La razón para hacer homeschool, pt. 2

Bueno, pues después del post todo emocional que me aventé la vez pasada y después de algunos meses del tan esperado homeschool, vengo con la segunda parte. 

Nunca he llevado a Narán a la escuela ni a la guardería. Esto lo digo para que sepan que estoy acostumbrada a estar con el 24/7. Lo más que nos hemos separado en su vida fueron dos días y, francamente, lo pasamos muy mal los dos. Después de haber aclarado esto, quiero decir que esto del homeschool no es fácil. Una cosa es jugar muy lindo con tus hijitos todo el día o ponerlos a ver la tele y otra muy diferente es entrarle a la disciplina y a los saberes. 

No puedo hacerme pato con que el niño no se aprenda esto o lo otro y no tengo a nadie a quien echarle la culpa de las cosas que él no domina. No puedo ir a una junta a exigir que le encuentren la manera porque, claramente, mi angelito no es la bronca. La bronca, por supuesto, es la miss. Y aquí, pues, la miss soy yo. 

He tenido que aprender cómo pedir las cosas, a qué hora, a leer las señales de la siesta, a saber cuándo puede un poquito más y, si no sale como lo tenía planeado, a desbaratar todo y encontrar otra manera. 

Les comento todo esto porque quiero hablar de las razones. 

Cuando las cosas se ponen difíciles, es esencial que tengas muy presente cuál es la razón por la que estás, voluntariamente, entrándole a esto. Cuando los días van bien, todo es hermoso y perfecto, pero cuando no son tan buenos es cuando necesitas tener claro por qué lo haces y repetirlo para ti misma las veces que sea necesario. 

Razones posibles hay muchas y me ha tocado escuchar de todo. Desde las razones religiosas hasta las necesidades especiales que no pueden ser atendidas como nos gustaría en una escuela tradicional. La verdad es que las razones son 100% personales. 

Esta es la pequeña lista de razones que nosotros tenemos para educar a nuestros hijos en casa. 

1. Capacidad del sistema educativo

Mis hijos son niños salvajes. Desde chiquitos, les hemos facilitado el descubrimiento y (muchas veces sin querer) la aventura. Narán aprende haciendo las cosas. Varias veces al día me he encontrado tratando de explicarle cosas para que él termine rompiendo,  ensuciando o arruinando algo porque le cuesta trabajo escuchar. No es que sea rebelde, es que ese no es su estilo de aprendizaje. Él trabaja sentado, parado, acostado, bailando, etc. y es porque necesita moverse. Si mi hijo estuviera en un salón de clases tradicional, ni él ni yo saldríamos de la dirección, lo he visto pasar muchas veces. Me niego a que mi hijo crezca pensando que es “malo” o “tonto” o que “eso de aprender no se le da”. 

2. Encuentro con la naturaleza 

En estos tiempos de tecnología, Abraham y yo creemos que la conexión con la naturaleza es algo sumamente importante. No importa qué tanto conocimiento tengas de las cosas si no sabes de dónde viene tu comida, si no sabes cuidar a un ser vivo y saberte parte de ese ciclo. Vivimos en un mundo repleto de misterios y de belleza. Es inexcusable no interesarse y no cuidarlo. Me gustaría decir que estos valores son centrales en la educación tradicional, pero no es así. 

3. Más tiempo juntos

Los hijos están contigo solo una parte de su vida. Solo unos añitos. Para mí es súper importante y súper bello pensar en todas las cosas que pasamos juntos. Todo lo que vemos, lo que nos conocemos, los juegos, las risas que salen de la nada, las comidas, las horas de lectura. Disfruto la vida con mis hijos y disfruto pensar que estoy construyendo relaciones sólidas para toda la vida. Una vida de historias y de experiencias. 

Velo de esta forma. Si tus hijos entran a la escuela a los tres años, para cuando se gradúen de la prepa habrán pasado aproximadamente 19,500 horas separados de ti. Casi un cuarto del tiempo total que estarán contigo, ya quitando las horas de sueño. 

4. Amor por el aprendizaje

Yo no sé ustedes, pero a mí me chocaba la escuela. Me chocaba estudiar, me chocaba la tarea, me chocaba todo. Nunca he sido tonta y nunca se me ha complicado el estudio. Aún así, me pasé varios años reprobando como campeona, porque me.va.lí.a. Hay muchas cosas que he aprendido a destiempo porque me interesó investigarlas y porque le encuentro valor a saber y a aprender. Queremos que nuestros hijos crezcan con ese sentimiento, queremos que les guste agarrar un libro, abrir el internet y entender cómo pasan las cosas y por qué.

5. La responsabilidad del aprendizaje 

Creo que uno de los aprendizajes más importantes en nuestra época es el de saber que tienes el conocimiento de todo el mundo a tu disposición y que lo que sabes o no sabes no es responsabilidad de nadie más que tuya. Hacer las cosas y hacerlas bien no depende de que alguien te esté correteando ni presionando. Es responsabilidad y privilegio tuyo, ¡el cielo es el límite! 

6. El aprendizaje va más allá de memorizar

Ser exitoso en la vida no depende solamente de que saques 10 en todo. Ser exitoso es tener tu vida en orden. Entender que eres parte de todo y que somos interdependientes. Lavar tu ropa, acomodar tus platos, comer bien, ser amable, meditar, hacer ejercicio, planchar, leer, pintar, cuidar a tus hermanos, recoger flores por la tarde, ir a escuchar el mar. Todo es necesario para ser una persona plena que aporta al mundo. Nosotros tenemos el enorme privilegio de que la casa es el lugar en donde se aprende todo lo que consideramos que es importante para la vida, las letras y los números son solo una parte del día a día. 

7. Libertad

El papá y la mamá de mis hijos son dos seres que anhelan libertad. Libertad de pensamiento, de movimiento, de residencia. En nuestros sueños nos movemos por diferentes lugares haciendo diferentes cosas. Nada de esto es posible si nuestros hijos tienen que cumplir con ciertos días de escuela para que puedan pasar de año. 

Si solo lees lo que dice tu libro, ¿qué pasa con lo demás que te interesa? Si solo lees una perspectiva de cómo son las cosas, ¿tienes libertad para emitir una opinión, para escoger? Ahí se los dejo de tarea…

No puedo quejarme de mi experiencia, estos meses han sido muy lindos, ha sido lo que esperaba. Ahora, no esperaba que fuera fácil.

Esos días en los que a las 10 de la noche siento que me aplastó un camión, hago un recuento de las cosas buenas y, sobre todo, hago un recuento de las razones por las que hemos elegido este camino. Me animo, me duermo y al día siguiente lo volvemos a hacer. Si estás en esto, seguro sabes de qué estoy hablando. 

Si de verdad quieres entrarle al homeschool, te recomiendo que primero hagas una lista de los porqués, ¡eso es lo más importante!

Querido Narán: una postal desde la pandemia

Querido Narán,

siento que te escribo desde una dimensión completamente diferente a la que habitábamos cuando hice la primera carta. Una realidad paralela. El mundo, hijo, dio un giro dramático en estos dos meses, cual película de M. Night Shyamalan. De hecho, así se siente ahora la realidad: como una película. 

Me imagino que conoces los detalles de la pandemia del COVID-19 del año 2020, pero tal vez para ti es un hecho histórico más que, aunque estabas vivo cuando sucedió, no recuerdas realmente. Algo así como la caída del Muro de Berlín para mí. Desde acá, esta situación se empieza a sentir como el evento más importante que nos ha tocado vivir. 

Gran parte de lo que nos tiene en shock es la velocidad a la cual se han dado las cosas. En el transcurso de un par de semanas, el coronavirus pasó de ser una noticia de algo terrible ocurriendo al otro lado del mundo a modificar casi cada aspecto de nuestras vidas. 

Las calles del pueblo, como las de tantas ciudades en el mundo, están prácticamente vacías. Acá además hay ley seca y toque de queda. El silencio estremece un poco, pero también permite que los cantos de las muchas aves con las que compartimos la isla resalten más en la mezcla, por así decirlo. Aunque el miedo y la incertidumbre ya comienzan a hacer sus estragos, seguimos mucho más tranquilos que en la mayoría de lugares, principalmente porque (hasta ahora) no hay casos confirmados y la entrada está bastante restringida. 

Lo extraordinario de este virus (o bicho, que es la palabra que usamos para explicarte) es que está trayendo al primer plano una verdad que fácilmente olvidamos: que todos estamos conectados, que somos parte de la misma cosa. Todos estamos en esto y en cierta forma se siente como un despertar. Un despertar del letargo, del modo fábrica, del individualismo. 

Simultáneamente, nos ha dado la oportunidad de mirar hacia dentro. Por algo, el confinamiento es observado como práctica espiritual por monjes, chamanes y otros ascetas. Sin las distracciones del mundo exterior, el interior brota a la superficie. La terapia es ineludible. Sumado a esto, el tiempo adicional con la familia ha traído de vuelta los juegos de mesa, las conversaciones, las historias contadas. La conexión.  

Por si fuera poco, el coronavirus también ha parado en seco a la vorágine de la economía mundial, con todo lo positivo y lo negativo que esto implica. Es cierto que se avecina una crisis como ninguna que nos haya tocado a los que estamos vivos ahora. Pero también lo es que la Tierra respira por toda la contaminación que estamos dejando de generar. No sé, tal vez todo esto sirva de ensayo para cuando tengamos que unirnos y hacer frente al cambio climático, otra cruda realidad a la vuelta de la esquina. 

