo, estaba condenando su alma.

Después de sentir un terror absoluto por estas fiestas, pasó a ser algo que no llamaba mi atención. Obviamente era una manera que encontré de protegerme del susto que me dio muchos años. Para mí, el Día de Muertos y el Halloween solo significaban una cosa: pan de muerto (que nunca me prohibieron comer, por suerte). Nunca fui fan de las fiestas de Halloween y no me tocó estar cerca de gente que celebrara el Día de Muertos, por lo que la festividad se me ha pasado en blanco prácticamente toda la vida.

Cuando dejó de darme miedo, pasó algo. Empecé a notar lo realmente bello de la ocasión. Visualmente, es una de las cosas más lindas que tenemos. La ecuación es perfecta: noche, velas, colores, flores, comida, familia. Me metí a buscar, a leer, a conocer y le vi un significado totalmente distinto. Ya no fue la noche del mal, donde todos los malos hacen cosas feas, torturan inocentes y hacen fiesta toda la noche. Ahora era la tradición, la noche de familia, del recuerdo.

Un camino de cempasúchil

El duelo es algo duro y muy personal. Hasta que no lo vives, no lo entiendes realmente. Yo, por ejemplo, no lo entendía. Me dolía el dolor de los demás, pero nunca me había pasado.

Yo no sabía lo que era perder a alguien.

No sabía lo que era pedir con todas las fuerzas que todo fuera un sueño y que en la mañana despertaras y volvieras a ver a tu persona. No sabía lo que era de hecho olvidarlo por momentos. Pasar las cosas por la cabeza mil veces, imaginando todos los hubieras. Aferrarte a las imágenes, al sonido de la voz. Llorar por las esquinas, llorar meses, seguir llorando. Llegar a entender que hay heridas que no van a cerrar nunca y hay personas a las que no vas a dejar de necesitar. Que hay cosas que no se arreglan. Que no se superan. Seguimos adelante, la vida sigue y volvemos a ser felices y recordamos y lloramos un poco y nos reímos. Nos aferramos a los recuerdos, a las cartas y a los mensajes porque nunca vamos a dejar de necesitar las palabras, los abrazos y los momentos. 

Mi abuelo vino a visitarme dos veces muy concretas. Vino mientras dormía, me miró despacito, con cuidado, tomándose su tiempo y dándome tiempo a mí para asimilar y absorber el momento. Me dijo dos o tres cosas que necesitaba escuchar. Estuve ahí un ratito, hablando con él. Me abrazó y sentí la tela de su chaleco en mi cara, el peso de sus manos grandes en mi espalda y su cara mientras me daba un beso. Recuerdo estar consciente de que estaba soñando, verlo de frente y no querer respirar por miedo a que eso rompiera el encanto. Se fue mientras lo veía con mis ojitos llorosos, él siempre sonriente, siempre en paz.  Me desperté con el corazón acelerado de lo real que fue todo. Me desperté contenta porque lo había visto y, a la vez, lo más triste del mundo porque ahí es donde él está ahora. De vez en cuando, antes de dormir, le pido que venga a verme ese día. Me imagino que anda muy contento platicando con sus amigos, caminando con ligereza, observando cómo pasan las cosas y por eso se le pasa venir a saludarme. 

Este ha sido el primer año de todo lo que pasa sin él. Mi primer cumpleaños, el primer Día del Padre, el primer Día del Abuelo sin mi abuelo. También es el primer Día de Muertos y este año ya no tengo miedo. Este año entiendo.

Quiero poner un camino de cempasúchil enorme con velas y papeles de muchos colores. Tener música que te acompañe por todo el camino. Podemos empezar con Frank Sinatra, seguir con Miles Davis, echarnos unas de Eugenia León. Mientras vienes caminando, podemos ir saltando las líneas y dando vueltas como lo hacíamos cuando era chiquita. Cuando entres a la casa, habrá muchas flores de todos los colores y rosas también. De premio por hacer el viaje, una mesa bella con no solo un platillo, sino muchos muchos. Seguro has extrañado más de una cosa y la verdad es que me cuesta trabajo elegir con cuál te convencería de venir. Conchas de vainilla, helado de chocolate, mangos hasta que te canses y muchas fotos de nosotros en Navidad, de paseo en el museo, abrazando a Narán y a Maia. Tus libros de poesía, tus recortes del periódico y después nos sentamos a platicar con un café. Podemos hablar de lo que ha pasado en el país, de lo que hemos hecho este año y de cómo te hemos extrañado tanto. Si te quedas otro ratito, te toca doble ración de helado, solo porque es un día especial y, por esta ocasión, te perdono la ensalada (pero no le digas a Bita). Cuando llegue el momento de que te vayas, nos damos un abrazo fuerte, fuerte, un beso grande y ahora yo soy la que te va a a preguntar a ti. ¿Cuándo vienes? 

Yo también quiero creer que puedo volver a tener un ratito. Quiero creer que viene y nos ve, que sonríe y se come sus conchas muy contento. Tal vez todo esto no es más que nosotros los humanos tratando de seguir adelante. Dándole al alma un respiro de extrañar tanto todos los días.

Porque nunca se van del todo, nunca olvidamos. La gente se queda siempre, los recuerdas siempre, duele siempre. Este es el día de darle rienda suelta al amor y a la memoria, a los buenos ratos. Es el día de hablarle a mis hijos de mi abuelo. De recordar cómo vivía, cómo y cuánto nos amaba, de llorarlo otra vez, de sonreír y agradecer.

