Querido Narán (carta a mi hijo de 4 años)

Querido Narán,

hace justo un año, en tu fiesta de cumpleaños, descubriste que los globos salen volando a toda velocidad si los sueltas después de inflarlos. Cuando la terapeuta que venía a estudiar algunas de tus conductas se dio cuenta de la fascinación que esto te causaba, nos señaló que tal vez deberíamos poner más atención a ello.

“Algunos niños son más de agua, otros de tierra. Él parece ser de aire.”

Me pareció interesante cuando lo dijo, porque no era la única cosa relacionada con el aire que te llamaba la atención. También te gustaba localizar y contemplar molinos de viento o güilbis (windmills), como les decías. Tu mamá y yo empezamos a fomentar ese interés. Te compramos un rehilete y nos parábamos cada que veías un güilbi para que pudieras admirarlo.

Más adelante en el año, tuvimos que mudarnos de casa. Para nosotros fue un momento muy triste, pero creo que a ti no te afectó tanto. En parte, supongo, porque la nueva casa estaba a una cuadra del aeropuerto de la isla. Todos los días, pasábamos por la pista durante la caminata matutina con los perros. Así fue como surgió el ritual de hacer una parada para admirar las avionetas estacionadas.

Luego, nos tocó ver despegues y aterrizajes. También algunos helicópteros. Y entonces, no hubo marcha atrás. De pronto todo era acerca de aviones.

Aviones de turbina, aviones de hélice. Jets, avionetas. Aviones que guardan y sacan sus llantas. Alerones, signals, alas. Tu conocimiento del tema incrementó rápidamente, al ritmo de tus interminables preguntas. De pronto, ver aviones ya no fue suficiente. Había que ser uno.

“Yo no soy un niño, yo soy un avión”, te gusta decir.

Inspirado en Buzz Lightyear, aprietas un botón imaginario en tu pecho e inmediatamente tus brazos hacen de alas y tu cara se desfigura en un fiero fruncir de ceño que simula, según entiendo, el motor del avión trabajando a todo lo que da.

Y ese eres tú ahora. Tu propia persona, con todo e intereses muy tuyos. Y resulta muy raro que todo esto haya sucedido ante mis narices porque hace no tanto podía cargarte en un solo brazo mientras miraba tus ojitos parpadear lentamente. Cuando no hacías ni decías nada. Solo respirabas, comías, llorabas, dormías y repetías.

Tener un hijo es, en ese sentido, como comprar un Kínder sorpresa. Todos lucen iguales por fuera y saben a lo mismo, pero no hay manera de saber qué es exactamente lo que viene adentro del huevo —o no había manera, antes de sus ediciones temáticas. Qué manera de arruinar un concepto, todo sea por los dólares. Pero, ¿de qué estábamos hablando?

Ah, sí. Qué extraño es ver cómo se van revelando estas personitas que traes al mundo. Me recuerda, precisamente, a las fotografías antes de la era digital que se revelaban en un cuarto oscuro, poco a poco. Hasta que no pasaban por ese proceso, no había manera de saber si las fotos habían salido bien o mal. Suena arcaico, ¿eh?

Así es que ahora estamos en ese proceso de conocerte día a día, poco a poco. Y, que quede claro, lo estamos disfrutando mucho. Pero no puedo evitar sentir un dolorcito en el corazón porque ya sé de qué va esto. Cada día haces y pides hacer más cosas por ti mismo. Cada día van surgiendo más gustos, preferencias e intereses propios. Cada día se abre más tu círculo social. Cada día nos acercamos más a ese momento, cuando seas un ser aparte y te valgas por ti mismo y ya no nos necesites, en estricto sentido, para nada.

Tal vez creas que estoy siendo demasiado dramático. Puede ser. Solo tienes cuatro años, estamos a menos de un cuarto de tu tiempo estimado con nosotros. Pero, ¿casi un cuarto ya? ¿En qué momento? Me hace pensar que esto no va a durar nada. Pronto seré ese anciano diciendo “se va en un abrir y cerrar de ojos”. Y ciertamente así se va, ¿no es cierto?

A veces imagino que soy mi versión del futuro, que ha logrado viajar al pasado. Ese viejo que daría todo por volver a cargarte y darte vueltas y escuchar tu vocecita cantando y verte emocionado con la música y con todo lo que vuele o gire. Y, entonces, dejo que mi cuerpo sea poseído por el viejo y por unos instantes soy él, sintiéndose afortunado. Y lo disfruto como nunca. Y trato de atesorar el momento, hacer la foto mental y dejar que la gratitud fluya por mi ser.

Quizá cuando leas esto, de grande, entenderás muy bien lo difícil que suele ser enfocarte en el presente. Disfrutar las cosas en su tiempo. Agradecer lo que es, sin comparar con lo que fue ni especular con lo que será. Si te distraes tantito, si te dejas llevar por el río de los pensamientos y las preocupaciones, la vida entera se te puede ir fácilmente sin que te des cuenta.

A decir verdad, así me siento a veces, hijo. Como que el tiempo es una arena esquiva que se escurre entre los dedos y no soy capaz, siquiera, de registrar los pensamientos, las emociones y los acontecimientos. De ahí, precisamente, es de donde surge la idea de esta carta.

Desde que naciste, he querido escribirte cartas pero, tristemente, no lo he hecho. Recuerdo que hace muchos años leía las cartas que Dooce le hacía a su hija pequeña y soñaba con un día hacer lo mismo. “Ahora que nazca”. “Ahora que cumpla el año”. “Ahora que nazca Maia”.

Recién cumpliste cuatro años y algo se siente diferente. No desde ese día, desde hace ya algunos meses. Como que el bebé ya no está más ahí. En su lugar, hay un niño que no deja de crecer todos los días. Creo que esta epifanía es la que ha terminado por ocasionar que finalmente me animara a escribirte la primera. La idea del proyecto es hacer una por bimestre, ¿crees que lo logremos?

Quisiera que cada carta fuera como una cápsula del tiempo en donde pueda retratar el momento de la vida en el que te encuentras y las cosas que pasan por mi mente al verte crecer. Me dirijo a ti, desde luego, pero a quien quiera que seas en el futuro, cuando de hecho te interese leerlo. Seguro que, como el viejo que me posee, no podrás resistir la tentación de asomar la cabeza al túnel del tiempo. Lo que encontrarás no será una vida perfecta, pero de algo puedes estar seguro: nos amamos y todos los días aprendemos a crecer juntos.

Espero que estas cartas puedan capturar un poco de esa vida que parece escurrirse. Ahora mismo, quiero recordar la fascinación con la que miras una avioneta mientras despega. Es la misma fascinación con la que yo miro tu imaginación despegar, como un jet cargado de posibilidades que apenas levanta el vuelo para lo que tiene toda la pinta de ser una épica aventura.

Al infinito y más allá, pequeño.

Abraham B.R.

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