Para ti, sin embargo, la vida no es que haya cambiado mucho. Sales menos de la casa, sí, pero hasta el momento en que escribo esto lo haces al menos una vez al día, cuando vamos a ver el atardecer a la playa. Ahora, con el restaurante cerrado, yo paso más tiempo con ustedes. Tu comadre Victoria ya no viene a hacer escuelita contigo, son solo tú y mamá otra vez. 

Por otro lado, tu comportamiento sí ha cambiado. He hablado muchas veces con tu madre de la forma en que te alimentas de nuestra energía, nuestro estado mental y físico, nuestros niveles en el inteligenciaemocionalómetro. Puedes percibir perfectamente el estrés, la inestabilidad, el miedo y la incertidumbre. Y todo este input empieza a afectar tu propio estado de ánimo, tu equilibrio. 

Hace un par de meses, te veíamos muy bien, de vuelta en la isla, en tu elemento, con rutinas más o menos establecidas. No por coincidencia, nosotros mismos nos sentíamos bien, disfrutando nuestros últimos tiempos por acá, más involucrados en el negocio que nunca. 

Y, de pronto, esto. Pasamos de “van a bajar mucho las ventas” a “creo que vamos a tener que cerrar el restaurante la próxima semana” y luego a “el mundo entero está parado y no sabemos bien qué va a pasar”, todo en cuestión de días. Nosotros, que teníamos planeado seguir abiertos hasta el inicio del verano, tuvimos que despedirnos del proyecto en urgencia, sin tiempo para procesarlo ni chance de llorarlo. En el horizonte, hay una crisis económica cuya dimensión es difícil de asimilar aún. Y es que nuestra familia no está precisamente preparada para eso. 

Entonces, claro, estamos preocupados y un poco tocados. Dentro de todo, tratando de mantener el buen rollo, hablando de lo que pensamos y sentimos, siendo comprensivos unos con otros. Pero la inestabilidad te ha alcanzado y no hemos tenido días fáciles en nuestra relación contigo. 

Siempre has tenido un carácter desafiante. Te gusta empujar los límites, encarar. Esa alma tan salvaje me encanta, pero a la vez me desgasta. En tiempos en los que te sientes inestable, esta parte de ti crece y parece tomar el control. Tenemos que encontrar dentro de nosotros la paciencia y la determinación para mostrarte que hay límites y tienes que respetarlos, aunque no te guste. 

Cuando veo en tu mirada la fuerza de tu enojo y frustración, no puedo negar que me siento un tanto intimidado. No por ti, sino por saber que tengo la responsabilidad de encauzar esa poderosa energía y, de alguna forma, lograr que ese halo desafiante que parece acompañarte desde la cuna no te estorbe, sino que te sirva y te funcione en la vida para lograr cosas grandes. 

Así que hijo, en medio de la pandemia, te envío mi mejor deseo: que imites, en lo bueno, al coronavirus. Que no dejes indiferente a nadie en tu paso por el mundo. Que uses esa gran voluntad y determinación para ser una fuerza transformadora de tu entorno. 

Porque el mundo que te va a tocar vivir pinta para estar repleto de retos. Retos que van a requerir personas brillantes y testarudas.

Como tú, campeón. 

Abraham B.R.

Cosas random de estos tiempos

Adiós Toy Story, lo de hoy es Paw Patrol. Desde que viste la serie en las vacaciones de diciembre, es lo único que quieres ver en los ratos de pelis. He tratado de interesarme en ella, dado que te tiene tan fascinado y a pesar de que cada episodio tiene exactamente la misma estructura. Sé que tu cachorro favorito es Skye, porque vuela, claro. También sé que te gusta Marshall, el torpe, al punto en que últimamente haces como que te resbalas y tropiezas todo el tiempo para parecerte a él. 

Comienzas a jugar con Maia, aunque por ahora solo hay un juego: tú la persigues a ella hasta que la tiras. También empiezan a “platicar”, los intercambios son breves y sencillos, pero adorables. 

Qué hacer en Holbox con niños

Algo que pasa al vivir en un lugar como Holbox es que, de pronto, todos piensan que eres guía turístico. Gente que no te ha hablado en años se pone en contacto contigo para preguntar cuál es el mejor hotel y si tú tendrás algún conocido en algún lugar que pudiera conseguir mejores precios. 

La realidad es que nosotros tenemos vidas normales en un lugar turístico. Yo siempre recomiendo los mismos cuatro hoteles a los que de hecho he entrado y los mismos restaurantes que son en los que yo como. 

Aunque no lo crean, no he hecho ninguno de los tours y tuve que esperar a que vinieran mis amigas para conocer la famosísima punta de la isla. 

El punto es que, a menos de que nos dediquemos a los tours, muchos de nosotros les quedamos a deber con las recomendaciones. La única experiencia valiosa que tengo en la isla es la de estar en ella con niños, así que ahí les va mi lista de recomendaciones de qué hacer con niños en Holbox. 

Antes de empezar, deben saber que una de las bellezas de vivir aquí es que no hay nada que hacer. No vengan esperando actividades, ludotecas, juegos ni un cine. 

Aquí nos gusta lo natural, lo tranquilo, lo sencillo. No tenemos nada más que la playa y eso ya garantiza unas vacaciones totalmente distintas. No habrá con qué distraer a tus hijos, ni donde dejarlos. Te espera un tiempo muy especial si vienes dispuesto a contemplar. 

Nosotros hemos contemplado a nuestros hijos hasta el cansancio. Su mirada, su risa, cómo corren, cómo duermen, cómo sienten el aire, cómo viven el agua. Sus mejillas tocadas por el sol, sus manitas jugando con la arena. Es el lugar perfecto para conectar con ellos. 

Teniendo eso en mente, ¡aquí va! 

1. Renta una bici y vete a pasear

Puedes rentar bicis con sillita aquí. Empieza en el centro y ve a Punta Coco. Bájense, métanse al mar o vayan hasta la otra punta. Vayan por la playa de regreso, se pone lindo. Tip extra: lleva repelente, de preferencia de la marca OFF. Sin previo aviso y, de la nada, ¡atacan los moscos!

2. Desayuno en Mandarina 

Mandarina es de nuestros lugares favoritos. La comida es deliciosa, el café tiene refill, el lugar está súper a gusto para platicar y es de los pocos que tienen frente de playa. Los niños pueden revolcarse o jugar en la arena un rato mientras los adultos los miran desde las mesas. 

3. Kayak en familia

El mar en Holbox es muy tranquilo. A menos de que haya norte, ¡casi no hay olas! Esto se presta para actividades como paddle surf y kayak, con esta última tenemos cierta experiencia. No sé si lo recomiendo para quienes llevan bebés, pero para niños de tres años en adelante puede ser muy divertido. El tiempo mínimo para rentar uno es 30 minutos, que también es más o menos el máximo que un niño pequeño te va a aguantar. Para niños de más de 6 o 7 años en adelante, podrían considerarse expediciones más largas. 

4. Lleva un bote de burbujas a la playa

Creo que este se explica solo. 

5. Camina de una punta a la otra y déjalos que corran

Si el objetivo del día es cansar a los retoños, nada como caminar del hotel Las Nubes hasta Punta Coco. Se trata de un recorrido por toda la playa habitada de la isla, aproximadamente 4 kilómetros. Para mayor agotamiento, anímalos a que se echen un sprint de vez en cuando *guiño*. 

6. Métanse al mar en la tarde 

Las playas de Holbox son muy superficiales, normalmente el agua no pasa de la rodilla en los primeros 50 metros. Osea que es como un chapoteadero gigante, por lo que es uno de los mejores destinos para disfrutar el mar con niños. El mejor momento, para mí, es en la tarde, en la hora previa al atardecer. Mientras el cielo se pinta de colores y el sol se prepara para desaparecer en el horizonte, comienza un show de magia muy especial.

Un show de magia cada día

Precaución: en invierno, esta hora no es la mejor para meterse al mar, suele estar demasiado frío, sobre todo para las bendiciones. 

7. Disfruta el silencio 

Shhhh

8. Vayan por un helado y siéntense en el muelle 

El atardecer en el muelle es el cliché, pero hay una razón: la vista del sol es una de las mejores, sin importar el momento del año (el punto exacto por el cual se pone el sol varía a lo largo de las estaciones). Para lo del helado, recomiendo Por Qué No y El Mangle Blanco (además de la ubicación en el link, tienen otro punto de venta a escasos 100 metros del muelle).

9. Haz un Q&A sentados en la playa 

Este se me ocurrió porque ya me ha pasado que termino sentada en la playa, viendo al horizonte, contestando preguntas difíciles sobre la vida, el mar, las nubes y los aviones. 

10. ¡Haz un picnic!

Ya sea que compren comida para llevar o que se preparen algo en su Airbnb, comer frente al mar es un lujo que se pueden dar en un lugar como Holbox. Eso sí, por lo que más quieran, recojan toda su basura, respeten el entorno y ¡nada de hieleras de unicel!

11. Vayan a recoger conchitas, júntenlas por colores y por estilos (¡pero luego regrésenlas!)

Si les gusta interactuar con la naturaleza, encontrarán una gran variedad de conchitas en la playa (nosotros les llamamos tesoros), que pueden recoger, organizar, hacer figuras con ellas y tomar fotos lindas. Es importante regresar las conchitas a la arena, los buenos recuerdos es lo mejor que te puedes llevar.

