Adiós a Nunca Jamás

Hace poco volví a ver Hook (1991), esa extraña joya de la cual Steven Spielberg se siente ligeramente avergonzado. Recuerdo que, aun siendo pequeño, me fascinaba la idea sobre la cual está basada toda la trama: que Peter Pan, en algún punto, decide abandonar el País de Nunca Jamás para vivir como adulto en la Tierra. Renuncia a ser un niño por siempre y olvida por completo su vida en la isla mágica.

En aquel entonces, la decisión me resultaba incomprensible. ¿Cómo puede alguien preferir ser adulto, con todos los problemas que eso implica, por encima de vivir una vida divertida, espontánea, sencilla y mágica? Ahora, casi 30 años después, soy yo el que tiene que tomar una decisión muy parecida. 

Soy yo quien tiene que decirle adiós a Nunca Jamás. 

Los niños perdidos

Ya por acá les había contado que, para mí, Holbox es como una versión en vida real de aquella mítica tierra descrita en los libros de J.M. Barrie. Es un lugar para disfrutar la vida sin preocupaciones. Un lugar desconectado, hasta cierto punto, de la matrix, ese mundo de oficinas, automóviles, portafolios y valet parkings del cual varios llegan huyendo. 

El psicólogo Dan Kiley acuñó el término del “síndrome de Peter Pan” en los ochenta para referirse a la imposibilidad de ciertos adultos de asimilar su edad o de adoptar comportamientos relacionados con la vida adulta. Un lugar como Holbox es un imán de personajes así. 

Los niños perdidos al atardecer

Los niños perdidos. Los hay de muchos tipos. Están los viajeros, que se quedan tres, cuatro o seis meses, trabajando como meseros, cocineras, recepcionistas, o vendiendo sus propias artesanías. Pero también están los que viven acá de fijo. Por ejemplo, los emprendedores, que abrieron un negocio que muchas veces no tiene nada que ver con la vida que tenían en sus lugares de origen. Están los instructores de yoga y kitesurf, los gerentes de hotel, los músicos, los chefs. Los hay también a quienes no les hace falta dinero y viven retirados, dedicados a hacer lo que les gusta. 

Todos tenemos algo en común. Vivimos aquí porque lo que queremos es disfrutar. Podríamos estar en lugares en los que hay mayor oportunidad de crecimiento, de desarrollo, más oportunidades de negocios, más actividades y distracciones. Más opciones. Pero hemos priorizado la vida simple, la lejanía con la civilización, la tranquilidad. 

Y, ¿por qué no? Es un estilo de vida tan válido como cualquier otro. Hay a quienes les funciona de maravilla, hay quienes llegaron hace 20 años y, desde entonces, su vida no ha cambiado mucho. ¿Por qué querría Peter Pan salir de Nunca Jamás? 

Pensamientos felices

En Hook, Peter regresa a Nunca Jamás y tiene que volver a aprender a volar y a luchar, pero no logra encontrar su pensamiento feliz, indispensable para poder levantar el vuelo. Hay una escena en la que Peter finalmente comienza a recordar su infancia y recuerda también por qué tomó la decisión de crecer: lo hizo para poder convertirse en padre. En ese momento, descubre que sus hijos son su pensamiento feliz y, por fin, se eleva por los cielos. 

Mis pensamientos felices

Es una linda metáfora de los sacrificios y las decisiones difíciles que vienen con tener hijos, pero también de cómo los padres no dudamos en hacerlos porque los hijos se convierten en lo más importante en nuestras vidas. 

Y en esas estamos ahora. En las decisiones difíciles. Porque esta es la verdad: no quisiera tener que irme. Pero nuestra realidad es que no nos da para los costos de vida tan elevados de la isla. No estamos creciendo en ningún sentido, más allá, tal vez, del espiritual. No somos completamente felices ni podemos dedicarnos a disfrutar la vida acá porque sabemos que somos responsables de dos pequeños y no podemos vivir tan al día. Una verdad que produce ansiedad. 

Hay más razones. Holbox es genial para los primeros años de vida de los niños pero, pasado un punto, ellos comienzan a necesitar otras cosas que no podemos darles aquí. En nuestros días en Mérida hemos podido vislumbrar el potencial de actividades, clases y experiencias que los niños pueden tener en una ciudad. Saber que, en caso de una emergencia médica estamos a hora y media del hospital más cercano, tampoco es muy divertido. Éstas, aunado a la falta de escuelas, son las mismas razones por las que la mayoría de los foráneos con hijos pequeños se terminan yendo, tarde o temprano.

Tic tac, tic tac

Ahora que cumplí 35 años me vi al espejo y tuve uno de estos momentos cósmicos, en los que no reconoces a la persona en el reflejo. Así es, tengo miedo. Porque he pasado los últimos cinco años apostándole a esta aventura y, ahora, no sé muy bien qué hacer. Solo sé que el reloj no se detiene y me siento en problemas. Como al Capitán Hook, el sonido del tic tac me enerva. No puedo seguir siendo un niño perdido, no estoy en posición de serlo. Tengo que decirle adiós a Nunca Jamás y ser el padre que mis hijos merecen. Uno que se asegure de que no les falte nada y de que estén mínimamente protegidos. Tengo que dejar de posponer mi vida adulta. Y acá no lo voy a lograr. 

Pero vaya que duele. Este lugar significa mucho para mí. Estar aquí ha sido como una terapia lenta pero segura, que me ha permitido sanar y soltar. Un pacífico refugio en donde, poco a poco, he tenido el tiempo y la tranquilidad de volver a descubrirme. Y siento que, en un nivel inconsciente, esto es exactamente lo que mi yo citadino buscaba. 

Holboxterapias

Agradezco haber tenido la oportunidad. Los atardeceres, las risas, las comidas deliciosas, los carnavales, los ricos inviernos isleños, los amigos, el olor a brisa, la arena bajo los pies, las fragatas, los pelícanos. También agradezco las lágrimas, el sufrimiento, los fracasos, la frustración, los charcos y hasta los mosquitos, todos han sido maestros en este aprendizaje. 

Agradezco, sobre todo, haber podido estar aquí estos últimos tres meses de cuarentena, en los que pude tener un vistazo al Holbox del pasado, ese que existía antes de la llegada del turismo masivo. Pude disfrutar las calles y las playas vacías, el silencio. Una oportunidad realmente única. 

Solo espero que, a diferencia de Peter, nunca se me olvide mi tiempo en esta isla y lo poquito que necesitamos para vivir. Espero siempre recordar el sonido del caracol al atardecer y a Narán corriendo a toda velocidad en la bici para alcanzarlo. Fuimos felices y sí lo supimos. Es por eso que, si existe un cielo, no me molestaría que fuera un loop de los últimos cinco años. 

La dosis diaria de magia

Ahora, toca tomar una foto mental de este momento, dar media vuelta y seguir hacia adelante. Al fin y al cabo, siempre podré aplicar la de Robin Williams y regresar a esta tierra encantada y, aunque al volver sea una persona distinta, sé que la magia estará esperándome aquí.

Abraham B.R.

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