Ojalá que vengas, abuelo. Te voy a estar esperando. Te voy a esperar siempre.

Ana E.B.

La primera vuelta al sol

Los primeros humanos que contaron los años no sabían nada acerca de un planeta redondo girando a toda velocidad alrededor de una estrella. Sabían que había cuatro estaciones, que se sucedían una y otra vez, siempre en el mismo orden. Este conocimiento era muy útil para la agricultura y también para comprender más sobre la naturaleza de nuestra realidad: una aparentemente interminable sucesión de ciclos. 

Es por eso, querida Maia, que los ciclos son tan importantes para nosotros. Los contamos, los anunciamos, los celebramos. Sobre todo, nos toca vivirlos. Y, al hacerlo, aprendemos acerca de la unión entre un final y un nuevo principio, aprendemos sobre los tiempos naturales de cocción de la vida y también aprendemos que estar vivo es dejar ir, una y otra vez. 

Lo que sí es que hay algo muy especial acerca de los ciclos y ese ritmo que comunican. A mí me encanta pensar en cómo se manifiesta el cambio a través de los ciclos. ¿Has notado cómo pueden cambiar las cosas en el transcurso de un año? ¿Cómo puede cambiar la vida?

La mía, por ejemplo. 

Primeras impresiones en el planeta Tierra

Chiquipulga, has venido a traer un balance más que necesario a nuestra familia. Esa energía tan liviana, ese –casi– inquebrantable buen humor y tus maneras tan naturalmente cariñosas aportan mucho más de lo que parece. Mucho más de lo que puedes imaginar. 

Poco a poco, en el transcurso de un año, has abierto nuevos espacios en mi corazón. Con ese brillito en los ojos, has iluminado recámaras de mi ser que ni siquiera estaba al tanto de que existieran. 

En un año, he aprendido que la experiencia de la paternidad puede variar enormemente de un hijo a otro. De un momento en la vida a otro. Me has enseñado a mantener los brazos abiertos a la vida, sin miedo ni expectativas. Me has enseñado a disfrutar de la zona más superficial de la playa, ahí en donde la arena es un atractivo e inagotable lodo. Ahí, en donde jugar se convierte en toda una meditación. 

Un año de conocerte. Una de las más lindas e inolvidables vueltas al sol de toda mi vida. Lo sé porque, aunque todo parece estar de cabeza y cuesta arriba, no necesito nada más que tus enormes ojos al despertar para creer, genuinamente, que todo está bien. 

Para celebrar tu primer año, recibimos a la familia y algunos amigos cercanos en la casa de tu bisabuela en Mérida. Este video es la historia de ese día en el que, como siempre, muchas cosas no salieron como las planeamos, pero en el que lo pasamos muy bien y como debe de ser en estos días: juntos. 

Nuestro primer VLOG

Felicidades, Maia. Con el tiempo, verás que estas vueltas al sol se vuelven más frenéticas y complejas. Cada ciclo traerá sus propios aprendizajes y sufrimientos, solo espero poder estar a tu lado por mucho tiempo y presenciar tu aventura. 

Mientras tanto, seguiré disfrutando de esos momentos místicos, como cuando recargas tu cabeza en mi pecho o cuando me muestras, orgullosa, ese bolo de arena mojada que has logrado amasar con tu diminuta mano. Sé que muy pronto se terminará esta etapa y por eso la estoy gozando a conciencia. Sé que el tiempo se nos escurre como esa arena lodosa entre las manos y por eso tomo fotografías mentales a cada rato. La primera vuelta al sol ya se nos fue, pero me encanta saber que ahora comienza un nuevo ciclo en el que te iremos descubriendo cada vez más. 

Abraham B.R.

Una vez en un lunes de quincena

En la sociedad en la que vivimos, el día 15 del mes se recibe con mucha alegría. Es un día en el cual a muchos nos pagan, tenemos dinero y sentimos que vale la pena trabajar. Hay una quincena, en particular, que nunca olvidaré. El 15 de octubre de 2018 fue recibido en esta casa con más alegría que una quincena cualquiera. 

Ese día, tempranito en la mañana, sentí la primera contracción. A eso de las 5:00-5:30. Pasé algunas horas en negación porque 1. me moría de susto y 2. faltaba todavía una semana para la fecha oficial. En el momento, me di cuenta de que no tenía nada listo.

Acabábamos de llegar a Mérida y todavía estábamos desempacando cajas. La ropa todavía no estaba en su lugar, ni los platos, ni los libros, ni el 70% de la casa. Todo era un desastre.

Cómo iba a traer a un bebé a una casa que llevábamos cuatro días desempacando. No estaba lista ni tranquila (porque esas cosas, que antes no importaban, importan mucho cuando se trata de tu bebé). 

A eso de las 8:00, que las contracciones ya empezaron a doler en serio, me di cuenta de que no podía negarlo más. Le avisé a Abraham, que me hizo la misma cara de susto; a Narán, que no sabía ni que hacer, y a los cercanos. La abuela corrió al aeropuerto y todo se puso en marcha. 

Ropita, pañales, cobijas, pomada, maleta. Comida de perros, comida para Narán, respira, lagrimita.