12. Marquesita y a jugar al parque

Por si no lo sabían, las marquesitas son el postre por excelencia en la península. Se trata de una crepa crujiente, enrollada como burrito, rellena de queso de bola (tradicionalmente) y otros ingredientes como: nutella, mermeladas, cajeta y leche condensada. Los puestos están alrededor del parque, por lo que pueden completar el plan con un rato en los juegos para niños. 

13. Visita al refugio

Una visita al Refugio de Animales de Holbox es una de las experiencias más significativas que le puedes regalar a tus pequeños. El equipo de este lugar realiza una tarea incansable de educación ambiental, servicios veterinarios, campañas de esterilización, rehabilitación de animales lastimados, entre muchas otras. Aquí, los niños pueden conocer a los animales que lo habitan (hay perros, gatos, aves y mapaches), bañarlos y sacarlos a pasear. El refugio funciona con donaciones, te animamos a que consideres aportar una. 

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Whether you’re big or small, you’ll love walking our wonderful furry friends 🐕. This is Nola from Holland with Gorgeous Güero 😍🥰😍🥰 🐶🐱🐶🐱🐶🐱🐶🐱🐶🐱🐶🐱 Seas grande o pequeño, TE ENCANTARÁ pasear con nuestros amigos peludos 🐕. Te presento a Nola, de Holanda, paseando con el Guapote de la manada, Güero 😍🥰😍🥰 @lonlonnylon ▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫ 💡You are all welcome to visit us🌼 ▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫▫ 🌺We are open from 10 am to 6 pm 🌺 📍@refugio_animal_holbox 🏝 ☎ +5219848078954 📨 moremontesb@gmail.com 🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹🔹 🐶❤ SUPPORT and help us provide more happy endings and save more street dogs. With your donations we can work miracles. ➡https://www.refugioanimalholbox.com/donaciones 💸PayPal> refugioanimalholbox@gmail.com 📣and if you’re not in Holbox, please visit an animal shelter closer to you. ✂………………………………………………………………… #holbox #holboxisland #refugioanimalholbox #refugioholbox #adoptdontshop #animalholbox #adoptionholbox #adoptadog #animalprotection #puppy #volunteer #animaldefender #protectanimals #happydog #love #doglover #catlover #animalrights #stopanimalcruelty #raccoon #animalshelter #respectnature #adoptanocompres #cancun #flightvolunteer #donate #donations #dogsofinstagram #catsofinstagram @montesbarahona

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14. Los mejores restaurantes para ir con niños

Hay algunos lugares que son muy cómodos para ir a comer o cenar con niños (¡hay muchos que no lo son!). Déjame recomendarte tres:

  1. Roots (pizzas). Este lugar es abierto y muy amplio, pero está perfectamente contenido y las mesas alejadas de la calle. Adentro hay un brincolín y ya con eso te dije todo. Por las noches hay música en vivo y el ambiente es muy agradable. 
  1. La Tapatía (jaliciense). Similar a Roots en que el espacio es amplio pero está bardeado y es seguro. Hay un set de estos clásicos con dos resbaladillas y rampa para escalar. También hay carritos y triciclos. ¡El mejor pozole de la isla!
  1. Raíces Beach Club (pescados y mariscos). Frente al mar, lejos de cualquier calle, en un espacio súper amplio y con la posibilidad de probar la pesca del día, este lugar es ideal para ir con niños. Lo mejor de todo es el atardecer, ya que hay un ritual que a los niños les suele llamar mucho la atención. Al ponerse el sol, los empleados (y, si anda por ahí, el dueño mismo) salen a tocar el caracol para despedirlo. Al finalizar, un “hombre búho” (a.k.a., un danzante al estilo de los concheros del Zócalo, maquillado y ataviado con un traje de ave) hace un pequeño espectáculo de música, danza y hasta un poco de magia.
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La danza para el atardecer ☀

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Mención honorífica: Le Jardin (pan y desayunos). Hay un área semi-cerrada para niños con juguetes y libros. Hay sillones para que los papás se sienten con ellos.

Bonus track: la bioluminiscencia 

Uno de los principales atractivos de la isla es el brillo fosforescente de los pequeños microorganismos que habitan el mar, conocido como bioluminiscencia. En temporada lluviosa (junio a noviembre), se puede observar en cualquier lugar de la playa que esté lejos del alumbrado público y siempre y cuando ese día no haya luz de luna. En otros momentos del año, puedes pedir que te lleven a ciertos puntos en donde los taxistas y los operadores de tours ya saben que se puede ver (esto puede implicar adentrarse un poco en el mar). La verdad es que es un fenómeno espectacular, que solo se puede ver en ciertos rincones del planeta y que vale mucho la pena, pero tienes que tomar en cuenta que implica meterse al mar en la noche. Como el kayak, creo que aplica para niños más grandes. 

Si vienes en plan relax, con la idea de disfrutar la naturaleza y a la familia, consciente de las limitaciones de la isla, viajar a Holbox con niños puede ser una experiencia súper linda, divertida y enriquecedora. Espero que esta guía te sirva para darte una idea de todo lo que puedes hacer con ellos. Si tienes alguna duda, escríbela en la sección de comentarios y con gusto te la contestamos. 

Ana E.B.

Cosas deliciosas que he comido en mi restaurante

Hay días, muchos, en los que me pregunto en qué momento se nos ocurrió poner restaurantes. Días en los que todo parece salir mal y cuesta trabajo pensar en buenas razones para dedicarse a esto. 

De hecho, hay todo un texto en camino que habla, justamente, de esto. Pero, por ahora —y a manera de prefacio—, quiero hablar de la otra cara de la moneda. Hablemos de los pros de tener un restaurante. 

Ahí les va una verdad. Con todo y los problemas, las angustias, las fallas y las áreas de oportunidad, nunca me había sentido tan orgulloso de ser parte de un proyecto como me siento de ser parte de NÁAY. Es un lugar en el cual genuinamente me gusta estar y comer. Me emociona la posibilidad de combinar mis ingredientes favoritos y hacer experimentos basados en la intuición. La idea de compartir nuestra comida con el mundo me ilusiona. 

El hecho de que el restaurante haya surgido como una extensión de nuestra propia versión de la comida casera, un cruce entre lo saludable y lo soul, nos ha dado la oportunidad de explorar nuestras fantasías gastronómicas. Al mismo tiempo, el proyecto ha atraído a cocineros y chefs que han aportado sus propias contribuciones, estilos y recetas. 

En cierta forma, NÁAY ha sido como un laboratorio en donde hemos podido darle vuelo a la imaginación y reinventar las ideas de comida saludable que el Internet nos ha alimentado por años. El resultado ha sido un interminable reparto de cosas deliciosas que he tenido el privilegio de comer ahí. 

Así fue como se me ocurrió el concepto para esta entrada. Hacer una compilación de las cosas más ricas que he probado en NÁAY que, a la vez, sirviera como una especie de crónica de las diferentes etapas en la historia del restaurante. Algunos de estos platillos formaron parte de menús pasados, otros son combinaciones de bowls que terminaron en creaciones sublimes, unos más son especiales de temporada, otros son lados B y pruebas que no llegaron nunca a la carta. También hay algunos platillos que aún se pueden ordenar actualmente. 

Acompáñenme a ver esta deliciosa historia. 

Tasty Green

Cuando abrimos, la idea era tener bowls de fruta por la mañana y bowls de ensalada por la tarde. Pronto nos dimos cuenta de que al menú de la mañana le hacían falta cosas calientes y saladas. Así fue como metimos dos bowls calientes hermanos: el Farmer’s Bowl y el Tasty Green. Cuatro meses después de abrir, cerramos el turno de la mañana porque no estaba funcionando. Durante todo 2018 no tuvimos desayunos, pero el Farmer’s y el Tasty sobrevivieron en el menú, aunque en horario limitado. En enero de 2019 reabrimos los desayunos con una carta aumentada y mejorada, pero en mayo de ese año tuvimos que volver a cerrar el turno y ese fue el final de uno mis platillos favoritos en la historia del local. Aunque con ciertas variaciones a lo largo del tiempo, el Tasty llevaba una base de espinaca salteada con quinoa, huevo, queso, aguacate, nueces, mezcla de semillas y pesto de albahaca. El que aparece en esta foto tenía, además, un extra de papas cambray. 

Especial del mes, febrero 2018

La historia de este bowl se remonta a un día en el que nuestro proveedor de fruta nos envió pimientos amarillos porque ya no tenía rojos. Recuerdo haber ordenado un bowl con pimiento, manzana y pollo curry, este último lo estábamos estrenando. Se veían tan bien los tres ingredientes de color amarillo que se me ocurrió el concepto para el especial del siguiente mes: un bowl completamente amarillo. El reto, claro, era que no solo se viera bonito, sino que de hecho supiera bien. Nadie en el equipo creyó mucho en el bowl cuando leyeron la lista de ingredientes, pero a mí me encantaba así que insistí. El bowl fue un hit, fue de lo más vendido ese mes e incluso lo mantuvimos hasta la mitad del mes siguiente. Esta bomba de felicidad llevaba su cama de lechuga y: pimiento amarillo, manzana golden, elote, couscous, pollo curry, queso feta, almendras y aderezo de mostaza-miel. ¡Pum!

