Cuatro años en Holbox

En la isla, la vida se mide en meses. Al ser un lugar por el que pasa mucha gente, estamos acostumbrados a que todos vienen y se van por temporadas.

Nosotros hemos visto pasar a cerca de 25 empleados por el restaurante. La que más tiempo estuvo cumplió un año trabajando y para nosotros fue un lujo. Este ir y venir es común porque, como puedes leer por acá, no es tan fácil vivir en el paraíso.

Todavía hay mucha gente que no nos conoce y seguido me preguntan.

“¿Apoco vives aquí? ¿Desde hace cuánto?”

“Cuatro años”, les digo con seguridad.

“Ah, pues sí, ya llevas mucho”.

Al final de esta conversación, normalmente viene el descuento de local, la promesa de recomendar el restaurante o solo la sonrisa de hermandad. Cuatro años nos ha costado empezar a ser considerados “de aquí”.

Breve historia de una retirada

Año cero. Cuando usábamos jeans.

Bueno, pues yo solía vivir en una ciudad. La ciudad más bella del mundo —por algo la llamábamos “la Ciudad de la Esperanza”. Y ya sabes cómo son las cosas cuando vives en una ciudad. Corres para llegar temprano al trabajo, corres de regreso para que no te agarre el tráfico, corres para comer a tiempo, corres para ver a tus amigas, corres para ir al gimnasio (aunque aquí si se las debo porque yo solo fui como un mes), ves la tele un ratito o un ratote y te vas a dormir. Lo mismo. Todos los días. Años enteros de lo mismo. 

En medio de todas estas carreras, disfrutaba mucho los cafés, la oferta inagotable de experiencias diferentes, comida que nunca había probado, galerías, restaurantes, parques, cine, tiendas. Yo era una citadina perfecta. Hasta que empecé a salir de la ciudad. 

Empecé a invertir días, semanas en el rancho. Sin tele, sin luz, sin internet. Viendo las plantas, nadando en cenotes, yendo a la playa, viendo las estrellas, manejando con los vidrios abajo, sintiéndome rara. ¿Qué era eso que sentía?

Volver a la ciudad empezó a ser cada vez más difícil. El gris, las carreras, el frío, la falta de estrellas, de aire y de tranquilidad me empezaron a pesar. 

Sentí que se me iba la vida corriendo, que no hacía nada más que ir y venir. Que no disfrutaba las cosas. Me dio pavor sentir que así iba a ser siempre, que me iba a despertar en veinte años y me iba a dar cuenta de que no había hecho nada más que transportarme por la ciudad. 

De pronto, me imaginé teniendo una familia, teniendo hijos en ese desastre. ¿Eso quería para ellos? ¿Eso quería para el resto de mi vida? ¿Esforzarme mucho para poder salir de ahí una o dos veces al año? 

Nos fuimos. Lo decidimos un invierno y para septiembre ya estábamos en Mérida. En octubre habíamos llegado a vivir a una isla. Y la vida, de repente, se hizo len-ta

Un lugar que sana

Año uno. Lo asoleado, nadie te lo quita.

Recuerdo esos primero días como una mezcla de felicidad extrema con emoción absoluta. ¡Realmente estábamos aquí, vivíamos en el paraíso!

Día uno. Despertar, ir a la playa, ir a limpiar el restaurante, comer, ir al atardecer a la playa, caminar de regreso a la casa mientras veíamos las estrellas, llegar a la casa, dormir. 

Día dos. Desayunar, ir a la playa, ir a limpiar el restaurante, comer, ir al atardecer a la playa, comer un helado, caminar de regreso a la casa por la playa mientras veíamos las estrellas, llegar a la casa, dormir. 