Mejor nos quedamos a comer y dejamos que pase más tiempo, no vaya a ser que me dé hambre. Tratando de aferrarme unos momentos más a mí “normal”. Abrazando un poco más al que en unas horas va a dejar de ser el bebé.

Me hago a la idea, me subo al coche. Aunque llevaba nueve meses preparándome, en estos últimos momentos agarro aire y me despido de la vida como la conozco.

Vamos en el coche. Nos miramos, lágrima, respira. Una caricia por aquí, lágrima, respira. Ana: res-pi-ra. Veo a Narán por el espejo, va cantando The wheels on the bus a todo pulmón.

“Amor, vamos a ponerle Maia”. 

“¿Cómo?”

“Que se llame Maia”. 

Llegamos al hospital y, como habíamos temido, las contracciones ya son muy fuertes y el parto no parece estar avanzando. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo al acordarme de la experiencia con Narán . No sé que me da más miedo. Y es que esto de parir no es cosa fácil, de ninguna de las dos formas. ¿Qué será peor? Le damos una hora y vemos. 

Llega la abuela, llega la fotógrafa, llega la hermana. Todos listos.

Pasa la hora y se decide que llegará por cesárea. Susto. Más susto. ¿Qué se siente? De la otra no me acuerdo. Lágrimas, catéter, vendas.

Yo pienso que todavía tengo un rato. Abrazo a Narán, me encomiendan, lo abrazo y lo beso tanto. Su sonrisita de bebé siempre va a estar guardada en mi alma. “Te veo al ratito.” Me despido sabiendo que esa fue la última vez que vi a mi bebé, al regresar ya será un niñito, un hermano mayor.

Llega el doctor. “Estamos listos, vámonos.”

“¡¿Ya?!” 

Nos vamos.

Entro al quirófano. No recuerdo nada. Me explican de la anestesia, me preguntan cosas. Van, vienen, dan vueltas, no me muevo y todo sale bien.

El primer susto se acabó. Ahora solo falta que me rajen la panza. Uf. Entra Abraham, yo lloro y lloro y no puedo dejar de llorar. Los doctores hablan, yo lloro. No sé si es más el miedo, la sensación de las manos dentro de mi cuerpo o la emoción de verla al fin. En ese momento, no existe nada. Todo se mueve lento, ya están llegando, lo siento. 

3:30 y ya la vida se ve diferente. Llegaste a llenarla de luz y de harmonía. Eres balance, amor y cuidado. La más bella de las estrellas.  Grandeza, guerrera valiente. 

Gracias por elegirnos, Maia. Gracias por llegar. Gracias por este año lleno de sorpresa, de emoción. Gracias por ser lo que nos faltaba, por llegar a completar lo que somos. 

Recuerdo amar estos primeros días, llenos de abrazos y besos. Al fin conocerte y tenerte entre mis brazos. De no hacer nada más que reconocernos y saludarnos. De sentirme plena y feliz por saberte mía y saberme tu mamá. Gracias por la oportunidad. Nada en la vida se compara a tenerte y vales todos los esfuerzos, las lágrimas y la espera. Lo vales todo mi Maia. 

Feliz cumpleaños mi guerrera. 

Ana E.B.

Fotos por: Albany Álvarez, ¡chequen su Instagram!

Cuatro años en Holbox

En la isla, la vida se mide en meses. Al ser un lugar por el que pasa mucha gente, estamos acostumbrados a que todos vienen y se van por temporadas.

Nosotros hemos visto pasar a cerca de 25 empleados por el restaurante. La que más tiempo estuvo cumplió un año trabajando y para nosotros fue un lujo. Este ir y venir es común porque, como puedes leer por acá, no es tan fácil vivir en el paraíso.

Todavía hay mucha gente que no nos conoce y seguido me preguntan.

“¿Apoco vives aquí? ¿Desde hace cuánto?”

“Cuatro años”, les digo con seguridad.

“Ah, pues sí, ya llevas mucho”.

Al final de esta conversación, normalmente viene el descuento de local, la promesa de recomendar el restaurante o solo la sonrisa de hermandad. Cuatro años nos ha costado empezar a ser considerados “de aquí”.

Breve historia de una retirada

Año cero. Cuando usábamos jeans.

Bueno, pues yo solía vivir en una ciudad. La ciudad más bella del mundo —por algo la llamábamos “la Ciudad de la Esperanza”. Y ya sabes cómo son las cosas cuando vives en una ciudad. Corres para llegar temprano al trabajo, corres de regreso para que no te agarre el tráfico, corres para comer a tiempo, corres para ver a tus amigas, corres para ir al gimnasio (aunque aquí si se las debo porque yo solo fui como un mes), ves la tele un ratito o un ratote y te vas a dormir. Lo mismo. Todos los días. Años enteros de lo mismo. 

En medio de todas estas carreras, disfrutaba mucho los cafés, la oferta inagotable de experiencias diferentes, comida que nunca había probado, galerías, restaurantes, parques, cine, tiendas. Yo era una citadina perfecta. Hasta que empecé a salir de la ciudad. 

Empecé a invertir días, semanas en el rancho. Sin tele, sin luz, sin internet. Viendo las plantas, nadando en cenotes, yendo a la playa, viendo las estrellas, manejando con los vidrios abajo, sintiéndome rara. ¿Qué era eso que sentía?