Sándwich de falafel

¿Ubican el término “clásico instantáneo”? Se suele usar para describir algo (normalmente una libro, un álbum o una película) que, desde que sale al público, tiene pinta de convertirse en un favorito, en un elemento esencial, un clásico. El término aplica a la perfección para nuestro sándwich de falafel, un ítem que solo estaba esperando para ser incluido en el menú y convertirse en uno de los platillos más vendidos del restaurante —hasta la fecha. Esta joya, inspirada en los sabores de Medio Oriente, lleva una ensalada de lechuga, pepino, tomate y cebolla morada con salsa tzatziki (yogurt griego, sal y eneldo), nuestro delicioso y crujiente falafel de garbanzo, todo dentro de un pan pita embarrado con hummus. El que sale en esta foto, además, parece haber sido coronado con aguacate. Quien dijo que no existía el sándwich perfecto, nunca pasó a comer por acá. 

Tofu scramble

De vuelta al extinto menú de desayunos con esta maravilla que está tan de moda en los lugares saludables y veganos del mundo. Nuestra versión llevaba chaya, para darle el toque maya. El tofu se cocinaba con un poco de aceite de coco, cúrcuma y camote. Al final, se coronaba con una mezcla de semillas. A éste en particular, le añadí aguacate y queso de cabra, quitándole todo lo vegano. 

Postre vegano

Hablando de cosas veganas, esta tarta estuvo cerca de un año y medio en el menú. Puedo decirles, sin miedo a equivocarme, que es el postre vegano más rico que he probado en la vida. La receta varió un poco a lo largo del tiempo, pero la “harina” de la corteza estaba hecha de nuez de la India, avena y miel de agave. El cacao era el sabor dominante y el coco rayado le ponía el toque final. La presentación de este platillo cambió muchas veces, aquí está con almendras, una zarzamora, arándanos y mezcla de semillas. 

Bowl sin título

Siempre extrañaré los bowls de fruta. Por más que me los haga en casa, nunca hay la variedad que estaba disponible en el restaurante y, claro, rara vez se ven tan bonitos como éste, que creo que no necesita mayor descripción. 

Hummus

El 2019 fue un año interesante para NÁAY. En un lapso de seis meses, llegaron a la cocina varios personajes cuyas influencias se traslaparon, se fusionaron y, en ocasiones, chocaron. El primero de ellos fue un chef con un toque magistral y una imaginación prodigiosa. De alguna manera, tomaba nuestras recetas y las convertía en algo mucho más delicioso y mejor presentado. Así, como si fuera magia. Su estancia fue pasajera porque su volatilidad igualaba su genio, pero este hummus que está aquí es uno de los mejores recuerdos que tengo de sus días en el restaurante. Ese “cráter” lleno de aceite de oliva es un ejemplo del tipo de ocurrencias que le daban alma a la comida. 

Wrap de huevo

Esta misma persona le metió mano a nuestro wrap de huevo, un platillo del menú de desayunos que llevaba huevo (o tofu) revuelto, chaya, champiñones, tomate deshidratado y queso feta. El toque del chef fueron unos trocitos de jengibre dentro del wrap y esta presentación con ensalada de pimiento, pepino, semillas y salsa macha. 

Prueba de pescado y ensalada

Este año también hubo una pequeña crisis de identidad. En nuestros intentos por buscar estrategias que aumentaran la rentabilidad del lugar, quisimos explorar nuevos tipos de platillos que no fueran, necesariamente, bowls. Para eso buscamos a un chef que había diseñado el menú de un restaurante que nos gustaba mucho. Nuestra idea era aprovechar su experiencia para mejorar la presentación de los platillos y tratar de dar un salto de calidad. Reinventarnos. 

Una de las pruebas que hicimos fue este filete de pescado local con ensalada. Coronado con una cresta de hummus, lo naranja que se ve detrás es una salsa de pimiento rostizado cuyo sabor no se me olvida. La ensalada rodeando el filete llevaba espinaca, quinoa, aguacate, cebolla morada, queso feta y aceitunas. 

Portobello gratinado

Nuestros intentos por colaborar con el chef en esta dirección no dieron muchos frutos, al menos no directamente en el menú. Aún así, servimos algunas de sus creaciones como especiales de temporada. Este Portobello gratinado con queso menonita tuvo su momento y es también un retrato de la colaboración entre el chef y otro genio que estaba en la cocina en aquel entonces, el autor de ese “waffle” de chicharrón de queso. 

Tacos de pastor y suadero veganos

Otra cosa que pasó en 2019 fue que abrimos una sucursal en un mercadito gastronómico. Uno de los cocineros que trabajó en este local se especializaba en cocina vegana, así que aprovechamos para hacer algunas pruebas con nuevos ingredientes. Estos tacos estaban hechos con yaca al pastor y “suadero” de soya texturizada. No es exactamente el tipo de platillo que funciona para NÁAY, pero puedo decirles que estaban buenísimos. 

Avocado toast

Por poco nos subimos al tren del avocado toast, pero se quedó en pruebas. Esta versión brilla por su sencillez: pan Ezequiel, rodajas de aguacate, cilantro, semillas, aceite de oliva y salsa macha. ¡Síganme para más recetas!

Bowl freestyle

Hace algunos meses empecé a experimentar con algunos bowls que no llevaban base de lechuga, sino de arroz u otra cosa. Aplicando al máximo el principio de la alimentación intuitiva, me freestyleaba bowls como éste, que llevaba arroz, pepino, brócoli, falafel de garbanzo, tofu frito, cebollín y queso picante de Chiapas. Hace poco hicimos algunos cambios al menú que permiten, justamente, improvisar bowls con mucha más libertad, sin tanta estructura, para que lleven exactamente lo que quieres que lleven. 

Bowl Mexicano

Quiero cerrar esta galería con mi platillo favorito en todo el menú. Uno que, además, engloba perfecto lo divertida y deliciosa que ha sido nuestra aventura en el restaurante. El Bowl Mexicano es una creación de Ana, que re-imaginó varios sabores clásicos de la gastronomía nacional para combinarlos en un formato saludable. La genialidad de este bowl es que realmente sabe a México sin dejar de ser una fresca y nutritiva ensalada. ¡Vaya hack! Con su cama de lechuga, el mexicano lleva: aguacate, jitomate, chile pasilla frito, cebolla morada, nopales, espinaca, tortilla strips, queso feta, cebada y pollo honey-chipotle, servido con limón y un chorro de aceite de oliva.

Más allá de hacerle un comercial al restaurante (no dejen de visitarnos cuando estén en Holbox), quería revivir estos momentos, que son una pequeña parte de lo que he comido y vivido en esta aventura. 

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que nunca había comido tan bien como en el último par de años. En momentos en los que todo parece estar saliendo mal con el proyecto, estos recuerdos me llenan de gratitud por lo vivido, lo aprendido y lo tragado hasta ahora. 

Así es que: gracias NÁAY. Gracias a todos los involucrados. Ha sido un viaje increíble hasta ahora. 

Abraham B.R.

Querido Narán (carta a mi hijo de 4 años)

Querido Narán,

hace justo un año, en tu fiesta de cumpleaños, descubriste que los globos salen volando a toda velocidad si los sueltas después de inflarlos. Cuando la terapeuta que venía a estudiar algunas de tus conductas se dio cuenta de la fascinación que esto te causaba, nos señaló que tal vez deberíamos poner más atención a ello.

“Algunos niños son más de agua, otros de tierra. Él parece ser de aire.”

Me pareció interesante cuando lo dijo, porque no era la única cosa relacionada con el aire que te llamaba la atención. También te gustaba localizar y contemplar molinos de viento o güilbis (windmills), como les decías. Tu mamá y yo empezamos a fomentar ese interés. Te compramos un rehilete y nos parábamos cada que veías un güilbi para que pudieras admirarlo.

Más adelante en el año, tuvimos que mudarnos de casa. Para nosotros fue un momento muy triste, pero creo que a ti no te afectó tanto. En parte, supongo, porque la nueva casa estaba a una cuadra del aeropuerto de la isla. Todos los días, pasábamos por la pista durante la caminata matutina con los perros. Así fue como surgió el ritual de hacer una parada para admirar las avionetas estacionadas.

Luego, nos tocó ver despegues y aterrizajes. También algunos helicópteros. Y entonces, no hubo marcha atrás. De pronto todo era acerca de aviones.

Aviones de turbina, aviones de hélice. Jets, avionetas. Aviones que guardan y sacan sus llantas. Alerones, signals, alas. Tu conocimiento del tema incrementó rápidamente, al ritmo de tus interminables preguntas. De pronto, ver aviones ya no fue suficiente. Había que ser uno.

“Yo no soy un niño, yo soy un avión”, te gusta decir.

Inspirado en Buzz Lightyear, aprietas un botón imaginario en tu pecho e inmediatamente tus brazos hacen de alas y tu cara se desfigura en un fiero fruncir de ceño que simula, según entiendo, el motor del avión trabajando a todo lo que da.

Y ese eres tú ahora. Tu propia persona, con todo e intereses muy tuyos. Y resulta muy raro que todo esto haya sucedido ante mis narices porque hace no tanto podía cargarte en un solo brazo mientras miraba tus ojitos parpadear lentamente. Cuando no hacías ni decías nada. Solo respirabas, comías, llorabas, dormías y repetías.

