Ojalá que vengas, abuelo

El Día de Muertos es una gran celebración en este país. Por otro lado tenemos el Halloween y, de alguna extraña manera, como pasa cuando las culturas se funden, ahora tenemos un mashup de algo raro que tiene que ver igual con brujas, máscaras de asesinos, dulces y fiestas que con cempasúchil, veladoras y papel picado.

En la tradición cristiana, las dos celebraciones son igual de mal vistas. De niña, yo no entendía muy bien cuál era la diferencia entre una y otra. En la escuela se ocuparon de espantarme (mucho) con el tema del Halloween y para mí ese día era motivo de mucho miedo, al grado de no querer salir y no poder dormir.

Nunca hablé mucho de eso con mis papás, pero la ansiedad me duró años. La idea de que ese fuera el día en el que todos los espíritus tenían permiso de andar por el mundo haciendo lo que les diera la gana y de que toda la maldad se juntara para invocarlos y darles rienda suelta era algo que mi pobre corazoncito no podía soportar.

Yo no aceptaba dulces de la calle ni de nadie por toda una semana por terror a que me tocara uno de los dulces que las brujas habían envenenado con tanto cuidado para asesinar a algún niño inocente que solo quería divertirse pero no sabía que, al hacerlo, estaba condenando su alma.

Después de sentir un terror absoluto por estas fiestas, pasó a ser algo que no llamaba mi atención. Obviamente era una manera que encontré de protegerme del susto que me dio muchos años. Para mí, el Día de Muertos y el Halloween solo significaban una cosa: pan de muerto (que nunca me prohibieron comer, por suerte). Nunca fui fan de las fiestas de Halloween y no me tocó estar cerca de gente que celebrara el Día de Muertos, por lo que la festividad se me ha pasado en blanco prácticamente toda la vida.

Cuando dejó de darme miedo, pasó algo. Empecé a notar lo realmente bello de la ocasión. Visualmente, es una de las cosas más lindas que tenemos. La ecuación es perfecta: noche, velas, colores, flores, comida, familia. Me metí a buscar, a leer, a conocer y le vi un significado totalmente distinto. Ya no fue la noche del mal, donde todos los malos hacen cosas feas, torturan inocentes y hacen fiesta toda la noche. Ahora era la tradición, la noche de familia, del recuerdo.

Un camino de cempasúchil

El duelo es algo duro y muy personal. Hasta que no lo vives, no lo entiendes realmente. Yo, por ejemplo, no lo entendía. Me dolía el dolor de los demás, pero nunca me había pasado.

Yo no sabía lo que era perder a alguien.

No sabía lo que era pedir con todas las fuerzas que todo fuera un sueño y que en la mañana despertaras y volvieras a ver a tu persona. No sabía lo que era de hecho olvidarlo por momentos. Pasar las cosas por la cabeza mil veces, imaginando todos los hubieras. Aferrarte a las imágenes, al sonido de la voz. Llorar por las esquinas, llorar meses, seguir llorando. Llegar a entender que hay heridas que no van a cerrar nunca y hay personas a las que no vas a dejar de necesitar. Que hay cosas que no se arreglan. Que no se superan. Seguimos adelante, la vida sigue y volvemos a ser felices y recordamos y lloramos un poco y nos reímos. Nos aferramos a los recuerdos, a las cartas y a los mensajes porque nunca vamos a dejar de necesitar las palabras, los abrazos y los momentos. 

Mi abuelo vino a visitarme dos veces muy concretas. Vino mientras dormía, me miró despacito, con cuidado, tomándose su tiempo y dándome tiempo a mí para asimilar y absorber el momento. Me dijo dos o tres cosas que necesitaba escuchar. Estuve ahí un ratito, hablando con él. Me abrazó y sentí la tela de su chaleco en mi cara, el peso de sus manos grandes en mi espalda y su cara mientras me daba un beso. Recuerdo estar consciente de que estaba soñando, verlo de frente y no querer respirar por miedo a que eso rompiera el encanto. Se fue mientras lo veía con mis ojitos llorosos, él siempre sonriente, siempre en paz.  Me desperté con el corazón acelerado de lo real que fue todo. Me desperté contenta porque lo había visto y, a la vez, lo más triste del mundo porque ahí es donde él está ahora. De vez en cuando, antes de dormir, le pido que venga a verme ese día. Me imagino que anda muy contento platicando con sus amigos, caminando con ligereza, observando cómo pasan las cosas y por eso se le pasa venir a saludarme. 

Este ha sido el primer año de todo lo que pasa sin él. Mi primer cumpleaños, el primer Día del Padre, el primer Día del Abuelo sin mi abuelo. También es el primer Día de Muertos y este año ya no tengo miedo. Este año entiendo.

Quiero poner un camino de cempasúchil enorme con velas y papeles de muchos colores. Tener música que te acompañe por todo el camino. Podemos empezar con Frank Sinatra, seguir con Miles Davis, echarnos unas de Eugenia León. Mientras vienes caminando, podemos ir saltando las líneas y dando vueltas como lo hacíamos cuando era chiquita. Cuando entres a la casa, habrá muchas flores de todos los colores y rosas también. De premio por hacer el viaje, una mesa bella con no solo un platillo, sino muchos muchos. Seguro has extrañado más de una cosa y la verdad es que me cuesta trabajo elegir con cuál te convencería de venir. Conchas de vainilla, helado de chocolate, mangos hasta que te canses y muchas fotos de nosotros en Navidad, de paseo en el museo, abrazando a Narán y a Maia. Tus libros de poesía, tus recortes del periódico y después nos sentamos a platicar con un café. Podemos hablar de lo que ha pasado en el país, de lo que hemos hecho este año y de cómo te hemos extrañado tanto. Si te quedas otro ratito, te toca doble ración de helado, solo porque es un día especial y, por esta ocasión, te perdono la ensalada (pero no le digas a Bita). Cuando llegue el momento de que te vayas, nos damos un abrazo fuerte, fuerte, un beso grande y ahora yo soy la que te va a a preguntar a ti. ¿Cuándo vienes? 

Yo también quiero creer que puedo volver a tener un ratito. Quiero creer que viene y nos ve, que sonríe y se come sus conchas muy contento. Tal vez todo esto no es más que nosotros los humanos tratando de seguir adelante. Dándole al alma un respiro de extrañar tanto todos los días.

Porque nunca se van del todo, nunca olvidamos. La gente se queda siempre, los recuerdas siempre, duele siempre. Este es el día de darle rienda suelta al amor y a la memoria, a los buenos ratos. Es el día de hablarle a mis hijos de mi abuelo. De recordar cómo vivía, cómo y cuánto nos amaba, de llorarlo otra vez, de sonreír y agradecer.

Ojalá que vengas, abuelo. Te voy a estar esperando. Te voy a esperar siempre.

Ana E.B.

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