Volver a la ciudad empezó a ser cada vez más difícil. El gris, las carreras, el frío, la falta de estrellas, de aire y de tranquilidad me empezaron a pesar. 

Sentí que se me iba la vida corriendo, que no hacía nada más que ir y venir. Que no disfrutaba las cosas. Me dio pavor sentir que así iba a ser siempre, que me iba a despertar en veinte años y me iba a dar cuenta de que no había hecho nada más que transportarme por la ciudad. 

De pronto, me imaginé teniendo una familia, teniendo hijos en ese desastre. ¿Eso quería para ellos? ¿Eso quería para el resto de mi vida? ¿Esforzarme mucho para poder salir de ahí una o dos veces al año? 

Nos fuimos. Lo decidimos un invierno y para septiembre ya estábamos en Mérida. En octubre habíamos llegado a vivir a una isla. Y la vida, de repente, se hizo len-ta

Un lugar que sana

Año uno. Lo asoleado, nadie te lo quita.

Recuerdo esos primero días como una mezcla de felicidad extrema con emoción absoluta. ¡Realmente estábamos aquí, vivíamos en el paraíso!

Día uno. Despertar, ir a la playa, ir a limpiar el restaurante, comer, ir al atardecer a la playa, caminar de regreso a la casa mientras veíamos las estrellas, llegar a la casa, dormir. 

Día dos. Desayunar, ir a la playa, ir a limpiar el restaurante, comer, ir al atardecer a la playa, comer un helado, caminar de regreso a la casa por la playa mientras veíamos las estrellas, llegar a la casa, dormir. 

Día tres. ¿Les conté que no teníamos celular? Nope. No celular. A la fecha, la única compañía celular que funciona en la isla es Telcel. Yo venía con un recién contratado plan de otra compañía con muuuuchos minutos y muuuuchos megas para no extrañar y no me sirvió para na.da. Cuando llegamos a la isla, nos topamos con el notición de que tampoco había nuevas líneas de Telmex disponibles. No había ninguna de las miles de compañías que ofrecen el servicio en la civilización . Solo había alguien que tenía una antena y un repetidor que proporcionaba internet. Bueno, pues la antena dejó de funcionar dos días antes de que llegáramos. Tampoco teníamos tele. No conocíamos a nadie. Solo nos teníamos a nosotros. Literal.

Por una o dos horas al día teníamos internet y en ese tiempo hacíamos todo. Informar a la familia que seguíamos vivos, que bebé estaba bien, subíamos fotos, checábamos las redes, veíamos videos, Netflix, dábamos un like por aquí, otro por allá y ya. 

El resto del día, había de dos sopas: o hablábamos entre nosotros o pensábamos cosas. Esos días fueron nuestros primeros días como seres libres. Libres de la influencia de los medios, libres del consumismo, libres de quienes habíamos sido, de quienes debíamos ser. Fuimos libres para decir y hacer lo que realmente sentíamos. Libres para decidir lo que quisimos, como quisimos. Libres para sentir y cuestionarnos. Libres para conocernos en todo lo que somos. Libres para decidir que queríamos amarnos y queríamos estar juntos. 

Año dos. Cansados pero felices.

Al no tener distracciones, no nos quedó de otra más que vernos a los ojos. No nos quedó de otra más que mirarnos bien en el espejo y empezar a sanar lo que traíamos. Para mí, está isla es un lugar que sana. Te lleva en su manera mágica de ser a dejar de engañarte y enfrentar tus problemas, enfrentar a tus gigantes y sanar. 

Llegó mi hermana, llegó Narán, llegó NÁAY, llegó Maia. La razón por la que nos han llegado tantas cosas es porque no nos quedó de otra más que dejar de escondernos, agarrarnos de la mano y echarle ganas. La vida no ha sido perfecta, cabe mencionar que hemos sufrido mucho. Estos cuatro años hemos crecido lo que no crecimos en veintitantos. Pero aun el sufrimiento ha sido algo nuestro. Nos ha ayudado a poner las cosas en perspectiva, a saber que nada es para siempre. A valorar y soñar. 

Aquí empezamos a soñar con días tranquilos y tardes de sonrisas. Aquí entendimos la importancia de los seguros de gastos médicos, del ahorro, de los oficios. Aquí  nos hicimos pareja y después familia. Aquí emprendimos, aquí lloramos juntos, aquí hemos podido empezar a ser quienes queremos ser. Aquí hemos entendido que la vida no es nada más que cambio permanente. 

Esta isla de arena blanca, con su magia, nos llevó a entender que si quieres ser feliz debes de poder verte como eres y ver a las personas junto a ti como son. Debes ver el alma como es, sin distracciones. Debes poder pensar, alejarte de las cosas y agradecer el ahora. Debes poder valorar lo que te rodea. 

Año tres. Preñados de ilusión. Y también literalmente.

Agradezco los atardeceres de colores, mis pies descalzos en la arena fresca, las conchitas, los pelícanos que hacen gritar a mi hijo de felicidad, el mar y su sonido reparador, el sol, la sombra, las estrellas. Agradezco por Abraham, por mis hijos y mis perros. Por el baile, las sonrisas, las caminatas. Por las visitas, las cenas, las risas. Agradezco por el llanto, el crecimiento, la angustia y la desesperanza. Agradezco la vida simple. Agradezco el tiempo que he pasado contemplando y siendo consciente de que amo y soy amada. Agradezco que no tuve donde esconderme. Agradezco que me vi obligada a perdonarme, a amarme y a crecer. Agradezco que no sé ni cómo ni cuándo, pero terminamos aquí.