Tener un hijo es, en ese sentido, como comprar un Kínder sorpresa. Todos lucen iguales por fuera y saben a lo mismo, pero no hay manera de saber qué es exactamente lo que viene adentro del huevo —o no había manera, antes de sus ediciones temáticas. Qué manera de arruinar un concepto, todo sea por los dólares. Pero, ¿de qué estábamos hablando?

Ah, sí. Qué extraño es ver cómo se van revelando estas personitas que traes al mundo. Me recuerda, precisamente, a las fotografías antes de la era digital que se revelaban en un cuarto oscuro, poco a poco. Hasta que no pasaban por ese proceso, no había manera de saber si las fotos habían salido bien o mal. Suena arcaico, ¿eh?

Así es que ahora estamos en ese proceso de conocerte día a día, poco a poco. Y, que quede claro, lo estamos disfrutando mucho. Pero no puedo evitar sentir un dolorcito en el corazón porque ya sé de qué va esto. Cada día haces y pides hacer más cosas por ti mismo. Cada día van surgiendo más gustos, preferencias e intereses propios. Cada día se abre más tu círculo social. Cada día nos acercamos más a ese momento, cuando seas un ser aparte y te valgas por ti mismo y ya no nos necesites, en estricto sentido, para nada.

Tal vez creas que estoy siendo demasiado dramático. Puede ser. Solo tienes cuatro años, estamos a menos de un cuarto de tu tiempo estimado con nosotros. Pero, ¿casi un cuarto ya? ¿En qué momento? Me hace pensar que esto no va a durar nada. Pronto seré ese anciano diciendo “se va en un abrir y cerrar de ojos”. Y ciertamente así se va, ¿no es cierto?

A veces imagino que soy mi versión del futuro, que ha logrado viajar al pasado. Ese viejo que daría todo por volver a cargarte y darte vueltas y escuchar tu vocecita cantando y verte emocionado con la música y con todo lo que vuele o gire. Y, entonces, dejo que mi cuerpo sea poseído por el viejo y por unos instantes soy él, sintiéndose afortunado. Y lo disfruto como nunca. Y trato de atesorar el momento, hacer la foto mental y dejar que la gratitud fluya por mi ser.

Quizá cuando leas esto, de grande, entenderás muy bien lo difícil que suele ser enfocarte en el presente. Disfrutar las cosas en su tiempo. Agradecer lo que es, sin comparar con lo que fue ni especular con lo que será. Si te distraes tantito, si te dejas llevar por el río de los pensamientos y las preocupaciones, la vida entera se te puede ir fácilmente sin que te des cuenta.

A decir verdad, así me siento a veces, hijo. Como que el tiempo es una arena esquiva que se escurre entre los dedos y no soy capaz, siquiera, de registrar los pensamientos, las emociones y los acontecimientos. De ahí, precisamente, es de donde surge la idea de esta carta.

Desde que naciste, he querido escribirte cartas pero, tristemente, no lo he hecho. Recuerdo que hace muchos años leía las cartas que Dooce le hacía a su hija pequeña y soñaba con un día hacer lo mismo. “Ahora que nazca”. “Ahora que cumpla el año”. “Ahora que nazca Maia”.

Recién cumpliste cuatro años y algo se siente diferente. No desde ese día, desde hace ya algunos meses. Como que el bebé ya no está más ahí. En su lugar, hay un niño que no deja de crecer todos los días. Creo que esta epifanía es la que ha terminado por ocasionar que finalmente me animara a escribirte la primera. La idea del proyecto es hacer una por bimestre, ¿crees que lo logremos?

Quisiera que cada carta fuera como una cápsula del tiempo en donde pueda retratar el momento de la vida en el que te encuentras y las cosas que pasan por mi mente al verte crecer. Me dirijo a ti, desde luego, pero a quien quiera que seas en el futuro, cuando de hecho te interese leerlo. Seguro que, como el viejo que me posee, no podrás resistir la tentación de asomar la cabeza al túnel del tiempo. Lo que encontrarás no será una vida perfecta, pero de algo puedes estar seguro: nos amamos y todos los días aprendemos a crecer juntos.

Espero que estas cartas puedan capturar un poco de esa vida que parece escurrirse. Ahora mismo, quiero recordar la fascinación con la que miras una avioneta mientras despega. Es la misma fascinación con la que yo miro tu imaginación despegar, como un jet cargado de posibilidades que apenas levanta el vuelo para lo que tiene toda la pinta de ser una épica aventura.

Al infinito y más allá, pequeño.

Abraham B.R.

El curioso caso de la lagartija muerta

Tal vez les ha pasado: hay un pendiente por ahí, sin resolver, del cual todos los días recibes un recordatorio. Algo que por equis o ye no has terminado, ejecutado, resuelto, atendido. Algo que parece estar tan cerca de finiquitarse que por eso te das permiso de postergarlo. “Cualquier día lo hago”. Pero el tiempo pasa y cualquier día no llega. 

Después de un cierto período, la maldita ansiedad. No concluir esta tarea se vuelve un pesar. Una excusa más para mortificarte y reclamarte a ti mismo. Y te vas a la cama y despiertas y el pendiente sigue ahí. Y lo notas y no haces nada al respecto porque ahora se ha vuelto parte de esa torcida narrativa que te has creado en la cabeza. Una historia que te cuentas una y otra vez. La historia de cómo no puedes terminar nada en esta vida. 

O tal vez no te ha pasado. Tal vez estoy loco. 

A veces lo pienso porque, ¿qué razón habría para no terminar las cosas que empiezo? Parece haber muchos beneficios implícitos en terminarlas y, por otro lado, consecuencias negativas implícitas en no terminarlas. Así que, ¿qué es lo que pasa en el cerebro que, a pesar de ver las cosas tan claras, cuesta tanto trabajo actuar? 

En la cárcel del bruxismo nocturno

Toda esta situación me recuerda un poco al bruxismo. Verán, a veces, por la noche, comienzo a apretar los dientes. Primero es leve, un poco de presión. Luego, como si fueran imanes incapaces de resistir al magnetismo, los molares y caninos se apretujan con fuerza. Cada vez con más fuerza. Hasta que se hace difícil de soportar. 

El tema es que tengo el sueño muy pesado. El dolor, la desesperación y la preocupación que me generan las dos filas de mis dientes moliéndose entre ellas es apenas capaz de sacarme de las profundidades y llevarme casi hasta la superficie. Ahí puedo entender claramente qué es lo que está pasando. “Estoy apretando los dientes”, pienso. Pero en vez de desistir, lo único que logro es apretarlos con más fuerza. Es como que darme cuenta de lo que ocurre solamente lo hace todo peor. La sensación de parálisis, de querer ordenar al cerebro una acción pero terminar por ordenarle justo la acción contraria, es frustrante y muy extraña. 

Siento que con los pendientes sin resolver y los proyectos sin terminar es un poco así. El peso de saber que no he sido capaz de finiquitarlos me paraliza. Saber muy bien que están ahí es fuente de frustración. Y dejarlos ahí, colgando sin terminar, a pesar de que lo que realmente quiero hacer es terminarlos, lo hace todo peor. 

Quizá te estoy hablando en chino. “Si sabes que tienes que resolver algo, ¿por qué no simplemente lo haces y ya?” Así es como me imagino que piensa la gente normal, donde la haya. Y qué fácil sería la vida si no hubieran tantas telarañas en la cabeza. 

El podcast de tu cabeza

Un día, al separar el contenedor de las croquetas para abrirlo y servirle su comida a los perros, noté que había una lagartija detrás. Nada nuevo, en esta parte del mundo las lagartijas están por todas partes. Al día siguiente, la lagartija seguía ahí y entonces supe que se trataba, en realidad, del cadáver de una lagartija. 

Aquel era un buen momento para tomar una servilleta, recoger la lagartija y tirarla al bote de basura pero, por la razón que sea, no lo hice. Los días siguientes, seguí viendo la lagartija cada vez que movía la caja, recordando en cada ocasión que debería tirarla a la basura. “Un día de estos. Cualquier día”. 

Y así se fueron los días. Y las semanas. 

No me pregunten por qué carajos no tiré la lagartija muerta durante todo ese tiempo. Siempre quise hacerlo. No hacía falta un gran esfuerzo para hacerlo. Solo era tomar una servilleta, recoger el cuerpo tieso del pequeño reptil y ponerlo en el bote de basura. 

Pues no. Y batallo con entender por qué. Algo que recuerdo es verla ahí, durante el minuto que me tardaba en servir la comida, cerrar la caja y acomodarla. Al verla, recuerdo escuchar esa voz en la cabeza. “No eres capaz ni de tirar una lagartija a la basura.”

Entre más lo pienso, creo que el creerme lo que dice esa voz ha sido el gran obstáculo hacia mis objetivos. Es la misma que me mete la duda cuando voy a emprender algo. Me aconseja que no me ilusione demasiado, que no me esfuerce tanto porque lo más seguro es que, tarde o temprano, yo mismo encuentre la manera de arruinarlo. ¡Sas! 

Cuando quiero hacer algo, pero hago justo lo contrario.

¿También escuchas voces? Está muy fuerte el hecho de que constantemente nos estamos programando con estas conversaciones internas. Digo conversaciones porque parece haber un elenco entero de personajes. Todo un podcast, con sus dos presentadores y line-up de invitados especiales.