Día tres. ¿Les conté que no teníamos celular? Nope. No celular. A la fecha, la única compañía celular que funciona en la isla es Telcel. Yo venía con un recién contratado plan de otra compañía con muuuuchos minutos y muuuuchos megas para no extrañar y no me sirvió para na.da. Cuando llegamos a la isla, nos topamos con el notición de que tampoco había nuevas líneas de Telmex disponibles. No había ninguna de las miles de compañías que ofrecen el servicio en la civilización . Solo había alguien que tenía una antena y un repetidor que proporcionaba internet. Bueno, pues la antena dejó de funcionar dos días antes de que llegáramos. Tampoco teníamos tele. No conocíamos a nadie. Solo nos teníamos a nosotros. Literal.

Por una o dos horas al día teníamos internet y en ese tiempo hacíamos todo. Informar a la familia que seguíamos vivos, que bebé estaba bien, subíamos fotos, checábamos las redes, veíamos videos, Netflix, dábamos un like por aquí, otro por allá y ya. 

El resto del día, había de dos sopas: o hablábamos entre nosotros o pensábamos cosas. Esos días fueron nuestros primeros días como seres libres. Libres de la influencia de los medios, libres del consumismo, libres de quienes habíamos sido, de quienes debíamos ser. Fuimos libres para decir y hacer lo que realmente sentíamos. Libres para decidir lo que quisimos, como quisimos. Libres para sentir y cuestionarnos. Libres para conocernos en todo lo que somos. Libres para decidir que queríamos amarnos y queríamos estar juntos. 

Año dos. Cansados pero felices.

Al no tener distracciones, no nos quedó de otra más que vernos a los ojos. No nos quedó de otra más que mirarnos bien en el espejo y empezar a sanar lo que traíamos. Para mí, está isla es un lugar que sana. Te lleva en su manera mágica de ser a dejar de engañarte y enfrentar tus problemas, enfrentar a tus gigantes y sanar. 

Llegó mi hermana, llegó Narán, llegó NÁAY, llegó Maia. La razón por la que nos han llegado tantas cosas es porque no nos quedó de otra más que dejar de escondernos, agarrarnos de la mano y echarle ganas. La vida no ha sido perfecta, cabe mencionar que hemos sufrido mucho. Estos cuatro años hemos crecido lo que no crecimos en veintitantos. Pero aun el sufrimiento ha sido algo nuestro. Nos ha ayudado a poner las cosas en perspectiva, a saber que nada es para siempre. A valorar y soñar. 

Aquí empezamos a soñar con días tranquilos y tardes de sonrisas. Aquí entendimos la importancia de los seguros de gastos médicos, del ahorro, de los oficios. Aquí  nos hicimos pareja y después familia. Aquí emprendimos, aquí lloramos juntos, aquí hemos podido empezar a ser quienes queremos ser. Aquí hemos entendido que la vida no es nada más que cambio permanente. 

Esta isla de arena blanca, con su magia, nos llevó a entender que si quieres ser feliz debes de poder verte como eres y ver a las personas junto a ti como son. Debes ver el alma como es, sin distracciones. Debes poder pensar, alejarte de las cosas y agradecer el ahora. Debes poder valorar lo que te rodea. 

Año tres. Preñados de ilusión. Y también literalmente.

Agradezco los atardeceres de colores, mis pies descalzos en la arena fresca, las conchitas, los pelícanos que hacen gritar a mi hijo de felicidad, el mar y su sonido reparador, el sol, la sombra, las estrellas. Agradezco por Abraham, por mis hijos y mis perros. Por el baile, las sonrisas, las caminatas. Por las visitas, las cenas, las risas. Agradezco por el llanto, el crecimiento, la angustia y la desesperanza. Agradezco la vida simple. Agradezco el tiempo que he pasado contemplando y siendo consciente de que amo y soy amada. Agradezco que no tuve donde esconderme. Agradezco que me vi obligada a perdonarme, a amarme y a crecer. Agradezco que no sé ni cómo ni cuándo, pero terminamos aquí.

Gracias Holbox. 

PD: Les dejamos un lindo videito de nuestros días en Holbox. Si les gusta, denle like y suscríbanse a nuestro canal de YouTube que pronto estaremos subiendo más contenido por ahí.

Ana E.B.

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