Gracias Holbox. 

PD: Les dejamos un lindo videito de nuestros días en Holbox. Si les gusta, denle like y suscríbanse a nuestro canal de YouTube que pronto estaremos subiendo más contenido por ahí.

Ana E.B.

Dejar los sueños en visto

El fenómeno de dejar en visto es ya un clásico cultural de nuestra era. Por algo, las apps de mensajería han incluido una opción para evitar que el remitente sepa si su mensaje ha sido leído o no. 

Seguramente has dejado más de un mensaje en visto. Tal vez el recordatorio de una deuda que no puedes pagar aún. Quizá la invitación a una cita a la cual no quieres asistir. A veces, postergas la respuesta porque en el momento no la tienes o porque hay algo más que hacer. “Mañana lo contesto”. Otras tantas, no respondes por temor a adquirir un compromiso. ¿Te suena? 

El tema es que hay mensajes que nunca se contestan. Mensajes que se quedan en visto para siempre. Normalmente, se trata de los mensajes que nos generan cierta ansiedad. Hay un problema con esto: entre más tiempo pasan ahí, ignorados, más crece esa ansiedad. ¿Es demasiado tarde para contestar? ¿Aún valdrá la pena? ¿Qué pasa cuando vea en persona a quien lo envió y cómo mirarle a los ojos? Parálisis total. 

Algo así me pasa con los sueños. 

De un tiempo a acá, he notado que tengo acumulados muchos sueños que he dejado en visto. Tanto aquellos espontáneos, que llegan como una chispa de inspiración, como esos sueños profundos que han estado ahí siempre. Cuando deslizo mi pulgar por la pantalla de mis sueños, la famosa ansiedad comienza a invadirme. Un par de palomitas tras otro. Cero respuestas.

Desde luego, todos los seres humanos somos enterrados junto con sueños que nunca se cumplieron. Sería imposible realizar cada una de las ocurrencias y fantasías que germinan en nuestra mente. Pero una cosa es tener algunos sueños olvidados y otra muy distinta es ignorar la gran mayoría de ellos. 

Y es que a mí el solo hecho de tener sueños ya me genera una cierta ansiedad. Estoy consciente de que se trata de las secuelas de un estrés post traumático que no he logrado sacudirme. Hablo de un fantasma que me persigue como una sombra. La historia de mi vida,. Una que no me gusta mucho contar. 

Prohibido soñar

Miren esta cara. El rostro de la inocencia y la esperanza. 

Rumbo a Mali, en África occidental

En ese mismo viaje, durante el cual pretendía filmar mi primera serie web documental, rompí mi cámara en un absurdo descuido. Un extraordinario desliz al otro lado del mundo.

Un par de años después, tiré un disco duro que contenía mi primer largometraje y otros dos prometedores proyectos —desde luego, no tenía respaldo del material. Todo se perdió. Hasta la fecha, me cuesta interactuar con cualquiera de las personas involucradas en estos proyectos.

Dos años más tarde: durante el rodaje de un emocionante proyecto, una cámara nuevecita se estropea por una imprudencia técnica. 100% mi responsabilidad. No podía creer que lo hubiera hecho otra vez.

En algún punto de este camino, perdí la confianza en mí mismo. Y, en ese proceso, dejé de permitirme soñar. Desde entonces, cuando un sueño aparece en mi pantalla, ansiosamente lo dejo en visto. Porque es más fácil hacer como que no están ahí que intentar recuperar la confianza necesaria para realizarlos. 

Pero esto, desde luego, es insostenible. No puedo evitar encontrar esos mensajes en visto todos los días, acumulándose uno tras otro. Lentamente, he llegado a la conclusión de que prefiero dar pasos, por pequeños que sean, que ignorar los mensajes para siempre. Porque sé que un día, cuando sea viejo, me toparé con un espejo. Y tendré que mirarme a los ojos. Y no podré con la culpabilidad de haber dejado todos mis sueños en visto

Un pie tras otro pie, sin correr, paso a paso

Este blog, de hecho, es uno de esos pasos pequeños. No es perfecto, no luce como yo quisiera, ni tiene todo lo que me gustaría, pero es algo. Es un paso hacia cumplir un sueño y es mucho mejor que la parálisis total. 

¿Cuántos sueños has dejado en visto? Y, ¿hasta cuándo quieres dejarlos así? ¿Cuánta ansiedad más estás dispuest@ a acumular?

Nadie más que tú puede responder a estas preguntas, pero toma como referencia lo siguiente: así haya pasado un día, un mes o un año, responder un mensaje ignorado siempre va a quitar un peso enorme de tu espalda. Tal vez no salga nada de ello, tal vez sí. Lo importante será que no quedó en ti. 

Abraham B.R.

La mejor razón para hacer homeschool

Casi cada vez que le he comentado a alguien que queremos educar a nuestros hijos en casa, ha pasado lo mismo. La gente, despacio, hace los ojos grandes y me mira con cara de que estoy loca. Algunos lo disimulan y otros no tanto. Creo que pudiera contar con los dedos de mis manos a las personas que no se pusieron nerviosas ante la idea. Tan es así que he llegado a preguntarme si realmente estoy loca por querer educar a mis hijos en casa.