Charles Fernyhough, profesor de psicología y autor del libro The Voices Within, asegura que este diálogo interno juega un papel fundamental en la motivación, la expresión de emociones e incluso en nuestra propia comprensión de quiénes somos. Pero hay un lado volátil del diálogo interno: tiene el poder de programarnos, para bien y para mal. Y resulta que somos mucho más proclives a concentrarnos en lo negativo porque humanos. Escuchamos con más atención a las voces que nos critican y les creemos más. 

La pregunta más obvia entonces es ¿hay manera de evitar un círculo vicioso de programación negativa?

Correr el 90% de un maratón

¿Te imaginas deber un trabajo por años? A un amigo todavía le debo el video de su boda (pero será el mejor regalo por su décimo aniversario, lo prometo Carlos). 

Hablando de videos de bodas, hace poco terminé uno que igual debía más de un año después. Para ser justos, prácticamente ya había entregado todo el video en partes. Pero nunca terminé de ensamblar las secuencias y nunca hice la introducción. Y ya saben, tan solo pensar en que no había terminado el video era suficiente para que me comiera las uñas de todos los dedos. 

No eres capaz ni de terminar los trabajos que consigues“. 

Hace poco, me senté frente al proyecto con toda la intención de terminarlo. Después de evaluar en qué punto me había detenido, vi que fue justo antes de la incorporación de las entrevistas a la introducción del video. El audio en estos clips era muy malo, tenía un eco pesado. Recordé que, en el momento en el que me topé con este problema, sentí pereza de siquiera investigar cuál era la mejor manera de resolverlo. Seguro pensé algo así como “mañana lo busco, cualquier día de estos”. Pero claro, cualquier día no llegó. 

Después de ver un tutorial en YouTube, pude reducir drásticamente el eco, incorporar las entrevistas, terminar la introducción y unir todas las secuencias en el video final. Es increíble pero, por año y medio, el proyecto estuvo ahí en mi computadora. Prácticamente terminado. Prácticamente. Pero así como no podía simplemente coger la lagartija y ponerla en la basura, no podía simplemente arreglar este problema minúsculo y dar el último paso para terminar el video. 

Mejor dicho: sí podía. No lo hice. Por meses y meses. Mientras tanto, la idea de no haberlo terminado me torturaba de adentro hacia afuera. Los caminos a la autodestrucción son infinitos.

Imagina correr el 90% de un maratón. Resulta tan absurdo. A menos de que se te haya fracturado un tobillo, ¿por qué no solo terminarlo, aunque sea caminando?

El caso es que por fin terminé el video y lo entregué. Y, de pronto, una de las nubes grises más grandes que había estado encima de mi cabeza por mucho tiempo se disolvió en una lluvia de alegría y satisfacción, así como así. 

Ya encarrerado, al día siguiente, tomé una servilleta, recogí la lagartija muerta y la tiré a la basura. Me niego a bajar los brazos en esta lucha por definir qué tipo de persona soy porque sé muy bien quién quiero ser y no es la persona que he sido hasta ahora. No es la persona que deja sus sueños en visto, ni la que nunca termina lo que empieza, ni la que deja pasar semanas antes de deshacerse de una lagartija muerta. Al contrario, es alguien que respeta su propia palabra, que es proactivo y que entrega el trabajo un día entero antes de la fecha límite. Alguien que aprovecha cada una de las oportunidades que se le atraviesan y las convierte en puertas y escalones. Alguien confiable, que hace lo que se tiene que hacer y no espera una eternidad para hacerlo. 

No sé. Tal vez sigo rusheado por este diminuto logro, pero lo estoy usando como combustible para tratar de vencer a mis gigantes más temibles. El talk-show en el interior de mi cabeza no para, pero soy mucho más consciente de las voces que hablan y cuáles son las que me termino creyendo y cuáles las que paro en seco. ¿Será posible que por ahí esté el secreto? 

Mientras lo descubro, estoy en una onda de hacer, hacer, hacer. No detenerme tanto a pensar, no buscar la perfección, solo hacer. Estilo guerrilla. Que las fichas caigan en donde tengan que caer. 

Pero, por Dios, que no se queden suspendidas en el aire. 

El gordito que vive en mí

Dentro de mí vive un gordito. Un personaje bonachón que no se mete con nadie, evita el conflicto y cualquier tipo de sufrimiento. Se refugia en su confort y, por lo mismo, no es muy disciplinado. No se exige mucho, le gustan las cosas fáciles. 

Antes, este gordito estaba al frente de los controles de mi vida. Esta es la historia de cómo nació, cómo me convertí en él, cómo lo desterré y lo que aprendí en el proceso. 

Ser gordo

Ser gordo implica mucho más que el sobrepeso. Es un estado de ánimo. Es un estilo de existencia. Cuando era gordito, prefería la ropa cómoda, vestir bien pasaba a segundo término. Como percibía que mi alimentación era pésima, no hacía nada por mejorar mis hábitos —al contrario, me refugiaba en el placer de la comida y no me cuidaba en lo absoluto. Me volvía loco con las porciones. Rebasaba la dosis diaria de azúcar. “Total, ya estoy gordo, ¿no?” El deterioro genera más deterioro. El síndrome de la ventana rota, que le llaman. 

El objetivo de ser delgado lucía tan lejos, que la idea de hacer ejercicio me parecía un absurdo masoquismo. Precisamente por mi problema de peso, la actividad física era un auténtico martirio y la recompensa no parecía estar cerca en lo absoluto. Al contrario, cualquier tipo de resultados visibles tomarían mucho tiempo y esfuerzo y yo lo sabía. 

En el fondo, la obesidad es un síntoma. ¿De qué? Cada caso es diferente, pero me atrevo a decir que en todos hay un cierto grado de eso que conocemos como baja autoestima. Falta de amor propio. Llámalo como quieras. Es esa creencia ahí, en las profundidades de la psique, de que no somos lo suficientemente buenos. De que no valemos el esfuerzo de estar bien. De lucir bien. De sentirnos bien. De triunfar. 

Siempre hay una raíz

Siempre hay una raíz. En mi caso, tendríamos que tomar la máquina del tiempo y viajar a la primaria, a los años de la pre-adolescencia. La verdad es que nunca fui un niño gordo hasta que comenzó esa dolorosa transición de la vida que todos atravesamos pero de la cual algunos salen mejor librados que otros. 

Un cachetón termina la primaria

Me verían por ahí, tragándome una sincronizada, unas papitas, un refresco y algún postre chatarra (bendita azúcar y su efecto analgésico). Creo recordar que, para aquel entonces, ya no me esforzaba mucho por participar en los partidos de futbol durante el recreo para no maltratar de más mi ego, de por sí magullado. Si en algún momento había dado lo mejor de mí para no ser elegido al final en el próximo partido, ahora había caído en la autocomplacencia total. 

Corte a un par de años más tarde. 

Ir a la secundaria es como vivir en un tanque de insuficiencia y desajuste. Las hormonas vuelan en el aire y todos luchan por descubrir su lugar en la jerarquía social. 

En aquellos tiempos, nadie hablaba de bullying, solo era algo que le ocurría a los blancos fáciles. Gordito, bajito, cristiano y afable, yo era la definición de un blanco fácil. De alguna manera, me convencí de que el acoso constante y la violencia eran manifestaciones legítimas de amistad. 

No cuento esto para que se sientan mal por mí. Ni siquiera puedo decir que la situación haya sido tan brutal como sé que le sucede a muchos chicos aún hoy. Lo cuento para explicar cómo fue que, en esta etapa, el ser gordito pasó de ser un rasgo fisiológico a uno de personalidad. A final de cuentas, como todo mundo, solo buscaba ser aceptado y apreciado. Adoptar ese personaje fue una manera de encontrar mi nicho y refugiarme en él. 

Incómodo en mi piel

Mi naturaleza optimista me llevó a no permitirme sentir emociones negativas, a guardármelas todas y enterrarlas en capas y capas de grasa. No me di la oportunidad de experimentar el enojo, la soledad. 

En cambio, lo cubrí todo con azúcar. “Todo está bien. No hay ningún problema. Estoy bien en mi tristeza y no necesito hacer nada al respecto. Al contrario, voy a apapacharme aún más y a comer todo lo que quiera y en cualquier cantidad. No necesito lidiar con la ansiedad natural de hablarle a las chicas y conquistarlas porque, al ser el gordo, estoy descartado por default y puedo ser solamente su amigo. No necesito destacar en los deportes, puedo entretener a todos con mi fatiga y ser disculpado por el profesor. No necesito ser excelente en la escuela, puedo conformarme con ser simpático.” 

Encontrar el fuego

Así fue como renuncié a caminar hacia la mejor versión de mí mismo. Para cuando entré a la universidad, las cosas se habían salido un poco de control. Mi peso, sobre todo, que andaba por los 110 kilos. La coraza que me protegía del mundo exterior era más gruesa que nunca, pero servía de poco porque algo me estaba comiendo desde el interior. La falta de amor propio se estaba tornando en odio y autosabotaje. Estaba transitando sobre una autopista de alta velocidad, destino: paro cardíaco. 

“Todo está bien”

Y, entonces, mi vida dio un giro. De una de las situaciones más dolorosas que me había tocado vivir, surgió un deseo ardiente de superación. De cambio. De transformación. 

Hay un fuego que arde en todos nosotros. A veces, es un incendio que nos consume con vehemencia, pero a veces está reducido a una escueta y pequeña flama. Este fuego es lo que hace que las personas alcancen la cima de las montañas más altas del planeta. Es lo que inspira la creación de piezas musicales épicas. La invención de artefactos que transforman la historia. La conquista de proezas aparentemente imposibles. 

