El niñito de la bici

A estas alturas, ya estamos acostumbrados a las miradas de asombro y ternura que arranca nuestro pequeño torbellino mientras zigzaguea a toda velocidad por las calles del pueblo. Desde hace un año y medio, mi hijo Narán y su bicicleta de balance son como una unidad. Hay niños que no salen a la calle sin su muñeca, otros sin su balón, algunos sin su figura de acción favorita. Bueno, pues él no sale sin su bike.

Las bicicletas de balance, conocidas en inglés como balance bikes o strider bikes, son pequeñas bicis sin pedales que los niños ruedan impulsándose con los pies, como si se tratara de una patineta o un patín del diablo. Es, digamos, una bici como la que hubieran usado los Picapiedra.

Esta es la historia de cómo la famosa bike se convirtió, no solo en el juguete favorito de Narán, sino en toda una faceta de su vida y en un valioso vehículo para el aprendizaje.

La historia de la bike

Rodando por el pueblo, atuendo completo

La bici llegó a la casa como un regalo. De hecho, fue el primer regalo de Navidad que Narán recibió en su vida, de parte del tío Charly. Cuando la vi, me pareció genial, pero no le presté demasiada atención. Nunca había visto una strider bike antes y, en todo caso, no era algo que el pequeño de un año fuera a usar en ese momento.

El tiempo pasó, todo un año y un poco más. Un buen día, por alguna razón, a Narán le llamó la atención. Llevaba un tiempo arrumbada en una esquina de la casa y él comenzó a tomarla y a rodarla sin subirse.

Luego, se animó a sacarla a la calle. Como todavía no alcanzaba a pisar sentado en ella, solo podía llevarla de un lado al otro, agarrándola del manubrio. Entre más lo pienso, me doy cuenta de que aquello había sido amor a primera vista.

Unas par de meses después, por fin pudo, a duras penas y de puntillas, subirse a ella. Iba muy despacio y con mucho cuidado, pero no salía de la casa sin ella.

Transcurrieron las semanas y Narán fue dominando el arte y la ciencia de la strider. Sobre todo, fue encontrando el gozo de rodarla. Primero fueron las rampas en la banqueta. Después, las bajadas de escalón. Poco a poco, descubrió que si tomaba vuelo, podía levantar sus pies y disfrutar el viaje.

A partir de ahí, el niño y su bici se volvieron inseparables. Para fortuna nuestra, Narán encontró en ella un vehículo para experimentar con su cuerpo y su fuerza, una necesidad primordial de nuestro pequeño. La strider se convirtió en un cauce para que el río de su libertad pudiera fluir. Nosotros encantados ya que, encima de todo, los traslados con él se volvieron más rápidos.

Con la práctica diaria, llegó la habilidad. Giros a toda velocidad, esquivar obstáculos, precisión en el manejo del volante, saltos de mayor altura.

De pronto, algo sucedió. Algo que a la fecha me parece un pequeño milagro. Narán comenzó a hacer sus propios trucos —sin que nadie le enseñara, sin que lo viera en un video. Al tomar un poco de vuelo, apoyó sus pies en los estribos y se puso de pie con la bici en movimiento. Luego, intentó tomar vuelo y recostarse hacia adelante con las piernas al aire. Manejar solo con una mano, con la otra, sin manos. Todos estos trucos salieron de su alma, como una expresión pura de su alegría y su creatividad.

Hoy la gente de la isla lo reconoce como “el niñito de la bici” y los turistas suelen sorprenderse cuando lo ven subir, bajar, saltar, girar, frenar y rodar a buena velocidad. Rara vez sale de la casa sin ella, algo que solo puede ser posible en un lugar como éste, lejos del peligro de las avenidas transitadas. Me siento afortunado de poder rodar junto a él en el día a día y movernos de un lado al otro mientras compartimos la experiencia de la bici. No solo es conveniente, es muy divertido.