Las preocupaciones que muestra la gente son varias, verán:

  • Los niños ne.ce.sitan socializar, ¿acaso quiero que mis hijos sean ñoños que no pueden convivir?
  • ¿Estoy realmente capacitada para hacerme cargo académicamente de mis hijos? 
  • ¿Cómo les voy a enseñar? ¿Hay algún método comprobado? ¿Qué currículum voy a utilizar?
  • Yo ne.ce.sito descansar de mis hijos, necesito mi espacio. 
  • En serio, ne.ce.sitas dejarle a tus hijos a alguien más, deshacerte de ellos cuando menos un ratito. 
  • ¿No se cansarán ellos de ti? Convivir con los papas todo el día está cañón.
  • ¿QUÉ LES VAS A ENSEÑAR?
  • Y mi favorita: Ana, ¡¿y la SEP?!

Estos puntos son temas que seguro tocaré en algún momento, cada uno es digno de una tesis, pero esta vez quiero hablar de otra cosa.

Nuestro pequeño lector

La realidad es que llevamos educando a Narán en casa desde que nació. En casa ha aprendido a contar del 1 al 100 en inglés, los colores en inglés y español, los días de la semana, los meses del año, las estaciones. Sabe todas las letras, puede leer y escribir (con letras de imán), entiende perfecto instrucciones y conversaciones en inglés. 

Ahora, no teman amigos. No he maltratado a mi hijo para que se aprenda todas esas cosas. Hasta hace una semana, nunca le habíamos puesto un horario para el aprendizaje, nunca lo hemos puesto a repetir cosas como loco, nunca hemos usado una estructura de “escuela”. 

He llegado a la conclusión de que eso hacemos los papás: educamos a nuestros hijos en casa. Todos lo hacemos. Los niños llegan a la escuela sabiendo cosas. Saben algunos colores, las reglas de la casa, saben hablar, canciones, incluso algunas palabras en inglés. 

La educación en casa no es algo a lo que haya que tenerle miedo porque todos lo hacemos. 

Educación 24/7

Abraham y yo hemos hablado de eso muchas veces. Nosotros no decidimos educar a nuestros hijos en casa hace tres meses que, en teoría,
debíamos inscribir a Narán en el kinder y nos enfrentamos a la falta de opciones en la isla. 

Lo decidimos desde que llegamos a vivir aquí. Fue parte de las cosas que aceptamos desde el inicio. Lo decidimos desde que nació y eso marcó muchas cosas. La palabra clave para mí en todo esto es: intención.

Nosotros hemos sido intencionales con lo que le hemos enseñado. Siempre ha habido una intención en todo lo que le decimos y en cómo se lo decimos. 

Desde que era muy chiquito, hablamos de las cosas que nos gustaría enseñarle, las cosas que no. Hablamos de nuestras infancias, de lo que aprendimos, lo que nos hubiera gustado aprender, lo que nos gustaría repetir, lo que no. Nos pusimos a leer. Mucho. Nos pusimos de acuerdo.

Obviamente me ayudó mucho la experiencia de ser maestra de primaria. Experimentar con hijos ajenos fue muy útil para saber cómo empezar y qué cosas era importante que supiera. A entender cómo funciona la mente de un niño.

El aprendiz

Una vez que decidimos que queríamos enseñarle, empezamos a hacerlo todos los días con responsabilidad, tomándolo como una misión. La misión de nuestras vidas. Una vez que entiendimos que la educación de nuestro hijo es nuestra responsabilidad fue más fácil empezar a actuar como sus maestros. Empezamos a encontrar las maneras y los espacios.

Empezamos a ver el regreso a casa en la bici como el momento perfecto para cantar los meses del año. Empezamos a ver la arena como el lienzo perfecto para practicar las letras, una puerta en el negocio como el pizarrón ideal para pegar las letras de imán (gracias tía Pau). Las canciones como oportunidades para mejorar la pronunciación. Brincar en las olas tiene el ritmo perfecto para contar, recoger conchitas como un excelente ejercicio de motricidad. Etcétera.

Tesoros que recogemos en la playa

Una vez que nos vimos como los maestros, el mundo se abrió para Narán. Nosotros abrimos esa puerta desde que nos lo entregaron y lo recibimos con besos, abrazos y el famoso contacto piel a piel.  Quién mejor que nosotros, que lo amamos como nadie nunca jamás lo va a hacer. 

No importa que lo llevemos a la escuela, no importa si está en casa. Nosotros somos los responsables y los afortunados de enseñarle de qué se trata el mundo. ¡Qué experiencia!

Coloreando la tarde

Tal vez por eso no estamos espantados. Sabemos que hay cosas que resolver y muchas cosas que hacer. Sabemos que podemos hacerlo, después de todo, ya llevamos cuatro años de experiencia en “Naranes” y estamos dispuestos a aprender, a ponernos de acuerdo. Como lo dije en el primer post, nadie lo ama como nosotros, nadie está dispuesto a más que nosotros. El título de “papás de Narán” es para nosotros todo el papel que necesitamos para hacer esto y hacerlo bien. Y aunque seguro nada será ni tan fácil ni tan perfecto como lo imaginamos, la motivación sí es la más importante que hemos tenido. Es, de hecho, la mejor razón para hacer homeschool.