Lo mejor de este fuego es que nunca se apaga, aún si se ve reducido a brasas chispeantes. Pues bien, de alguna manera, encontré ese fuego en mí y comencé a cultivarlo. Me di la oportunidad de cambiar o, al menos, de intentarlo. Me agarré fuerte de las ganas de experimentar la vida desde otro paradigma. 

No quiero hacerles la historia muy larga. Me inscribí en un gimnasio, dejé de tomar refresco, poco a poco comencé a gravitar hacia una alimentación saludable. No fue un cambio brusco, de la noche a la mañana. Tardé más de tres años en alcanzar mi peso ideal. Cuando era gordo, a veces soñaba que me despertaba y todos los kilos de más se habían ido. Un día, al despertar, esa fue la realidad. 

Y déjenme decirles: la vida como una persona delgada es una experiencia completamente diferente. Ganas agilidad, confianza, seguridad. La ropa te queda bien y recibes miradas de atención. Hacer ejercicio ya no es una tortura. Comer cosas dulces y engordadoras de vez en cuando se disfruta sin culpa. La gente te percibe diferente y te trata mejor. Sobre todo, dejar atrás el personaje me dio la posibilidad de descubrir quién era, más allá de ese gordito bonachón.

Sé lo que algunos están pensando. En estos tiempos de positividad corporal, se anima a los que sufren de sobrepeso a aceptarse y valorar su cuerpo así como es. Todo eso está muy bien, nadie debería de odiarse a sí mismo por su cuerpo ni sufrir por las presiones y estándares de la sociedad. Pero siento que en este discurso se suele perder el norte fácilmente. No tiene por qué ser tabú decir que la obesidad es un problema de salud que reduce la esperanza y la calidad de vida. Tampoco tiene nada de malo reconocer que la mayoría de las personas encuentran más atractivos los cuerpos delgados. Después de todo, estamos biológicamente programados para hacerlo.

Si estás leyendo y tienes sobrepeso —en realidad, si tienes hábitos y comportamientos autodestructivos de cualquier tipo: si en verdad quieres cambiar esta realidad, es necesario un viaje al interior para encontrar respuestas. ¿De qué te estás protegiendo? ¿Qué es lo que no te permites sentir? ¿En dónde está el dolor que quieres cubrir con azúcar, confort, placer? 

Nadie nos enseña a lidiar con la tristeza, el enojo, la frustración, el rechazo. Tal vez es por eso que la mayoría recurrimos a mecanismos poco saludables. Porque no conocemos mejores alternativas. Porque es lo que está a la mano. 

Hay vida después de la gordura pero implica transformar áreas de ti que ni siquiera entiendes muy bien. Practicar ese dominio propio que tienes tan atrofiado para poder quitarte la máscara. 

Hoy por hoy, el gordito está enterrado, relegado al fondo de mi personalidad, aunque nunca del todo. Nunca lo suficiente. Seguido asoma la cabeza y busca regresar. Se aprovecha de cualquier oportunidad, cualquier descuido, para manifestarse. 

Pero lejos están los días en los que reinaba en la superficie. Para mí, no hay vuelta atrás. Aun cuando gano unos kilos de más, nunca dejo que pase de ahí sin tomar acción para bajarlos. 

Y es que bajar de peso no solo me transformó por fuera, también lo hizo por dentro. Conozco mi potencial. Sé que mi destino está en mis manos. No le huyo a la disciplina, al dolor temporal, al sacrificio. Me otorgo valor a mí mismo y hago un ejercicio constante por examinar las áreas de mi vida en las cuales me estoy engañando o me niego a aceptar la realidad. Prefiero enfrentar las verdades duras que vivir en un mundo de caramelo. Olvídate de lucir mejor y estar más saludable, esta transformación interior fue el botín más valioso de todo el proceso.

Ojalá que vengas, abuelo

El Día de Muertos es una gran celebración en este país. Por otro lado tenemos el Halloween y, de alguna extraña manera, como pasa cuando las culturas se funden, ahora tenemos un mashup de algo raro que tiene que ver igual con brujas, máscaras de asesinos, dulces y fiestas que con cempasúchil, veladoras y papel picado.

En la tradición cristiana, las dos celebraciones son igual de mal vistas. De niña, yo no entendía muy bien cuál era la diferencia entre una y otra. En la escuela se ocuparon de espantarme (mucho) con el tema del Halloween y para mí ese día era motivo de mucho miedo, al grado de no querer salir y no poder dormir.

Nunca hablé mucho de eso con mis papás, pero la ansiedad me duró años. La idea de que ese fuera el día en el que todos los espíritus tenían permiso de andar por el mundo haciendo lo que les diera la gana y de que toda la maldad se juntara para invocarlos y darles rienda suelta era algo que mi pobre corazoncito no podía soportar.

Yo no aceptaba dulces de la calle ni de nadie por toda una semana por terror a que me tocara uno de los dulces que las brujas habían envenenado con tanto cuidado para asesinar a algún niño inocente que solo quería divertirse pero no sabía que, al hacerlo, estaba condenando su alma.

Después de sentir un terror absoluto por estas fiestas, pasó a ser algo que no llamaba mi atención. Obviamente era una manera que encontré de protegerme del susto que me dio muchos años. Para mí, el Día de Muertos y el Halloween solo significaban una cosa: pan de muerto (que nunca me prohibieron comer, por suerte). Nunca fui fan de las fiestas de Halloween y no me tocó estar cerca de gente que celebrara el Día de Muertos, por lo que la festividad se me ha pasado en blanco prácticamente toda la vida.

Cuando dejó de darme miedo, pasó algo. Empecé a notar lo realmente bello de la ocasión. Visualmente, es una de las cosas más lindas que tenemos. La ecuación es perfecta: noche, velas, colores, flores, comida, familia. Me metí a buscar, a leer, a conocer y le vi un significado totalmente distinto. Ya no fue la noche del mal, donde todos los malos hacen cosas feas, torturan inocentes y hacen fiesta toda la noche. Ahora era la tradición, la noche de familia, del recuerdo.

Un camino de cempasúchil

El duelo es algo duro y muy personal. Hasta que no lo vives, no lo entiendes realmente. Yo, por ejemplo, no lo entendía. Me dolía el dolor de los demás, pero nunca me había pasado.

Yo no sabía lo que era perder a alguien.

No sabía lo que era pedir con todas las fuerzas que todo fuera un sueño y que en la mañana despertaras y volvieras a ver a tu persona. No sabía lo que era de hecho olvidarlo por momentos. Pasar las cosas por la cabeza mil veces, imaginando todos los hubieras. Aferrarte a las imágenes, al sonido de la voz. Llorar por las esquinas, llorar meses, seguir llorando. Llegar a entender que hay heridas que no van a cerrar nunca y hay personas a las que no vas a dejar de necesitar. Que hay cosas que no se arreglan. Que no se superan. Seguimos adelante, la vida sigue y volvemos a ser felices y recordamos y lloramos un poco y nos reímos. Nos aferramos a los recuerdos, a las cartas y a los mensajes porque nunca vamos a dejar de necesitar las palabras, los abrazos y los momentos. 

Mi abuelo vino a visitarme dos veces muy concretas. Vino mientras dormía, me miró despacito, con cuidado, tomándose su tiempo y dándome tiempo a mí para asimilar y absorber el momento. Me dijo dos o tres cosas que necesitaba escuchar. Estuve ahí un ratito, hablando con él. Me abrazó y sentí la tela de su chaleco en mi cara, el peso de sus manos grandes en mi espalda y su cara mientras me daba un beso. Recuerdo estar consciente de que estaba soñando, verlo de frente y no querer respirar por miedo a que eso rompiera el encanto. Se fue mientras lo veía con mis ojitos llorosos, él siempre sonriente, siempre en paz.  Me desperté con el corazón acelerado de lo real que fue todo. Me desperté contenta porque lo había visto y, a la vez, lo más triste del mundo porque ahí es donde él está ahora. De vez en cuando, antes de dormir, le pido que venga a verme ese día. Me imagino que anda muy contento platicando con sus amigos, caminando con ligereza, observando cómo pasan las cosas y por eso se le pasa venir a saludarme. 

Este ha sido el primer año de todo lo que pasa sin él. Mi primer cumpleaños, el primer Día del Padre, el primer Día del Abuelo sin mi abuelo. También es el primer Día de Muertos y este año ya no tengo miedo. Este año entiendo.

Quiero poner un camino de cempasúchil enorme con velas y papeles de muchos colores. Tener música que te acompañe por todo el camino. Podemos empezar con Frank Sinatra, seguir con Miles Davis, echarnos unas de Eugenia León. Mientras vienes caminando, podemos ir saltando las líneas y dando vueltas como lo hacíamos cuando era chiquita. Cuando entres a la casa, habrá muchas flores de todos los colores y rosas también. De premio por hacer el viaje, una mesa bella con no solo un platillo, sino muchos muchos. Seguro has extrañado más de una cosa y la verdad es que me cuesta trabajo elegir con cuál te convencería de venir. Conchas de vainilla, helado de chocolate, mangos hasta que te canses y muchas fotos de nosotros en Navidad, de paseo en el museo, abrazando a Narán y a Maia. Tus libros de poesía, tus recortes del periódico y después nos sentamos a platicar con un café. Podemos hablar de lo que ha pasado en el país, de lo que hemos hecho este año y de cómo te hemos extrañado tanto. Si te quedas otro ratito, te toca doble ración de helado, solo porque es un día especial y, por esta ocasión, te perdono la ensalada (pero no le digas a Bita). Cuando llegue el momento de que te vayas, nos damos un abrazo fuerte, fuerte, un beso grande y ahora yo soy la que te va a a preguntar a ti. ¿Cuándo vienes? 