Aprendizaje sobre ruedas

Atardeceres sobre ruedas

Hace un tiempo, identificamos que el estilo de aprendizaje predominante en Narán es el kinestésico —es decir, tiene que estar haciendo algo o moviéndose mientras aprende. Ana se dio cuenta de que, mientras rodaba en su bike, él lograba memorizar fácilmente y más rápido cualquier cosa, en comparación a las veces que lo intentaba estando en la casa. Así fue como le enseñó los meses del año y las estaciones. También así es como se ha aprendido la letra de varias canciones. Los paseos en la bici, entonces, se han convertido también en una poderosa herramienta para enseñar cosas nuevas.

Desde luego, no son solo palabras y melodías lo que él aprende mientras rueda. Constantemente está aprendiendo acerca de física, al experimentar con su propio cuerpo, la fuerza, la velocidad. También de matemáticas, cuando pregunta el número de cuadras que faltan para llegar y las va contando mientras avanza. Aprende acerca de cosas como el clima, el ciclo del agua y prácticamente cualquier cosa que surja de su cabecita en la forma de miles de preguntas que va haciendo durante el recorrido.

Él no es el único que ha aprendido un montón gracias a la bici. A mí, por ejemplo, me ha enseñado el poder de la práctica diaria. Haz algo todos los días, aunque sea un rato. Cuando lo hagas, sé curioso y siempre intenta cosas nuevas. Ve dominando nuevos aspectos de esa actividad que realizas. Después de un tiempo, te sorprenderá lo mucho que has avanzado.

Rodar a temprana edad

Cuando algo te pone realmente contento

Andar en bici es una de las mejores partes de la experiencia humana. Además de divertido, también es una de esas pocas actividades que es tan buena para el cuerpo como para la mente.

Sabemos, desde hace mucho tiempo, que andar en bici genera la liberación de pequeñas cantidades de dopamina, la misma sustancia que nuestro cerebro segrega al comer, tener sexo, escuchar música que nos gusta y cualquier actividad que nos produzca placer. De hecho, cuando hablamos de placer, en realidad estamos hablando de dopamina. Sumado a la liberación de endorfinas por la actividad física, podría decirse que andar en bici es un coctel para la felicidad.

Encima, también sabemos que rodar ayuda a reducir el estrés, fortalecer la memoria y prevenir el deterioro cognitivo, al favorecer la producción de nuevas neuronas. En resumen, es una de las mejores actividades que puedes fomentar en tus hijos y creo que las bicis de balance son una gran opción para iniciarlos desde muy temprana edad.

Una de las muchas ventajas de la strider es que los niños pueden aprender a mantener el balance en dos ruedas, eliminando por completo la necesidad de entrenar con una bici “de rueditas”. Cuando finalmente crezca demasiado para el nivel más alto del asiento (ya está en el penúltimo), Narán podrá hacer la transición a una bicicleta de pedales de dos llantas, sin ningún problema.

El niño y su bici

Si tienen hijos, sobrinos o nietos que estén entre los dos y los cuatro años, una strider es uno de los mejores regalos que les pueden hacer. Esta es la que tiene Narán, pero hay muchas marcas y modelos en el mercado. No soy experto en bicicletas de balance pero puedo recomendar ampliamente el modelo de Chillafish que usa mi hijo.

Tal vez nunca se nos hubiera ocurrido regalarle a Narán su bike. Ahora, es difícil imaginar toda esta temporada de nuestra vida sin ella. Hay algo muy especial acerca de rodar, de impulsarte con tu fuerza y de sentir el aire en la cara y en el pelo y de surcar el camino con las manos en el manubrio. Nosotros hemos descubierto que es posible compartir esta experiencia con los niños desde muy temprana edad, mucho antes de lo que hubiéramos imaginado.

Dejo una crónica visual del niño y su bici a través del tiempo. Te inspirará para comenzar a practicar algo todos los días.

Una historia visual de la bike

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