– Ana E.B.

El niñito de la bici

A estas alturas, ya estamos acostumbrados a las miradas de asombro y ternura que arranca nuestro pequeño torbellino mientras zigzaguea a toda velocidad por las calles del pueblo. Desde hace un año y medio, mi hijo Narán y su bicicleta de balance son como una unidad. Hay niños que no salen a la calle sin su muñeca, otros sin su balón, algunos sin su figura de acción favorita. Bueno, pues él no sale sin su bike.

Las bicicletas de balance, conocidas en inglés como balance bikes o strider bikes, son pequeñas bicis sin pedales que los niños ruedan impulsándose con los pies, como si se tratara de una patineta o un patín del diablo. Es, digamos, una bici como la que hubieran usado los Picapiedra.

Esta es la historia de cómo la famosa bike se convirtió, no solo en el juguete favorito de Narán, sino en toda una faceta de su vida y en un valioso vehículo para el aprendizaje.

La historia de la bike

Rodando por el pueblo, atuendo completo

La bici llegó a la casa como un regalo. De hecho, fue el primer regalo de Navidad que Narán recibió en su vida, de parte del tío Charly. Cuando la vi, me pareció genial, pero no le presté demasiada atención. Nunca había visto una strider bike antes y, en todo caso, no era algo que el pequeño de un año fuera a usar en ese momento.

El tiempo pasó, todo un año y un poco más. Un buen día, por alguna razón, a Narán le llamó la atención. Llevaba un tiempo arrumbada en una esquina de la casa y él comenzó a tomarla y a rodarla sin subirse.

Luego, se animó a sacarla a la calle. Como todavía no alcanzaba a pisar sentado en ella, solo podía llevarla de un lado al otro, agarrándola del manubrio. Entre más lo pienso, me doy cuenta de que aquello había sido amor a primera vista.

Unas par de meses después, por fin pudo, a duras penas y de puntillas, subirse a ella. Iba muy despacio y con mucho cuidado, pero no salía de la casa sin ella.

Transcurrieron las semanas y Narán fue dominando el arte y la ciencia de la strider. Sobre todo, fue encontrando el gozo de rodarla. Primero fueron las rampas en la banqueta. Después, las bajadas de escalón. Poco a poco, descubrió que si tomaba vuelo, podía levantar sus pies y disfrutar el viaje.

A partir de ahí, el niño y su bici se volvieron inseparables. Para fortuna nuestra, Narán encontró en ella un vehículo para experimentar con su cuerpo y su fuerza, una necesidad primordial de nuestro pequeño. La strider se convirtió en un cauce para que el río de su libertad pudiera fluir. Nosotros encantados ya que, encima de todo, los traslados con él se volvieron más rápidos.

Con la práctica diaria, llegó la habilidad. Giros a toda velocidad, esquivar obstáculos, precisión en el manejo del volante, saltos de mayor altura.

De pronto, algo sucedió. Algo que a la fecha me parece un pequeño milagro. Narán comenzó a hacer sus propios trucos —sin que nadie le enseñara, sin que lo viera en un video. Al tomar un poco de vuelo, apoyó sus pies en los estribos y se puso de pie con la bici en movimiento. Luego, intentó tomar vuelo y recostarse hacia adelante con las piernas al aire. Manejar solo con una mano, con la otra, sin manos. Todos estos trucos salieron de su alma, como una expresión pura de su alegría y su creatividad.

Hoy la gente de la isla lo reconoce como “el niñito de la bici” y los turistas suelen sorprenderse cuando lo ven subir, bajar, saltar, girar, frenar y rodar a buena velocidad. Rara vez sale de la casa sin ella, algo que solo puede ser posible en un lugar como éste, lejos del peligro de las avenidas transitadas. Me siento afortunado de poder rodar junto a él en el día a día y movernos de un lado al otro mientras compartimos la experiencia de la bici. No solo es conveniente, es muy divertido.

Aprendizaje sobre ruedas

Atardeceres sobre ruedas

Hace un tiempo, identificamos que el estilo de aprendizaje predominante en Narán es el kinestésico —es decir, tiene que estar haciendo algo o moviéndose mientras aprende. Ana se dio cuenta de que, mientras rodaba en su bike, él lograba memorizar fácilmente y más rápido cualquier cosa, en comparación a las veces que lo intentaba estando en la casa. Así fue como le enseñó los meses del año y las estaciones. También así es como se ha aprendido la letra de varias canciones. Los paseos en la bici, entonces, se han convertido también en una poderosa herramienta para enseñar cosas nuevas.

Desde luego, no son solo palabras y melodías lo que él aprende mientras rueda. Constantemente está aprendiendo acerca de física, al experimentar con su propio cuerpo, la fuerza, la velocidad. También de matemáticas, cuando pregunta el número de cuadras que faltan para llegar y las va contando mientras avanza. Aprende acerca de cosas como el clima, el ciclo del agua y prácticamente cualquier cosa que surja de su cabecita en la forma de miles de preguntas que va haciendo durante el recorrido.

Él no es el único que ha aprendido un montón gracias a la bici. A mí, por ejemplo, me ha enseñado el poder de la práctica diaria. Haz algo todos los días, aunque sea un rato. Cuando lo hagas, sé curioso y siempre intenta cosas nuevas. Ve dominando nuevos aspectos de esa actividad que realizas. Después de un tiempo, te sorprenderá lo mucho que has avanzado.