Yo también quiero creer que puedo volver a tener un ratito. Quiero creer que viene y nos ve, que sonríe y se come sus conchas muy contento. Tal vez todo esto no es más que nosotros los humanos tratando de seguir adelante. Dándole al alma un respiro de extrañar tanto todos los días.

Porque nunca se van del todo, nunca olvidamos. La gente se queda siempre, los recuerdas siempre, duele siempre. Este es el día de darle rienda suelta al amor y a la memoria, a los buenos ratos. Es el día de hablarle a mis hijos de mi abuelo. De recordar cómo vivía, cómo y cuánto nos amaba, de llorarlo otra vez, de sonreír y agradecer.

Ojalá que vengas, abuelo. Te voy a estar esperando. Te voy a esperar siempre.

Ana E.B.

La primera vuelta al sol

Los primeros humanos que contaron los años no sabían nada acerca de un planeta redondo girando a toda velocidad alrededor de una estrella. Sabían que había cuatro estaciones, que se sucedían una y otra vez, siempre en el mismo orden. Este conocimiento era muy útil para la agricultura y también para comprender más sobre la naturaleza de nuestra realidad: una aparentemente interminable sucesión de ciclos. 

Es por eso, querida Maia, que los ciclos son tan importantes para nosotros. Los contamos, los anunciamos, los celebramos. Sobre todo, nos toca vivirlos. Y, al hacerlo, aprendemos acerca de la unión entre un final y un nuevo principio, aprendemos sobre los tiempos naturales de cocción de la vida y también aprendemos que estar vivo es dejar ir, una y otra vez. 

Lo que sí es que hay algo muy especial acerca de los ciclos y ese ritmo que comunican. A mí me encanta pensar en cómo se manifiesta el cambio a través de los ciclos. ¿Has notado cómo pueden cambiar las cosas en el transcurso de un año? ¿Cómo puede cambiar la vida?

La mía, por ejemplo. 

Primeras impresiones en el planeta Tierra

Chiquipulga, has venido a traer un balance más que necesario a nuestra familia. Esa energía tan liviana, ese –casi– inquebrantable buen humor y tus maneras tan naturalmente cariñosas aportan mucho más de lo que parece. Mucho más de lo que puedes imaginar. 

Poco a poco, en el transcurso de un año, has abierto nuevos espacios en mi corazón. Con ese brillito en los ojos, has iluminado recámaras de mi ser que ni siquiera estaba al tanto de que existieran. 

En un año, he aprendido que la experiencia de la paternidad puede variar enormemente de un hijo a otro. De un momento en la vida a otro. Me has enseñado a mantener los brazos abiertos a la vida, sin miedo ni expectativas. Me has enseñado a disfrutar de la zona más superficial de la playa, ahí en donde la arena es un atractivo e inagotable lodo. Ahí, en donde jugar se convierte en toda una meditación. 

Un año de conocerte. Una de las más lindas e inolvidables vueltas al sol de toda mi vida. Lo sé porque, aunque todo parece estar de cabeza y cuesta arriba, no necesito nada más que tus enormes ojos al despertar para creer, genuinamente, que todo está bien. 

Para celebrar tu primer año, recibimos a la familia y algunos amigos cercanos en la casa de tu bisabuela en Mérida. Este video es la historia de ese día en el que, como siempre, muchas cosas no salieron como las planeamos, pero en el que lo pasamos muy bien y como debe de ser en estos días: juntos. 

Nuestro primer VLOG

Felicidades, Maia. Con el tiempo, verás que estas vueltas al sol se vuelven más frenéticas y complejas. Cada ciclo traerá sus propios aprendizajes y sufrimientos, solo espero poder estar a tu lado por mucho tiempo y presenciar tu aventura. 

Mientras tanto, seguiré disfrutando de esos momentos místicos, como cuando recargas tu cabeza en mi pecho o cuando me muestras, orgullosa, ese bolo de arena mojada que has logrado amasar con tu diminuta mano. Sé que muy pronto se terminará esta etapa y por eso la estoy gozando a conciencia. Sé que el tiempo se nos escurre como esa arena lodosa entre las manos y por eso tomo fotografías mentales a cada rato. La primera vuelta al sol ya se nos fue, pero me encanta saber que ahora comienza un nuevo ciclo en el que te iremos descubriendo cada vez más. 

Abraham B.R.

Una vez en un lunes de quincena

En la sociedad en la que vivimos, el día 15 del mes se recibe con mucha alegría. Es un día en el cual a muchos nos pagan, tenemos dinero y sentimos que vale la pena trabajar. Hay una quincena, en particular, que nunca olvidaré. El 15 de octubre de 2018 fue recibido en esta casa con más alegría que una quincena cualquiera. 

Ese día, tempranito en la mañana, sentí la primera contracción. A eso de las 5:00-5:30. Pasé algunas horas en negación porque 1. me moría de susto y 2. faltaba todavía una semana para la fecha oficial. En el momento, me di cuenta de que no tenía nada listo.

Acabábamos de llegar a Mérida y todavía estábamos desempacando cajas. La ropa todavía no estaba en su lugar, ni los platos, ni los libros, ni el 70% de la casa. Todo era un desastre.

Cómo iba a traer a un bebé a una casa que llevábamos cuatro días desempacando. No estaba lista ni tranquila (porque esas cosas, que antes no importaban, importan mucho cuando se trata de tu bebé). 

A eso de las 8:00, que las contracciones ya empezaron a doler en serio, me di cuenta de que no podía negarlo más. Le avisé a Abraham, que me hizo la misma cara de susto; a Narán, que no sabía ni que hacer, y a los cercanos. La abuela corrió al aeropuerto y todo se puso en marcha. 

Ropita, pañales, cobijas, pomada, maleta. Comida de perros, comida para Narán, respira, lagrimita.

Mejor nos quedamos a comer y dejamos que pase más tiempo, no vaya a ser que me dé hambre. Tratando de aferrarme unos momentos más a mí “normal”. Abrazando un poco más al que en unas horas va a dejar de ser el bebé.

Me hago a la idea, me subo al coche. Aunque llevaba nueve meses preparándome, en estos últimos momentos agarro aire y me despido de la vida como la conozco.

Vamos en el coche. Nos miramos, lágrima, respira. Una caricia por aquí, lágrima, respira. Ana: res-pi-ra. Veo a Narán por el espejo, va cantando The wheels on the bus a todo pulmón.

“Amor, vamos a ponerle Maia”. 

“¿Cómo?”

“Que se llame Maia”. 

Llegamos al hospital y, como habíamos temido, las contracciones ya son muy fuertes y el parto no parece estar avanzando. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo al acordarme de la experiencia con Narán . No sé que me da más miedo. Y es que esto de parir no es cosa fácil, de ninguna de las dos formas. ¿Qué será peor? Le damos una hora y vemos. 

Llega la abuela, llega la fotógrafa, llega la hermana. Todos listos.

Pasa la hora y se decide que llegará por cesárea. Susto. Más susto. ¿Qué se siente? De la otra no me acuerdo. Lágrimas, catéter, vendas.

Yo pienso que todavía tengo un rato. Abrazo a Narán, me encomiendan, lo abrazo y lo beso tanto. Su sonrisita de bebé siempre va a estar guardada en mi alma. “Te veo al ratito.” Me despido sabiendo que esa fue la última vez que vi a mi bebé, al regresar ya será un niñito, un hermano mayor.

Llega el doctor. “Estamos listos, vámonos.”

“¡¿Ya?!” 

Nos vamos.

Entro al quirófano. No recuerdo nada. Me explican de la anestesia, me preguntan cosas. Van, vienen, dan vueltas, no me muevo y todo sale bien.

El primer susto se acabó. Ahora solo falta que me rajen la panza. Uf. Entra Abraham, yo lloro y lloro y no puedo dejar de llorar. Los doctores hablan, yo lloro. No sé si es más el miedo, la sensación de las manos dentro de mi cuerpo o la emoción de verla al fin. En ese momento, no existe nada. Todo se mueve lento, ya están llegando, lo siento. 

3:30 y ya la vida se ve diferente. Llegaste a llenarla de luz y de harmonía. Eres balance, amor y cuidado. La más bella de las estrellas.  Grandeza, guerrera valiente. 

Gracias por elegirnos, Maia. Gracias por llegar. Gracias por este año lleno de sorpresa, de emoción. Gracias por ser lo que nos faltaba, por llegar a completar lo que somos. 

Recuerdo amar estos primeros días, llenos de abrazos y besos. Al fin conocerte y tenerte entre mis brazos. De no hacer nada más que reconocernos y saludarnos. De sentirme plena y feliz por saberte mía y saberme tu mamá. Gracias por la oportunidad. Nada en la vida se compara a tenerte y vales todos los esfuerzos, las lágrimas y la espera. Lo vales todo mi Maia. 

Feliz cumpleaños mi guerrera. 

Ana E.B.

Fotos por: Albany Álvarez, ¡chequen su Instagram!