Rodar a temprana edad

Cuando algo te pone realmente contento

Andar en bici es una de las mejores partes de la experiencia humana. Además de divertido, también es una de esas pocas actividades que es tan buena para el cuerpo como para la mente.

Sabemos, desde hace mucho tiempo, que andar en bici genera la liberación de pequeñas cantidades de dopamina, la misma sustancia que nuestro cerebro segrega al comer, tener sexo, escuchar música que nos gusta y cualquier actividad que nos produzca placer. De hecho, cuando hablamos de placer, en realidad estamos hablando de dopamina. Sumado a la liberación de endorfinas por la actividad física, podría decirse que andar en bici es un coctel para la felicidad.

Encima, también sabemos que rodar ayuda a reducir el estrés, fortalecer la memoria y prevenir el deterioro cognitivo, al favorecer la producción de nuevas neuronas. En resumen, es una de las mejores actividades que puedes fomentar en tus hijos y creo que las bicis de balance son una gran opción para iniciarlos desde muy temprana edad.

Una de las muchas ventajas de la strider es que los niños pueden aprender a mantener el balance en dos ruedas, eliminando por completo la necesidad de entrenar con una bici “de rueditas”. Cuando finalmente crezca demasiado para el nivel más alto del asiento (ya está en el penúltimo), Narán podrá hacer la transición a una bicicleta de pedales de dos llantas, sin ningún problema.

El niño y su bici

Si tienen hijos, sobrinos o nietos que estén entre los dos y los cuatro años, una strider es uno de los mejores regalos que les pueden hacer. Esta es la que tiene Narán, pero hay muchas marcas y modelos en el mercado. No soy experto en bicicletas de balance pero puedo recomendar ampliamente el modelo de Chillafish que usa mi hijo.

Tal vez nunca se nos hubiera ocurrido regalarle a Narán su bike. Ahora, es difícil imaginar toda esta temporada de nuestra vida sin ella. Hay algo muy especial acerca de rodar, de impulsarte con tu fuerza y de sentir el aire en la cara y en el pelo y de surcar el camino con las manos en el manubrio. Nosotros hemos descubierto que es posible compartir esta experiencia con los niños desde muy temprana edad, mucho antes de lo que hubiéramos imaginado.

Dejo una crónica visual del niño y su bici a través del tiempo. Te inspirará para comenzar a practicar algo todos los días.

Una historia visual de la bike

Bienvenido al homeschool

Hace varios años, en mi último año de prepa,  me ofrecieron un trabajo como miss de kinder. Me pareció una situación ganar-ganar, ya que yo podía trabajar por la mañana y estudiar en la tarde, la escuela tenía una maestra de bajo costo y yo tenía algo de dinero. Como es costumbre cuando se es joven, no lo pensé, solo acepté el trabajo.

El año estuvo lleno de cosas lindas. Solo tenía dos alumnas y lo pasamos bien. Recuerdo perfecto estar sentada en la sillita roja, el codo en la mesa, la cara recargada en mi mano, viendo a una de ellas mientras me decía las letras. De la nada, sin yo esperarlo, volteó a verme con un brillito en los ojos. “L. A. ¿LA? ¿Dice LA miss?” Así de fácil se encendió el engrane. Me sacó de onda por completo, no lo estaba esperando. Entendí que estaba presenciando un milagro: nada menos que el mundo, abriéndose en ese momento para esa niña.

Recuerdo pensar “¿Quién soy yo para merecer esto? ¿Cómo sus papás no estaban aquí? ¿Cómo me regalaron esto a mí?“. Ese momento fue el que terminó por encauzarme en una licenciatura en educación y una carrera de doce años como miss de primaria. Durante todos estos años, siempre tuve muy claro que, cuando yo tuviera hijos, no quería perderme eso. ¿Cuántos momentos más había como ese? ¿Qué otras cosas podía yo enseñarles? ¿Cómo lo haría? Tengo unos seis boards en Pinterest llenos de cosas para escuela y para niños. Secretamente, eran para los míos, cuando los tuviera. Me imaginaba haciendo esas cosas con mis hijitos en mi casa. Siempre quise tener hijos, siempre quise que el papá de mis hijos estuviera súper involucrado en sus vidas, siempre quise educar a mis hijos en casa. 

Sueños que se van haciendo realidad

Quiero ver cómo funciona su cerebro, quiero verlos cuando descubran cosas, cuando se maravillen por todo lo que hay para aprender. Quiero enseñarles las cosas que me apasionan, la poesía, el arte, las fracciones y la historia. Quiero aprender con ellos las cosas que yo me pasé en blanco en la escuela (varios años, en varias materias, pero eso es tema para otro día). 

Al fin llegó el tiempo. Este martes empezamos la escuelita con Narán y debo decir que no soy ninguna experta en homeschool. No soy experta en desarrollo, ni en currículum, pero hay una cosa que creo por sobre todas las cosas. Nadie ama a ese niño como lo amamos su papá y yo, a nadie le interesa más que a nosotros lo que el aprenda y cómo se desarrolle. Ya les iremos contando cómo sale el asunto. Bienvenido al homeschool Narán, te he estado esperando.

❤
Bienvenido al aprendizaje, hijito